No importa quién seas ni lo que te ocurra: al final, somos el relato que nos contamos sobre nosotros mismos y sobre aquello que nos pasa. Ese relato constante, esa interpretación que vamos tejiendo (a veces sin darnos cuenta), es lo que Dan McAdams bautizó como identidad narrativa. Clasificamos la realidad según cómo la sentimos —esperanzadora, amenazante, o neutra—, pero la interpretamos según nos la contamos. La clave está en el lenguaje que elegimos para hilar nuestra historia, porque en ese discurso se juega mucho más de lo que creemos.
Nuestra identidad narrativa se puebla de personajes —algunos amables, otros no tanto—, de logros y heridas, de aciertos y pendientes. Como señala McAdams, todos tomamos pequeñas “decisiones narrativas”: subrayando ciertos fragmentos y dejando otros en la penumbra, elegimos las escenas y experiencias que más sentido dan a nuestra propia trama vital. Esa versión que relatamos no solo nos ayuda a entendernos, también es nuestra carta de presentación para el mundo. “Tendemos a creer hechos que halagan la historia heroica que al cerebro le gusta contar sobre nosotros y nuestras tribus, en lugar de la verdad. También nos hace irracionales cuando juzgamos a otras personas. Nos resulta más fácil ver héroes y villanos que aceptar una realidad más difusa y humana”.
Y es que no podemos soportar tanta realidad. Nuestro cerebro, en su sed de sentido, acude a historias como refugio ante el caos. La falta de coherencia y el absurdo no son compatibles con nuestra trama causalista, por eso creamos relatos: son el andamiaje mental que usamos para sostener el mundo y encontrar orientación. Como recuerda Will Storr en su ensayo La ciencia de contar historias y subraya Lisa Cron, esa narrativa subjetiva funciona como nuestro GPS: guía las decisiones y filtra el significado de lo que vivimos. Una vez que una idea se instala, pasa a ser parte de nuestro relato interno, coloreando todo lo que interpretamos sobre nuestra experiencia.
Pero el cuento que nos contamos no está grabado a fuego. Nuestra narrativa puede flexibilizarse, reescribirse y ayudarnos a reconciliarnos con el pasado y a mirarnos desde otro ángulo, más constructivo y compasivo. En terapia, los profesionales escuchan historias marcadas por el dolor o la culpa, y ayudan a ensanchar el guion, a descubrir nuevas formas de entendernos. La terapia narrativa, de White y Epston, propone justo eso: aflojar historias rígidas para descubrir nuevas formas de contarnos la vida, fortalecer la identidad y acercarnos a la paz.
No olvides que, tarde o temprano, todos somos el villano en la historia de alguien.
“Soy una carga para la gente que me rodea”. “Nunca se me han dado bien las relaciones”. “No he tenido suerte con los trabajos”. Las historias que el ser humano se cuenta acerca de quién es y lo que le pasa a lo largo de la vida construyen su identidad narrativa. Se trata de un concepto acuñado por el psicólogo de la Universidad de Northwestern Dan McAdams. La realidad se interpreta como amenazante, esperanzadora o neutral según se sienta (identidad experiencial), pero también según se cuente (identidad narrativa). Este proceso se hace a través del lenguaje. Los relatos también están influidos por factores culturales y sociales.
En sus investigaciones, McAdams pedía a los sujetos que reflexionasen sobre el tema básico de su historia vital, sus creencias y valores. Descubrió que, a pesar de haber vivido acontecimientos parecidos, había personas que contaban historias redentoras mientras que otras contaban historias de contaminación. Los relatos en modo superación ayudaban a sentir un mayor control y progreso en la vida que las narraciones contadas en modo negativo. Los efectos de cómo contarse la historia, por tanto, habrían impulsado o inhibido las conductas encaminadas a la realización de los deseos. Además, este autor encontró que la tendencia a contarse lo sucedido en un sentido más optimista o pesimista influía en las posibilidades de mantener esa narrativa en el futuro.
Cada identidad narrativa contiene personajes más o menos amables, problemas superados o deudas pendientes. Como dice McAdams, las personas hacen sus “elecciones narrativas” acentuando ciertos elementos de su historia y obviando otros. Normalmente, se eligen acontecimientos o experiencias que den más sentido a la trama. Esta identidad narrativa ayuda a que las personas se comprendan a sí mismas y a que los demás les entiendan mejor, porque es su carta de presentación. “Sabemos quiénes somos cuando somos capaces de construir el relato que reúna los principales acontecimientos en un orden”, sostenía el pensador francés Paul Ricoeur (1913-2005). Además, esta identidad no es algo fijo. Es móvil y dinámica, ya que también se nutre de relatos temporales.
En el contexto de la relación terapéutica, los profesionales de la salud mental acceden a las experiencias de los pacientes a partir de los relatos que comparten en la consulta. Este diálogo se produce en unas condiciones de seguridad donde el paciente se siente libre para hablar. La llamada terapia narrativa, creada en las décadas de 1970 y 1980 por los trabajadores sociales Michael White y David Epson, pretende encontrar maneras de flexibilizar las historias saturadas de contaminación para darles un nuevo significado. Esto se consigue haciendo preguntas que incorporen experiencias ausentes en el relato, logros escondidos o momentos en los que el problema no haya tenido una influencia tan fuerte. Este ejercicio de mirar hacia atrás para reconstruir la historia nunca es neutral porque provoca emociones. La memoria no es un simple almacén de datos. La terapia implica dedicar tiempo a observar las heridas, las ofensas, los daños ocasionados o sufridos validando las emociones asociadas. Pero también implica recordar lo que se hizo bien, apreciar el tesón, la dedicación o el esfuerzo, incluso cuando el resultado no haya sido el esperado.
Así, se reescriben las historias de una manera más constructiva. El relato se enriquece con nuevas ideas y reflexiones mientras se va puliendo esa parte de la biografía. Este relato de los hechos más útil proporciona una identidad diferente. La nueva narrativa fortalece la autoestima. Puede servir de inicio para la reconciliación con uno mismo. Y también a tomar distancia respecto al pasado. Cuando uno se cuenta la vida de otra manera, se entiende mejor.
Cualquier proceso en psicoterapia tiene un punto de creatividad similar a lo que sucede en el género de la novela autobiográfica. Hay evidencias de que la visión de los autores sobre los protagonistas se va alterando conforme avanza el relato. En su libro Ruta de escape, el abogado y escritor Philippe Sands trata de cambiar, a veces con más éxito y otras con menos, la impresión del hijo de un jerarca nazi al ir descubriendo nuevas fuentes. Es decir, para modificar la narrativa sobre acontecimientos de la historia personal o ajena hay que investigar sobre uno mismo y sobre el otro.
Una manera de practicar la terapia narrativa de manera autodidacta puede ser conocer el diálogo interno: dedicar atención al contenido y al tipo de pensamientos que se tienen. Se trataría de analizar si es un diálogo destructivo o constructivo, intranquilo o sereno. Una vez detectado, se puede cambiar la manera que se tiene de hablarse a uno mismo incorporando palabras más afectuosas y amables.
La identidad narrativa aparece, por tanto, cuando uno es narrador y protagonista de su historia. Ser autor de la vida depende de muchas circunstancias ajenas, pero siempre quedará bajo control de uno la forma de contarse lo que sucede. Hay narraciones que pueden sanar heridas, reconciliarnos y comprendernos.
Identidad narrativa: qué contamos de nosotros también construye la persona que somos