• Identidad narrativa: qué contamos de nosotros construye quiénes somos.

    No importa quién seas ni lo que te ocurra: al final, somos el relato que nos contamos sobre nosotros mismos y sobre aquello que nos pasa. Ese relato constante, esa interpretación que vamos tejiendo (a veces sin darnos cuenta), es lo que Dan McAdams bautizó como identidad narrativa. Clasificamos la realidad según cómo la sentimos —esperanzadora, amenazante, o neutra—, pero la interpretamos según nos la contamos. La clave está en el lenguaje que elegimos para hilar nuestra historia, porque en ese discurso se juega mucho más de lo que creemos.

    Nuestra identidad narrativa se puebla de personajes

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    • Mi forma de verlo:

      No importa quién seas ni lo que te ocurra: al final, somos el relato que nos contamos sobre nosotros mismos y sobre aquello que nos pasa. Ese relato constante, esa interpretación que vamos tejiendo (a veces sin darnos cuenta), es lo que Dan McAdams bautizó como identidad narrativa. Clasificamos la realidad según cómo la sentimos —esperanzadora, amenazante, o neutra—, pero la interpretamos según nos la contamos. La clave está en el lenguaje que elegimos para hilar nuestra historia, porque en ese discurso se juega mucho más de lo que creemos.

      Nuestra identidad narrativa se puebla de personajes —algunos amables, otros no tanto—, de logros y heridas, de aciertos y pendientes. Como señala McAdams, todos tomamos pequeñas “decisiones narrativas”: subrayando ciertos fragmentos y dejando otros en la penumbra, elegimos las escenas y experiencias que más sentido dan a nuestra propia trama vital. Esa versión que relatamos no solo nos ayuda a entendernos, también es nuestra carta de presentación para el mundo.
“Tendemos a creer hechos que halagan la historia heroica que al cerebro le gusta contar sobre nosotros y nuestras tribus, en lugar de la verdad. También nos hace irracionales cuando juzgamos a otras personas. Nos resulta más fácil ver héroes y villanos que aceptar una realidad más difusa y humana”.

      Y es que no podemos soportar tanta realidad. Nuestro cerebro, en su sed de sentido, acude a historias como refugio ante el caos. La falta de coherencia y el absurdo no son compatibles con nuestra trama causalista, por eso creamos relatos: son el andamiaje mental que usamos para sostener el mundo y encontrar orientación. Como recuerda Will Storr en su ensayo La ciencia de contar historias y subraya Lisa Cron, esa narrativa subjetiva funciona como nuestro GPS: guía las decisiones y filtra el significado de lo que vivimos. Una vez que una idea se instala, pasa a ser parte de nuestro relato interno, coloreando todo lo que interpretamos sobre nuestra experiencia.

      Pero el cuento que nos contamos no está grabado a fuego. Nuestra narrativa puede flexibilizarse, reescribirse y ayudarnos a reconciliarnos con el pasado y a mirarnos desde otro ángulo, más constructivo y compasivo. En terapia, los profesionales escuchan historias marcadas por el dolor o la culpa, y ayudan a ensanchar el guion, a descubrir nuevas formas de entendernos. La terapia narrativa, de White y Epston, propone justo eso: aflojar historias rígidas para descubrir nuevas formas de contarnos la vida, fortalecer la identidad y acercarnos a la paz.


      No olvides que, tarde o temprano, todos somos el villano en la historia de alguien.

       

    • Recopilación:

      La forma de narrar la historia de nuestra vida puede ayudar a sanar viejas heridas, reconciliarnos y comprendernos mejor. El lenguaje tiene la clave.

      “Soy una carga para la gente que me rodea”. “Nunca se me han dado bien las relaciones”. “No he tenido suerte con los trabajos”. Las historias que el ser humano se cuenta acerca de quién es y lo que le pasa a lo largo de la vida construyen su identidad narrativa. Se trata de un concepto acuñado por el psicólogo de la Universidad de Northwestern Dan McAdams. La realidad se interpreta como amenazante, esperanzadora o neutral según se sienta (identidad experiencial), pero también según se cuente (identidad narrativa). Este proceso se hace a través del lenguaje. Los relatos también están influidos por factores culturales y sociales.

      En sus investigaciones, McAdams pedía a los sujetos que reflexionasen sobre el tema básico de su historia vital, sus creencias y valores. Descubrió que, a pesar de haber vivido acontecimientos parecidos, había personas que contaban historias redentoras mientras que otras contaban historias de contaminación. Los relatos en modo superación ayudaban a sentir un mayor control y progreso en la vida que las narraciones contadas en modo negativo. Los efectos de cómo contarse la historia, por tanto, habrían impulsado o inhibido las conductas encaminadas a la realización de los deseos. Además, este autor encontró que la tendencia a contarse lo sucedido en un sentido más optimista o pesimista influía en las posibilidades de mantener esa narrativa en el futuro.

      Cada identidad narrativa contiene personajes más o menos amables, problemas superados o deudas pendientes. Como dice McAdams, las personas hacen sus “elecciones narrativas” acentuando ciertos elementos de su historia y obviando otros. Normalmente, se eligen acontecimientos o experiencias que den más sentido a la trama. Esta identidad narrativa ayuda a que las personas se comprendan a sí mismas y a que los demás les entiendan mejor, porque es su carta de presentación. “Sabemos quiénes somos cuando somos capaces de construir el relato que reúna los principales acontecimientos en un orden”, sostenía el pensador francés Paul Ricoeur (1913-2005). Además, esta identidad no es algo fijo. Es móvil y dinámica, ya que también se nutre de relatos temporales.

      En el contexto de la relación terapéutica, los profesionales de la salud mental acceden a las experiencias de los pacientes a partir de los relatos que comparten en la consulta. Este diálogo se produce en unas condiciones de seguridad donde el paciente se siente libre para hablar. La llamada terapia narrativa, creada en las décadas de 1970 y 1980 por los trabajadores sociales Michael White y David Epson, pretende encontrar maneras de flexibilizar las historias saturadas de contaminación para darles un nuevo significado. Esto se consigue haciendo preguntas que incorporen experiencias ausentes en el relato, logros escondidos o momentos en los que el problema no haya tenido una influencia tan fuerte. Este ejercicio de mirar hacia atrás para reconstruir la historia nunca es neutral porque provoca emociones. La memoria no es un simple almacén de datos. La terapia implica dedicar tiempo a observar las heridas, las ofensas, los daños ocasionados o sufridos validando las emociones asociadas. Pero también implica recordar lo que se hizo bien, apreciar el tesón, la dedicación o el esfuerzo, incluso cuando el resultado no haya sido el esperado.

      Así, se reescriben las historias de una manera más constructiva. El relato se enriquece con nuevas ideas y reflexiones mientras se va puliendo esa parte de la biografía. Este relato de los hechos más útil proporciona una identidad diferente. La nueva narrativa fortalece la autoestima. Puede servir de inicio para la reconciliación con uno mismo. Y también a tomar distancia respecto al pasado. Cuando uno se cuenta la vida de otra manera, se entiende mejor.

      Cualquier proceso en psicoterapia tiene un punto de creatividad similar a lo que sucede en el género de la novela autobiográfica. Hay evidencias de que la visión de los autores sobre los protagonistas se va alterando conforme avanza el relato. En su libro Ruta de escape, el abogado y escritor Philippe Sands trata de cambiar, a veces con más éxito y otras con menos, la impresión del hijo de un jerarca nazi al ir descubriendo nuevas fuentes. Es decir, para modificar la narrativa sobre acontecimientos de la historia personal o ajena hay que investigar sobre uno mismo y sobre el otro.

      Una manera de practicar la terapia narrativa de manera autodidacta puede ser conocer el diálogo interno: dedicar atención al contenido y al tipo de pensamientos que se tienen. Se trataría de analizar si es un diálogo destructivo o constructivo, intranquilo o sereno. Una vez detectado, se puede cambiar la manera que se tiene de hablarse a uno mismo incorporando palabras más afectuosas y amables.

      La identidad narrativa aparece, por tanto, cuando uno es narrador y protagonista de su historia. Ser autor de la vida depende de muchas circunstancias ajenas, pero siempre quedará bajo control de uno la forma de contarse lo que sucede. Hay narraciones que pueden sanar heridas, reconciliarnos y comprendernos.

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  • ¿Podemos cambiar?

    El ser humano está biológicamente programado para el cambio, y gracias a nuestra adaptación al cambio hemos evolucionado como especie, pero a su vez, somos altamente resistentes al cambio.

    ¿Por qué ?

    Primero, por qué nuestro sistema cerebral se basa en dos premisas básicas: la economía energética y la supervivencia.

    Cambiar un patrón automatizado, reactivo y de respuesta veloz por otro nuevo conlleva un alto consumo energético. Es un proceso lento y nuestro cerebro se resiste a ese derroche de energía. Aunque el cambio sea para nuestro bien, la función de nuestro cerebro es mantenernos con vida, no hacernos felices.

    Además, cambiar nos aterra ya que pensamos que implica poner en cuestión nuestra identidad. Y si cambio, ¿Qué seré? ¿Quién seré?

    Para que nuestro cerebro nos conceda el derroche energético que implica cambiar, hay que estimularlo, y sólo la motivación de un nuevo escenario posible y mejor para nosotros puede ejercer esta función.

    Y la cuestión de la identidad, en su libro ...

    • Mi forma de verlo:

      El ser humano está biológicamente programado para el cambio, y gracias a nuestra adaptación al cambio hemos evolucionado como especie, pero a su vez, somos altamente resistentes al cambio.

      ¿Por qué ?

      Primero, por qué nuestro sistema cerebral se basa en dos premisas básicas: la economía energética y la supervivencia.

      Cambiar un patrón automatizado, reactivo y de respuesta veloz por otro nuevo conlleva un alto consumo energético. Es un proceso lento y nuestro cerebro se resiste a ese derroche de energía. Aunque el cambio sea para nuestro bien, la función de nuestro cerebro es mantenernos con vida, no hacernos felices.

      Además, cambiar nos aterra ya que pensamos que implica poner en cuestión nuestra identidad. Y si cambio, ¿Qué seré? ¿Quién seré?

      Para que nuestro cerebro nos conceda el derroche energético que implica cambiar, hay que estimularlo, y sólo la motivación de un nuevo escenario posible y mejor para nosotros puede ejercer esta función.

      Y la cuestión de la identidad, en su libro Identidad y cambio, los psicoanalistas León y Rebeca Grinberg proponen que "la identidad es, precisamente, la capacidad de sentirse uno mismo en la sucesión de cambios a los que nos confronta la vida."

      David Dorenbaum, psicólogo y profesor del departamento de psiquiatría de la Universidad de Toronto, te lo explica llanamente aquí.

    • Recopilación:

      Buscamos los cambios, pero también les tenemos pavor. Entonces, ¿es posible cambiar? Aunque a algunos les cuesta hasta estrenar zapatos nuevos, la vida se mueve sutilmente entre la estabilidad y la mutación.

      Los tiempos de cambio evocan preguntas sobre el cambio. Valoramos el cambio, lo deseamos y le tenemos pavor. Estos días, Proteo, el dios de la mitología griega —del cual deriva el adjetivo proteo, que implica la habilidad de cambiar de forma a voluntad—, anda suelto entre nosotros bajo la configuración de un virus altamente mutable. “Se vuelve mucho más estable con la mutación”, dice la doctora Hyeryun Choe, viróloga del Departamento de Inmunología y Microbiología del Instituto Scripps en Florida. Las tragedias griegas siempre terminan con la muerte, pero para los griegos no representaban una catástrofe, sino una manera de ver las cosas, una forma de introspección y de recordarnos que no somos dioses ni somos omnipotentes. Que vivimos en constante cambio y que somos mortales.

      Para muchos de nosotros hasta cambiar de zapatos resulta difícil. Sin embargo, cada día, millones de personas se configuran distintas identidades digitales o avatares para conectarse con otros o para participar en juegos virtuales. De hecho, la mutabilidad en entornos en línea es fundamental para mantener una identidad digital. Por otro lado, la capacidad de transformarse radicalmente ha sido considerada en mitos y leyendas altamente peligrosa; el hombre lobo, los vampiros o la ninfa Dafne, que para escabullirse de Apolo se metamorfoseó en un laurel, son algunos ejemplos. A pesar de que las transformaciones extremas pueden ser costosas —como la cirugía estética— o difíciles de ejecutar —como la de reasignación de sexo—, en ninguna de ellas el cambio es tan insondable como lo es el cambio psíquico.

      ¿Por qué se busca el cambio? ¿Cómo se causa el cambio? Una característica fundamental de la mente humana es su capacidad de cambio. Si bien el derecho a cambiar y ser autores de nuestras propias vidas es una fuente de libertad y autonomía, entonces ¿por qué nos resistimos al cambio? ¿Por qué se aferra uno a la repetición de lo que es hasta doloroso, incluso cuando parece haber motivación para cambiar y, de hecho, se ha dado el paso de buscar ayuda? Una de las razones principales es que como adultos repetimos inconscientemente —sobre todo en la esfera emocional— todas las lógicas presentes en nuestra mente de cuando éramos niños. Sigmund Freud observó que un niño que tiene una experiencia desagradable tiende a representarla y repetirla compulsivamente en su juego, llamó a este fenómeno la compulsión a la repeticióny lo identificó como uno de los principios fundamentales de su teoría del psicoanálisis.

      Cuando una situación actual induce sentimientos de impotencia o soledad, activa inconscientemente en nosotros los mecanismos que se utilizaron en la infancia y provoca la compulsión a la repetición. Estos patrones se registran en el inconsciente y se repiten a lo largo de la vida. Son formas de comportamiento irresistibles, experiencias desagradables que vivimos como niños que se escapan de nuestro control consciente. Como resultado de su acción, uno se coloca deliberadamente en situaciones angustiosas, repitiendo así una vieja experiencia. Pero no lo asocia con el incidente remoto de la infancia; por el contrario, uno tiene la impresión de que la situación está completamente determinada por las circunstancias del momento.

      Estas experiencias inconscientes que no han sido descodificadas —porque de niños no teníamos la capacidad para contextualizarlas—, inevitablemente se repiten, como fantasmas que retornan, dice Freud. La dificultad para cambiar no es simplemente un obstáculo a superarse por medio de consejos de cómo modificar la conducta. Con la ayuda adecuada, la repetición se va gradualmente modificando al hacerse uno consciente del mecanismo que la activa, nuevos patrones de conducta se van incorporando y el dinamismo de la mente para transformarse facilita la posibilidad de cambio. Una mente plástica encuentra el equilibrio entre la capacidad de cambio y la aptitud para permanecer igual.

      Si bien es cierto que los rasgos de nuestra personalidad se perciben como relativamente estables, esto no quiere decir que sean inmutables. A pesar de que no es común que una persona enojada se vuelva paciente, ni que alguien pretensioso se vuelva humilde, es innegable que las personas cambian. En un estudio en el que se plantea la pregunta de ¿cuánto cambia la personalidad o se mantiene estable desde la escuela secundaria hasta la jubilación?, la doctora Rodica Damian de la Universidad de Houston y un grupo de colaboradores evaluaron a 1.795 personas en la adolescencia y 50 años después. Sus hallazgos concuerdan con que la personalidad tiene un componente estable a lo largo de la vida, pero que también es maleable. La continuidad y el cambio coexisten. Las personas que son más responsables a los 16 años, lo continúan siendo a los 66. Pero, en promedio, todos se vuelven más responsables, más estables emocionalmente y más abiertos a experiencias nuevas. Este estudio es el primero que se basa en la misma fuente de datos en ambos puntos temporales.

      ¿Cómo es posible al mismo tiempo ser uno mismo y cambiar? En su libro Identidad y cambio, los psicoanalistas León y Rebeca Grinberg proponen que la identidad es, precisamente, la capacidad de sentirse uno mismo en la sucesión de cambios a los que nos confronta la vida. El cambio implica aceptar lo desconocido, lo impredecible, y viene al encuentro una idea del poeta José Enrique Rodó (Motivos de Proteo): reformarse es vivir. —eps

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  • El poderoso y sabio inconsciente

    Eduard Punset, (1936-2019), con su carismática personalidad y su curiosidad insaciable, fue capaz de despertar en muchos que, a priori, no hubieran estado interesados, esa necesidad de saber por qué somos como somos. Según decía, “había que explicar a la gente ciencia que le interesara, que les explicara cómo eran por dentro, qué les pasaba, por qué eran como eran. Ciencia popular”. El programa Redes (1996) lo hizo posible divulgando la ciencia en una época en que no había apenas nada de ciencia en la televisión, llegando a muchos y calando en la mayoría.

    De todos, éste es uno de los episodios que más destaco. Desbancando al estigmatizado inconsciente Freudiano, ahondamos en el poder y la sabiduría del nuevo inconsciente, con la humildad de reconocer, que no somos seres racionales, al menos, no tanto como creíamos. Pasen y vean.

    • Mi forma de verlo:

      Eduard Punset, (1936-2019), con su carismática personalidad y su curiosidad insaciable, fue capaz de despertar en muchos que, a priori, no hubieran estado interesados, esa necesidad de saber por qué somos como somos. Según decía, “había que explicar a la gente ciencia que le interesara, que les explicara cómo eran por dentro, qué les pasaba, por qué eran como eran. Ciencia popular”. El programa Redes (1996) lo hizo posible divulgando la ciencia en una época en que no había apenas nada de ciencia en la televisión, llegando a muchos y calando en la mayoría.

      De todos, éste es uno de los episodios que más destaco. Desbancando al estigmatizado inconsciente Freudiano, ahondamos en el poder y la sabiduría del nuevo inconsciente, con la humildad de reconocer, que no somos seres racionales, al menos, no tanto como creíamos. Pasen y vean.

    • Recopilación:

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  • Eres lo que crees

    Las creencias son nuestras certezas necesarias, sin ellas, nos sentiríamos desvalidos ante un mundo, en principio, incomprensible y sin sentido. Son nuestra constelación de la realidad y conforman la base de nuestra identidad.

    Para poder comprender el mundo -o al menos asignarle un sentido imprescindible (sin él no podríamos navegarlo)- interpretamos nuestras experiencias, generalizando, sesgando, eliminando y distorsionando la realidad a nuestro favor para poder atribuirle un significado. Son parte de un proceso adaptativo inevitable, por eso son dicotómicas, agrupan las experiencias en positivas y negativas, para calcular riesgos y predecir resultados derivados de nuestras decisiones.

    Es nuestro orden necesario para ordenar el ininteligible mundo. Y si lo crees, es: "Algunas personas pueden sufrir ataques de asma ante flores de plástico, si creen que son verdaderas".

    Pero hay que tener en cuenta que dirigimos nuestra energía dónde dirigimos nuestra atención. Solo somos capaces de ver lo que queremos ver, y solo registramos lo que las confirma eliminando, o menospreciando lo que no.

    El problema deriva en que mientras

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    • Mi forma de verlo:

      Las creencias son nuestras certezas necesarias, sin ellas, nos sentiríamos desvalidos ante un mundo, en principio, incomprensible y sin sentido. Son nuestra constelación de la realidad y conforman la base de nuestra identidad.

      Para poder comprender el mundo -o al menos asignarle un sentido imprescindible (sin él no podríamos navegarlo)- interpretamos nuestras experiencias, generalizando, sesgando, eliminando y distorsionando la realidad a nuestro favor para poder atribuirle un significado. Son parte de un proceso adaptativo inevitable, por eso son dicotómicas, agrupan las experiencias en positivas y negativas, para calcular riesgos y predecir resultados derivados de nuestras decisiones.

      Es nuestro orden necesario para ordenar el ininteligible mundo. Y si lo crees, es: "Algunas personas pueden sufrir ataques de asma ante flores de plástico, si creen que son verdaderas".

      Pero hay que tener en cuenta que dirigimos nuestra energía dónde dirigimos nuestra atención. Solo somos capaces de ver lo que queremos ver, y solo registramos lo que las confirma eliminando, o menospreciando lo que no.

      El problema deriva en que mientras estamos entretenidos confirmando nuestras creencias perdemos la posibilidad de verificar que la realidad puede comportarse de un modo alternativo.

      Nuestras creencias son los principios por los que nos guiamos, sean ciertos o no. Igual habría que parar a preguntarse su valía...

      Te lo explica de lujo Bernardo Ortín en este artículo: "El impacto Subjetivo de las Creencias".

    • Recopilación:

      Las convicciones pueden ser mayores enemigos de la verdad que la propia mentira

      (Nietszche)

      Historia del telescopio

      Galileo había oído hablar de la invención del telescopio en los Países Bajos y construyó uno más perfeccionado. Una de las primeras cosas que hizo con él fue mirar a la luna. Ahora bien, en su tiempo, y de acuerdo con el conocimiento establecido, la luna, al igual que los otros cuerpos celestes, tenía que ser perfecta. Se pensaba que era perfectamente redonda y llana. Cuando Galileo la observó a través de su telescopio se dio cuenta de que esa concepción era incorrecta ya que, aparentemente, existían montañas en ella. Algunas zonas de la superficie lunar no se veían tan diferentes de las que uno podría esperar encontrar en la tierra si se la mirase desde la misma distancia a través de un telescopio. Pero decir esto era una herejía. Los cielos no podían parecerse a la tierra. Galileo persistía en afirmarlo, y escribió un corto informe sobre sus observaciones, que fue alabado por unos, y atacado por otros. Cuando invitó a algunos de los que lo atacaban a que mirasen la luna a través de su telescopio, ellos declinaron su ofrecimiento. La mera observación, realizada por los seres humanos con sus imperfectos sentidos, no podía, obviamente, servir para refutar la aceptada y autorizada enseñanza existente entonces sobre la luna que era lógica y consistente en relación con el principal cuerpo de doctrina entonces dominante —la enseñanza según la cual la tierra y todo el mundo sublunar eran imperfectos, mientras que la luna, el sol y las estrellas, seres cercanos al cielo, eran perfectos—.

      Existían entonces una diferencia que no debe ser olvidada: el conocimiento revelado y el conocimiento deductivo o axiomático no estaban abiertos a la comprobación empírica.

      (Norbert Elías [1]).

      Para poder comprender la realidad, las personas realizamos dos transformaciones de lo que percibimos del mundo. La primera es sensorial y la segunda de tipo lingüístico. Con distintas generalizaciones, eliminaciones y distorsiones de la realidad atribuimos significados a nuestro pensamiento y generamos nuestra constelación de creencias, criterios y valores.

      No hay que prejuzgar a los hombres por sus opiniones, sino por lo que estas opiniones hacen de ellos.

      (Regla de oro de Linchtenberg[2]).

      Estudios epidemiológicos recientes han demostrado que lo que las personas opinan de su propia salud tiene relación con su salud real. En estas investigaciones se solicitó a los sujetos, en similares condiciones físicas, que calificaran su salud de excelente, buena, regular y mala. Esto constituyó un magnífico factor para predecir el tiempo que vivirían. Quienes creían tener mala salud mostraron tres veces mayor propensión a morir en los siete años siguientes.

      En otro orden de cosas, los estudios psicológicos realizados en empresas con el objetivo de seleccionar personal con una característica determinada, como identificar profesionales «creativos», dan como resultado que los profesionales más creativos suelen ser los que creen de sí mismos que lo son.

      En el campo de la enseñanza, muy a menudo los alumnos reflejan un rendimiento académico influido por lo que el profesor cree que estos son capaces de hacer.

      Investigaciones de la salud en el campo de la psiconeuroinmunología atribuyen al factor inespecífico de curación, conocido como efecto placebo, hasta un 40 % del éxito en los tratamientos. La relación entre las creencias del paciente y la efectividad de su sistema inmunitario es ya indudable para la comunidad científica.

      Es incuestionable la importancia de las creencias sobre la comunicación y la percepción que tenemos de la realidad. Desde una perspectiva práctica hay que recordar que dirigimos nuestra energía hacia donde dirigimos nuestra atención. Algunas técnicas diagnósticas de salud o desórdenes psíquicos tienen relación con lo que estamos diciendo: contrastan las afirmaciones que hace el paciente con la fuerza muscular mayor o menor que manifiesta mientras piensa en sus creencias. También existen técnicas de adivinación del pensamiento basadas en este principio: el cuerpo humano se orienta muscularmente hacia el objeto de la sala en el que está pensando, lo cual facilita la tarea del «adivinador del pensamiento» si tiene buenas dotes de observación.

      La dificultad estriba en el hecho de que mientras confirmamos nuestras creencias perdemos la posibilidad de verificar que la realidad puede comportarse de un modo alternativo en algunos casos concretos. Dicho de otro modo: tomemos el caso de un caballo que ha sido tratado con reflejo condicionado. Le han enseñado a levantar la pezuña del suelo, poniéndole bajo ella una plancha metálica que le da pequeñas descargas eléctricas cada vez que se enciende una bombilla roja que él ve. Con el tiempo, el caballo levanta la pezuña solo con ver la luz roja. Y lo más importante es que cada vez que retira la pata de la plancha metálica pierde la oportunidad de verificar si en esta ocasión concreta había descarga eléctrica. Este es el mecanismo básico de construcción de creencias.

      Las creencias responden al patrón de «todo o nada» y se rigen por el mecanismo de profecía autocumplida: anotamos lo que las confirma y eliminamos o distorsionamos las experiencias que no las confirma. Algunas personas pueden sufrir ataques de asma ante flores de plástico, si creen que son verdaderas. Las creencias tienen reacciones bioquímicas en nuestro organismo.

      El caldo de cultivo del proceso es la confirmación de un criterio y la coherencia con él. Si tenemos un fuerte impulsor psíquico que nos ordena «sé fiel a ti mismo» podemos sufrir problemas más o menos serios de adaptación y flexibilidad ante el mundo. Hostilidad, depresión y frustración surgen de nuestras propias creencias acerca de nosotros mismos y acerca de la realidad circundante.

      Las creencias son los principios por los que nos guiamos, sean ciertos o no. Son los criterios por los que actuamos y no los que declaramos creer necesariamente. Se manifiestan en los hechos, no en las palabras. De hecho, no suelen deducirse de un marco lógico, sino que, más bien verifican con la experiencia aquello que previamente andaban buscando.

      Una creencia es una formulación lingüística acerca de la experiencia. Las creencias surgen como generalizaciones sobre causas, significados y límites y pueden estar relacionadas con escenarios o contextos en los que se desenvuelve nuestra vida, comportamientos, capacidades personales e incluso con nuestra propia identidad.

      Las personas experimentamos cosas en la vida y después generalizamos la experiencia hasta convertirla en un criterio más o menos general.

      Las creencias básicas son los conceptos esenciales a los que nos atenemos y conforman la base de nuestra identidad. Son parte de un proceso adaptativo inevitable. Definen los sentimientos que cada uno tiene sobre sí mismo y sobre el mundo con el que se relaciona y actúan como elementos referenciales de nuestro comportamiento y nuestro pensamiento.

      Las creencias funcionan como un enmarcado del pensamiento y del comportamiento. Por ejemplo, las personas votan a sus candidatos políticos no tanto en función de sus intereses, sino en función de la coincidencia que este tenga con su propio encuadre de la vida. Esto es, con la coincidencia que tenga el candidato con el sistema de creencias del elector[3].

      Por ejemplo, un hombre casado durante muchos años me contó que fue interpelado por su esposa. Le pide que colabore más en las tareas domésticas. Ella misma comprende que se ha puesto muy exigente de modo repentino, pero confiesa haber callado demasiado tiempo y no puede más. En realidad, el hombre no acaba de aceptar lo que ella le dice y sin embargo, cree que ella ya no le ama y prefiere decirle lo de la casa para no afrontar la verdad.

      Otra persona me dijo que algunas temporadas que ha dejado de fumar cree que vale menos, que se convierte en alguien menos interesante para agradar a los demás.

      Las creencias suelen ser de naturaleza dicotómica: agrupan las experiencias en positivas y negativas. Funcionan como criterio de comparación entre nuevas y viejas experiencias. Sirven para calcular riesgos y predecir resultados derivados de nuestras decisiones. De este modo las creencias se convierten en limitantes y potenciadoras.

      Si juzgamos buena una cosa es porque la deseamos.

      (Spinoza. Sobre el deseo)

      Tipos y clases de creencias

      Estos son mis principios
      y si no le gustan tengo otros

      (Groucho Marx)

      Las creencias limitantes más comunes y limitantes en materia de salud suelen responder a los siguientes ámbitos:

      1. Creencia de que el objetivo deseado es inalcanzable, independientemente de las propias capacidades. Consecuencia: desesperanza.
      2. Creencia de que el objetivo es posible pero no se tienen las capacidades necesarias para alcanzarlo. Consecuencia: indefensión, inacción.
      3. Creencia de que no merecemos alcanzar el objetivo a raíz de algo que hicimos o dejamos de hacer. Consecuencia: culpa, apatía.

      Los tipos de creencias más comunes son:

      Sobre causas: si creemos que algo es la causa de algo, nuestro comportamiento se orientará a que ese algo acontezca. «Tengo mal genio porque mi padre también lo tiene». Sin embargo, hay que recordar que en muchas ocasiones el origen de algo no es la causa de que se produzca.

      Sobre significados: ¿qué significa la enfermedad? ¿Quién la padece la merece? «Mi modo de sufrir significa que soy débil».

      Sobre la identidad: estas creencias incluyen causas, significados y límites. Son las creencias más determinantes y difíciles de cambiar. «Soy insensible a los demás», «soy inútil», «soy torpe», «en realidad no merezco otra cosa»…

      Le apetece el campo hasta a quien no le gusta

      (Fernando Pessoa[4])

      La historia de los mineros

      Hay una historia que dicen es verídica. Aparentemente sucedió en algún lugar de África. Seis mineros trabajaban en un túnel muy profundo extrayendo minerales desde las entrañas de la tierra. De repente un derrumbe los dejo aislados del exterior sellando la salida del túnel. En silencio cada uno miró a los demás. De un vistazo calcularon su situación. Con su experiencia, se dieron cuenta rápidamente de que el problema sería el oxígeno. Si hacían todo bien les quedaban unas tres horas de aire, cuando mucho tres horas y media. Mucha gente de afuera sabría que ellos estaban allí atrapados, pero un derrumbe como este significaría horadar otra vez la mina para llegar a buscarlos. ¿Podrían hacerlo antes de que se terminara el aire? Los expertos mineros decidieron que debían ahorrar todo el oxigeno que pudieran. Acordaron hacer el menor desgaste físico posible, apagaron las lámparas que llevaban y se tendieron todos en el piso.  Enmudecidos por la situación e inmóviles en la oscuridad era difícil calcular el paso del tiempo. Incidentalmente solo uno de ellos tenia reloj. Hacia él iban todas las preguntas: ¿cuánto tiempo pasó? ¿Cuánto falta? ¿Y ahora? El tiempo se estiraba, cada par de minutos parecía una hora y la desesperación ante cada respuesta agravaba aún más la tensión.

      El jefe de los mineros se dio cuenta de que si seguían así la ansiedad los haría respirar mas rápidamente y esto los podía matar. Así que ordenó al que  tenia el reloj que solamente él controlara el paso del tiempo. Nadie haría más preguntas, él avisaría a todos cada media hora. Cumpliendo la orden, el del reloj controlaba su maquina. Y cuando la primera  media hora paso. Él dijo: «ha pasado media hora».

      Hubo un murmullo entre ellos y una angustia que se sentía en el aire.  El hombre del reloj se dio cuenta de que a medida que pasaba el tiempo, iba a ser cada vez más terrible comunicarles que el minuto final se acercaba. Sin consultar a nadie decidió que ellos no merecían morirse sufriendo. Así que la próxima vez que le informo la media hora, habían pasado en realidad cuarenta y cinco minutos.

      No había manera de notar la diferencia, así que nadie siquiera desconfió. Apoyado en el éxito del engaño la tercera información la dio casi una hora después. Dijo «pasó otra media hora». Y los cinco creyeron que habían pasado encerrados, en total, una hora y media y todos pensaron en cuán largo se les hacía el tiempo. Así siguió el del reloj, a cada hora completa les informaba que había pasado media hora.  La cuadrilla apuraba la tarea de rescate, sabían en que cámara estaban atrapados, y que sería difícil poder llegar antes de cuatro horas.  Llegaron a las cuatro horas y media. Lo más probable era encontrar a los seis mineros muertos. Encontraron vivos a cinco de ellos. Solamente uno había muerto de asfixia… el que tenía el reloj.

       

    • Source:
  • Filosofía aplicada a la vida.

    En esta extensa entrevista, José Carlos Ruiz, doctor en Filosofía, investigador de la llamada ‘hipermodernidad’ y del "hiperindividualismo", así como del impacto de las nuevas tecnologías en nuestra sociedad contemporánea, habla de filosofía, de filosofía aplicada a la vida. 

    Se tocan muchos temas fundamentales y relevantes. ¡Muchos! 

    Del instrumento de tortura en que se ha convertido la objetivización de la felicidad, del valor fundamental de la amistad -de la buena y de la que no lo es tanto-, de nuestra tremenda adicción emocional al consumo de nuevas experiencias y su subsiguiente “síndrome de abstinencia contemporáneo”, de la toma de decisiones según los clásicos... pero sobretodo se habla de la irrefutable importancia del desarrollo del pensamiento crítico en este nuestro S.XXI.

    Y algo que me gustaría destacar, es el énfasis que pone José Carlos Ruiz en lo primordial que es tener en
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    • Mi forma de verlo:

      En esta extensa entrevista, José Carlos Ruiz, doctor en Filosofía, investigador de la llamada ‘hipermodernidad’ y del "hiperindividualismo", así como del impacto de las nuevas tecnologías en nuestra sociedad contemporánea, habla de filosofía, de filosofía aplicada a la vida. 

      Se tocan muchos temas fundamentales y relevantes. ¡Muchos! 

      Del instrumento de tortura en que se ha convertido la objetivización de la felicidad, del valor fundamental de la amistad -de la buena y de la que no lo es tanto-, de nuestra tremenda adicción emocional al consumo de nuevas experiencias y su subsiguiente “síndrome de abstinencia contemporáneo”, de la toma de decisiones según los clásicos... pero sobretodo se habla de la irrefutable importancia del desarrollo del pensamiento crítico en este nuestro S.XXI.

      Y algo que me gustaría destacar, es el énfasis que pone José Carlos Ruiz en lo primordial que es tener en cuenta el contexto para desarrollar el tan necesario pensamiento crítico. Como decía Ortega y Gasset “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. 
       
      Tener en cuenta la circunstancia es imprescindible, asumir y aceptar que hay una parte de ti que está ahí sin que tú la escojas. La circunstancia es la parte de nuestra vida que no elegimos, pero que nos configura, un montón de elementos que te modulan, que te han tocado y que te conforman como ser. Para Gasset, vendría a ser dos tercios de tu identidad. Dos tercios....

      El resto, el tercio que falta ya eres tú, con tus decisiones y con lo que vas haciendo en la vida. Lo importante es explotar ese tercio, que las decisiones sean tuyas, no heredadas ni socialmente impuestas sino sabiamente escogidas, y también tus elecciones. Si sólo contamos con un mero 1/3 de libre albedrío, lo vamos a desaprovechar?
       
      La versión corta en vídeo aquí, para los que tienen prisa.
    • Recopilación:
      Leticia Martínez. Tú eres profesor, y eres doctor en filosofía contemporánea y has dedicado estos últimos años a publicar libros y escribir libros relacionando la filosofía con la vida diaria. Me gustaría empezar esta entrevista hablándote sobre algo que es muy importante en la vida, que es la amistad. Has comentado que vivimos en una sociedad muy individualista, pero hay algo que has dicho en uno de tus libros que a mí me ha encantado, porque yo lo veo a diario en el patio del colegio, y es la importancia que tienen los amigos en los niños y en los jóvenes. ¿Qué valor tiene la amistad?
       
      José Carlos Ruiz. Desde la perspectiva filosófica, la amistad tiene una percepción de temporalidad muy importante, es decir, se tiene que asentar en una historia conjunta entre dos personas o más, y también un criterio de atención hacia el otro, que también se tiene que tener muy en cuenta mientras entablamos una relación. Entonces, como tú has dicho antes, la sociedad ha virado hacia un individualismo que cada vez es más potente, y eso afecta inevitablemente, por ejemplo, al criterio de atención, es decir, al fijarnos en el otro y a prestar atención a algo que no sea el ego. Entonces, los nuevas modelos de amistad están contaminándose un poco de este paso del grupo social al individualismo contemporáneo, y creo que es muy importante que en esas etapas educativas iniciales, sobre todo en la adolescencia y en la infancia les enseñamos a nuestros alumnos, a nuestros hijos, a cómo distinguir una buena amistad de la que no lo es tanto. 
       
      Y, para eso, el pensamiento crítico y la filosofía creo que son fundamentales. Hay miles de ejemplos en la historia de la filosofía de cómo tratar el tema de la amistad desde un punto de vista analítico. Yo te pondría el ejemplo de Aristóteles o de Cicerón, cuando hacen un análisis sobre la amistad y Aristóteles dice que cualquier persona tendría que saber distinguir entre tres modelos de amistad distintos: el primero, habla de un modelo de amistad utilitaria en el que los amigos se relacionan porque tienen una utilidad en común. Entonces, la amistad va a durar lo que dure la utilidad. Y esto es importante hacérselo notar a la gente a la hora de evaluar a sus amistades.
       
      Es decir, “Bueno, tenemos una cosa en común que a los dos nos apetece y lo vamos a hacer, entonces la unión que tenemos entre tú y yo gira en torno a esa utilidad”. Luego hay un segundo modelo de amistad, que creo que es el que todo el mundo tiene, que es el de diversión, y la amistad dura lo que dura la diversión. Es decir, de ahí no se pasa. El problema está en el tercer modelo, que es un modelo de amistad donde se tiene que trabajar la excelencia, la virtud, que diría Aristóteles, es la “areté”. Ese modelo de amistad conlleva una percepción igualitaria, no solamente del otro, sino también del trato que tú le das y que recibes del otro. Entonces, el concepto de amistad, que hoy en día creo que cuesta más trabajo y que está casi desapareciendo, tiene mucho que ver con esta dificultad que tenemos de trabajar la alegría que te proyecta el otro en ti cuando el otro consigue, por ejemplo, un logro por su cuenta. Es decir, esa honestidad de sentir que te valoran a ti igual que tú valoras al otro, que las alegrías tuyas son compartidas por otro, es cada vez más complicada. Aristóteles también dice una cosa muy interesante, y es que somos animales políticos. Animal es la parte más biológica, pero político viene de “polis”, y es que necesitamos del grupo para desarrollarnos. Hay un experimento muy bonito que hizo la Universidad de Harvard en 1950 y que hace poco salió publicado, y hay un resumen muy interesante que vi en Internet sobre el tema: un estudio longitudinal, durante 75 años, con el mismo grupo de personas a los que, año tras año, desde que tenían 20 años hasta que se han muerto, se les ha ido a las casas y se le ha interrogado en torno a su concepto de felicidad y se les ha hecho análisis médicos.
       
      Desde que tienen 20 años se elige un grupo de alumnos de Harvard, de la élite en Estados Unidos, con una clase social alta y a otro grupo de la misma edad de un barrio pobre de Boston. Lo que buscaban de fondo es qué hacía que una persona llegara a anciana en un estado de salud bueno y con cierta felicidad. Y la conclusión, después de millones de datos recopilados, a la que llegan, es que las personas que llegan a la vejez sanas y felices son aquellas que han sabido hacer una buena selección de las relaciones sociales que tienen. De manera que no se trata de la cantidad de amigos que tengamos, sino de la calidad de las relaciones que tú vayas entablando a través de la vida. Y eso es lo que hace que al final, cuando tú hagas el análisis de toda una trayectoria vital, te diga, más o menos, la capacidad tuya de análisis: “Ha sido una vida plena, porque me he rodeado de personas a las que he querido y me he sentido querido”. Y esa relación social se tiene que cultivar desde el principio. Por eso, insisto tanto en el valor de la amistad desde de la infancia, porque si conseguimos que nuestros hijos, que nuestros alumnos, sean capaces de percibir en el otro, qué es lo que valoran de sí y qué es lo que valoran en ellos y sepan clasificar sus amistades a la hora de saber enfrentarse a la realidad, es probable que esas relaciones sociales que se entablen puedan afianzarse a lo largo del tiempo, y eso le daría la posibilidad de llegar a la vejez, como decía el experimento de Robert Waldinger, este experimento social tan maravilloso, llegar con una felicidad y una salud por encima de la media. Luego, otra de las cuestiones que más dificultad me ha llevado analizar es el éxito de los libros de autoayuda con respecto a las relaciones sociales. Antes, los consejos venían de los círculos cercanos, es decir: mis padres, mis amigos…, la sociabilidad que nosotros teníamos cuando no había tanta pantalla ni tanto internet, generalmente, se amparaba en el que era igual que tú o en alguien cercano a ti, al que le pedías consejo, al que le contabas tu vida, al que te confiabas.

      José Carlos Ruiz: Pero desde el momento en el que el individuo empieza a ganar terreno en esta sociabilidad y las relaciones sociales se van virtualizando, el problema de la gente es que a la hora de encontrar un hombro en el que llorar, un hombro al que pedir consejo, es decir, a la hora de buscar a alguien en quien puedas amparar tus dudas, tus miedos, etc., encuentras que es muy complicado porque no has sabido sembrar ese concepto de amistad, así que acudes a ayuda externa. Y la ayuda externa, en algunos casos está por profesionales de la sanidad, ya sea un psicólogo, o un psicopedagogo, o un psiquiatra o, en otros casos, y es el caso más común, es la autoayuda, los libros de autoayuda. ¿Cuál es el problema que le he detectado a los libros de autoayuda a la hora de trabajar, por ejemplo, un modelo de amistad? 
       
      Es que la autoayuda está centrada en ti, todos los libros de autoayuda, como el nombre indica, es “auto”, es decir, te ayudan a ti mismo. Pero hay muy pocos libros de autoayuda donde el eje se referencie hacia el otro, con lo que intentar trabajar esa mejora de ti, teniendo en cuenta al otro, no parece que sea el eje común del libro de autoayuda. Así es que, al final, intentas buscar un manual, que no te conoce de nada, que no sabe de ti absolutamente nada y te va a dar una receta genérica, que tú te vas a tener que aplicar y que, si no te sirven, acudirás a un segundo libro de autoayuda, porque es como una especie de cadena que no tiene fin. Es decir, hay unos libros que te dicen: “Tú puedes conseguir el éxito si sigues veintiún pasos y durante veintiún días y haces tal, tal, tal”. Y, cuando no lo consigues, hay un segundo libro de autoayuda que te dice cómo salir de la desesperanza, del desánimo que te ha invadido, con lo que hay una especie de reciclaje interno, de un consumo de autoayuda que deja desamparada a la sociabilidad del individuo en donde hay un contacto personalizado.

      Entonces, creo que tendríamos que intentar recuperar ese valor de la amistad tan maravilloso de decirle a nuestra gente joven: “Tenéis que seguir trabajando las amistades, las amistades se trabajan, es decir, se tienen que afianzar. Llevan una inversión de tiempo y llevan una inversión de atención”. Y a veces se nos olvida esto. Y claro, cuando de verdad ya necesitas un hombro en el que llorar, no lo tienes porque has perdido esa inversión y acudes a lo más sencillo, que son esos manuales de autoayuda que son best-seller a nivel mundial.

      Leticia Martínez. Y me estás recordando, toda esta parte que comentas, la importancia que parece a día de hoy que tiene la felicidad en nuestra sociedad. Es importantísimo ser feliz, pero en muchas ocasiones parece que ese “parecer feliz” prioriza, o es más prioritario que realmente serlo. ¿Qué piensas tú sobre la felicidad en el mundo actual?

      José Carlos Ruiz. Bueno, creo que estamos cambiando el paradigma de felicidad de un modo casi radical. Es decir, estamos dando la vuelta de un paradigma de felicidad que era más inocente, o más secundario en la vida de las personas, a un objetivo principal a conseguir. Yo creo que la felicidad anteriormente, es decir, la de mi generación, la de mis padres, tenía mucho que ver con una búsqueda. Y la búsqueda significaba encontrar o no encontrar, que existiese el objeto o que no existiese el objeto, pero no era prioritario en ninguna de las vidas, es decir, para nuestros padres, incluso para mí, lo prioritario era construirte la vida. Había de vez en cuando un encuentro con la felicidad, pero no era el objetivo. El objetivo era la construcción vital. Sin embargo, la felicidad contemporánea me parece que está más orientada hacia la conquista. Es decir, está, como diríamos hoy en día, en un mapa está «geolocalizada». Entonces, la gente de repente tiene en su cabeza una especie de “check list” donde necesita, pues, consumir la última novedad que ha salido al mercado, visitar el último país que se ha puesto de moda, necesita pues, no sé, ir al último restaurante a comer la última comida “foodie”, practicar el último tipo de deporte, etc.

      Entonces en esa dinámica en la que estamos entrando, la felicidad está objetivada, y como esta objetivada, lo único que tienes que hacer es ir a conquistarla porque sabes dónde está. Y cuando la conquistas aparece una segunda, y una tercera, y una cuarta, entonces está encapsulando distintos modelos de consumo emocional. Antes teníamos un consumo material: la gente compraba cosas y le parecía que la satisfacción podría aparecer a través del consumo material, pero como el cambio climático ha puesto el materialismo en un plano moralmente preocupante, el sistema ha sido muy inteligente y ha disfrazado el consumo material del consumo emocional, porque así nos sentimos menos culpables. Entonces, han empezado a vendernos la importancia de consumir emociones, experiencias lo llaman. 
       
      Entonces te dicen que lo importante en esta vida es llevarte una mochila de experiencias encima y que eso te va a dar esa felicidad. Entonces, estamos obsesionados con ir acumulando experiencias, una tras otra. Las consecuencias, para mí, son catastróficas. ¿En qué sentido? En el que entras en una dinámica en la que el consumo de experiencias se convierte en el eje que va a orientar tu vida. Y, al final, cuando no estás en ese proceso de consumo, estás solo, estás tranquilo en tu propia vida, se te genera una angustia. Se te generan esos nervios de decir: “Bueno, yo no sé hacia dónde voy, ahora tengo que hacer algo”. No sabemos aburrirnos. Hay un experimento muy interesante, lo publicó la revista ‘Science’ en el 2014, sobre un grupo de personas que se les ofrece la posibilidad de pasar 15 minutos en una habitación a solas, sin teléfonos móviles, absolutamente sin nada.
       
      Pero antes de entrar les dicen a todas: “¿Estaríais dispuestos a daros descargas eléctricas, mientras estáis a solas en esos 15 minutos?”. Obviamente todo el mundo dice que no: “Yo no, yo no necesito esto ni de locos, obviamente”. Pues cuando entran y pasan una media de seis minutos, un alto porcentaje de personas que tenía el aparato para electrocutarse, a los seis minutos empiezan a darse descargas ellos mismos. Es una cosa que te da mucho que pensar, porque en ese experimento lo que vienen a llegar a concluir al final es que cuando intentas dejar tu mente tranquila, o en blanco, o calmada, está tan acostumbrada y es tan adicta a la hiperactividad, a la búsqueda de esas emociones constantes, que a los seis minutos es capaz de electrocutarse, haciendo algo que antes se le hubiese ocurrido como impensable, solamente seis minutos. Y esto preocupa mucho, porque se nos está generando una drogodependencia emocional que hace que vayamos saltando de una emoción hacia otra sin tener el parapeto de la distancia y el tiempo. Es decir, somos incapaces de tomar distancia de la realidad inmediata que tenemos y somos incapaces de tener el aprecio del tiempo en un tempo un poquito más tranquilo. De manera que, cuando nos sucede esto, como la adicción hacia las emociones es muy alta, entramos en lo que yo llamo el “síndrome de abstinencia contemporáneo”, que es la hiperacción. La hiperacción, en el fondo, no deja de ser esa respuesta de cuando te llega el síndrome de abstinencia, ponerte a hacer cosas, lo que sea, con tal de no estar a solas contigo mismo. Esto es preocupante.

      Leticia Martínez. Esto que me has contado del experimento me está recordando un poco a los adolescentes de hoy en día con las redes sociales. ¿Qué opinas tú en relación a eso?
       
      José Carlos Ruiz. Esa hiperacción es cierto que quizás en los adolescentes está empezando a calar más a fondo, porque el estímulo de las redes sociales es altísimo. Yo creo que estamos entrando en un momento histórico único en la humanidad a la hora de entender cómo funciona el mundo virtual. Nunca hemos tenido la opción de hacer algo maravilloso, que es crear nuestras propias circunstancias. Si antes hablábamos de las circunstancias reales que tú no te las puedes crear, sino que vienen impuestas, las redes sociales por primera vez te permiten crearte un avatar, una imagen idealizada de ti. De modo que, por primera vez en la historia, conviven dos circunstancias: las circunstancias reales y las circunstancias virtuales. Y esto es algo que nos lleva a pensar hasta qué punto unas van a condicionar a las otras. 
       
      Es decir, antes, las reales, se supone que iban a condicionar el estilo de vida, pero ¿qué pasa cuando tú, como adolescente o como persona, como nosotros, joven, tienes la capacidad de crear un avatar que se va a presentar al público de la manera en la que tú quieres, con el ideal que tú quieres diseñar en torno a tus ideas, a tu estética, etcétera? Sin darnos cuenta, le estamos dando mucho poder a ese avatar virtual y cada vez le estamos dedicando más tiempo, de manera que las circunstancias virtuales empiezan a equiparar se en categoría ontológica, que decimos en filosofía, es decir, en potencia, se empiezan a equiparar a las circunstancias reales. La consecuencia es dañina, porque cuando tú pasas mucho tiempo en una red virtual tienes la capacidad de controlar lo que dices y cuándo lo dices y cómo lo dices, y encima tienes la capacidad de controlar la mirada del otro, que es algo que en la realidad no podemos hacer.
       
      Es decir, tú y yo aquí no podemos controlar hacia dónde vas a mirar tú y hacia dónde vas a prestar atención y en qué te vas a fijar. Pero si yo te pongo mi avatar virtual y cuelgo la foto con el perfil que quiero, con los filtros que quiero y elijo la frase de manera consciente, después de mucho tiempo pensando y la cuelgo en un momento dado, al final estoy condicionando la manera en la que incluso tú miras. Es decir tengo el control no solamente sobre mi avatar virtual, sino también sobre tu percepción de mi avatar, la puedo controlar. El problema está cuando no tienes el pensamiento crítico afianzado y no te das cuenta de que no deja de ser una virtualidad. Es decir, eso no es real, así es que cuando eres adolescente y no te das cuenta y pasas mucho tiempo ahí, cuando desconectas de la pantalla y te miras a ti mismo, descubres algo preocupante, y es que tú no te apareces en nada a ese “yo” virtual que te has creado y que te parece fantástico, con lo que tu autoestima empieza a mermar. 
       
      Esto tiene mucho que ver con el mito de Narciso, de la antigua Grecia. El mito de Narciso es un mito muy bonito que explica este fenómeno contemporáneo. Viene a decir lo siguiente: la madre de Narciso, la ninfa Liríope, acaba de tener un niño precioso, que es Narciso, y se va a la ciudad de Tebas a hablar con un sabio, el sabio Tiresias, y le pregunta: “¿Llegará mi hijo anciano?”. Y el sabio Tiresias le dice una frase muy enigmática, le dice: “Tu hijo Narciso llegará a anciano si no se conoce a sí mismo”. La madre se va preocupada, dándole vueltas a esta frase, que va en contra del sentido común. Porque, claro, toda la filosofía está basada en: “Conócete a ti mismo, búscate” y tal. Pero el sentido de la frase tiene mucho, mucho significado cuando es el mito, y es que va creciendo ese niño, entre ninfas, y poco a poco va generando una vanidad en torno a sí mismo muy potente.

      Es un hombre muy bello y va despreciando el amor de todas las que se le acercan, de manera que un día los dioses, muy enfadados, dicen: “Bueno, Narciso está despreciando el amor de todas las ninfas, la última, la ninfa Eco, la pobre ninfa Eco, que va a sufrir de amor porque Narciso se ríe de ella, así que lo vamos a castigar. ¿Cómo castigamos al joven Narciso, guapo y vanidoso? Vamos a hacer que sufra el mal de amores que él está provocando al resto. Así que vamos a hacer que se enamore de la primera persona que vea y que no sea correspondido”. Es decir, vamos a darle un poquito de la misma medicina que él da. Con tan mala suerte de que Narciso un día se levanta, mira en un lago su reflejo y se enamora de su reflejo. Entonces se pasa allí las horas muertas, enamorado de esa imagen que ve de sí mismo, la intenta abrazar y en una de las versiones del mito se ahoga, se ahoga. Y ahí es cuando cobra el sentido de: “si se conoce a sí mismo”. Es decir, cuando vea su propio reflejo. Bueno, pues este mito de Narciso es lo que creo que está pasando hoy en día a nuestros jóvenes, y es que se están enamorando no de sí mismos, sino de la imagen que están creando de sí mismos en las redes. Y entonces están más preocupados y dedican más tiempo, invierten más energía en esa imagen que dan al exterior que en la realidad de ellos. De manera que, cuando se desconectan y se miran al espejo, esa desconexión es muy hiriente a la hora de evaluar su ego.

      Leticia Martínez. José Carlos, tú hablas, lo más importante, lo que defiendes a capa y espada es el pensamiento crítico. Pero me gustaría que nos explicase bien, o que me explicases bien qué es el pensamiento crítico y que me pusieras algún ejemplo.

      José Carlos Ruiz. El pensamiento crítico yo lo entiendo como la capacidad que todos tenemos de entender nuestro mundo en interrelación con el mundo de los demás. De manera que, si tu capacidad de entender tu mundo y la interrelación con el mundo de los demás es muy limitada, pues tu pensamiento crítico va a ser muy limitado. Y después de mucho leer, desde mi percepción, he encontrado dos elementos que creo que son fundamentales a la hora de hacerle entender a alguien cómo se puede aprender a pensar bien desde su circunstancia. Decía Ortega y Gasset y, de hecho, me basé en él para trabajar el primer elemento, aquella famosa frase: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”. Esa era la frase de Ortega y Gasset. ¿Qué significa la circunstancia? En Ortega, y hoy en día también, la circunstancia es la parte de nuestra vida que no elegimos, pero que nos configura. Las circunstancias son el lugar en el que han nacido, el nivel social que tienen tus padres, el nivel educativo de tus padres, el colegio en el que has estudiado. Es decir, son un montón de elementos que van configurando tu identidad, pero que tú no los puedes elegir, pero sin darte cuenta están ahí y te van configurando. Entonces, tener en cuenta la circunstancia es fundamental para entender tu pensamiento crítico, porque hay una parte de ti que está ahí. Dice Ortega y Gasset que dos tercios de la biografía de una persona se pueden definir por el lugar en el que naces y el tiempo en el que naces. Dos tercios.

      El resto, el tercio que falta ya eres tú, con tus decisiones y con lo que vas haciendo en la vida. Y la segunda parte, que creo que es fundamental, al educar para que nuestros chavales y nuestros adolescentes piensen bien, es el contexto. ¿Por qué el contexto? Porque al final se nos olvida que cuando vas a tomar una decisión, esa decisión está siempre enclavada en distintos contextos y saber interpretar el contexto en cada momento de tu vida es esencial para que tu pensamiento evolucione, porque si no, se te puede quedar anclado en un momento histórico muy limitado. Te pongo un ejemplo: nosotros hemos trabajado en colegios en Córdoba la capacidad del cuestionamiento, es decir, cómo se hace una buena pregunta, en niños, adolescentes, en jóvenes y en maestros. Y te sorprendería, bueno, a nosotros nos pasó, nos sorprendió mucho, por lo menos, que ante un ejercicio en el que se le reclama a alguien: “Elabora una pregunta en torno a una diapositiva que te pongo, es decir, ¿qué te sugiere esta diapositiva? ¿Qué cuestionamiento te plantea?”, a partir de los 12 o 13 años, las cuestiones que se plantea un adolescente, un joven en la facultad o un profesor, son muy similares. Son muy similares, y viene a decirme que llega un momento en el que la capacidad de cuestionarse las personas lo que está sucediendo a su alrededor se ancla, es decir, no evoluciona. Son preguntas muy directas, muy evidentes en torno a lo que ven. No profundizan. No van a un segundo nivel, y es porque no saben interpretar los contextos más allá de lo evidente.
       
      José Carlos Ruiz. Entonces, aprender a pensar bien es un ejercicio que lleva mucho tiempo, que requiere mucha intensidad, pero que da unos frutos increíbles cuando esos niños, que nosotros hemos trabajado con ellos durante todo un curso escolar semanalmente, cuando a esos niños, después de cuatro meses o cinco, les enseñas a ver más allá del contexto superficial de una fotografía o de un vídeo que han visto, de una publicidad o de una imagen en Instagram, empiezas a ver que las preguntas que elaboran están por encima de la superficialidad de las preguntas iniciales que tenían. Luego hay otra cuestión que me interesa mucho en torno al pensamiento crítico y es: cómo asociar la filosofía con esa capacidad de pensamiento crítico. Entonces, para eso he utilizado filósofos, sobre todo de la antigua Grecia y de Roma, que en su manera de entender la vida ponían ejemplos muy pragmáticos que pueden ser de utilidad para el día a día nuestro. Me gustaría comentarte, por ejemplo, a Epicteto. Epicteto era un esclavo de Epafrodito, que había sido a su vez esclavo de Nerón. Nerón libera a Epafrodito y Epafrodito conoce a Epicteto y lo convierte en su esclavo al principio y le enseña filosofía. Es decir, empieza a trabajar la filosofía con él desde un punto de vista estoico. Entonces, cuando Epicteto queda liberado, porque también le da la libertad, se va a una isla griega y empieza a trabajar su escuela filosófica estoica. Y en el estoicismo hay una manera de entender la vida muy pragmática que nos puede venir muy bien en el siglo XXI como consejo a la hora de enfocar nuestro día a día. Epicteto decía que toda persona debería de comenzar planteándose lo siguiente para tomar buenas decisiones: ¿Qué cosas dependen de mí en la vida y qué cosas no dependen de mí en la vida?

       Entonces, cosas que dependen de mí en la vida y a las que le tengo que prestar toda la atención posible y tengo que mejorar en ellas mi toma de decisiones: mis opiniones, mis opiniones son mías, de nadie más, tengo que responsabilizarme de ellas y tengo que saber muy bien dónde las doy y hacia quién van dirigidas. Esto es fundamental en el siglo XXI, cuando las redes sociales, la velocidad de transmisión del mensaje o de la indignación está por encima del análisis reflexivo.
       
      Entonces, decirle a la gente: “Tenga usted cuidado con su opinión” es fundamental, porque algunos de nuestros políticos recién recibido el cargo, lo primero que hacen es borrar todos los tuits porque se dan cuenta de que quizá opinaron demasiado rápido en su momento y no tomaron ese pensamiento crítico, ni el consejo de Epicteto. Entonces, la primera cosa que te dice Epicteto es “Tus opiniones son tuyas, cuídalas”. Segundo, tus aspiraciones. ¿A qué aspiras en la vida? Es algo que tienes que decidir tú. Y tienes que decidirlo tú desde tus circunstancias y en tus contextos. ¿Cuál es el problema? Que, al final, las aspiraciones vengan desde fuera y tengas que importarlas. Cuando tú importas una aspiración a nivel personal o profesional estás poniendo en manos de alguien externo lo que quieres hacer en la vida, y eso te puede causar una gran insatisfacción. De ahí que te diga Epicteto: “Ten cuidado, también, con tus aspiraciones”. También dice Epicteto: “Sé consciente de tus limitaciones”, son tus limitaciones, por lo tanto, acéptalas como vienen, pero primero conócelas. Es decir, que no te vengan impuestas desde fuera, sino que seas tú el que sea capaz de manejar tus limitaciones. Y, por contra, cosas que no dependen de ti y a las que no deberías de prestar tanta atención o no te deberían afectar tanto desde el principio: las opiniones de los demás. Es decir, los demás van a opinar constantemente de nosotros, y dice: “Intenta darle la medida oportuna a cada opinión”.
       
      José Carlos Ruiz. Yo en esto siempre añado: las personas que quieres y la que percibes que te quieren, sus opiniones son muy positivas para ti, porque en realidad son personas que te tienen aprecio, pero el resto de opiniones, y esto en las redes sociales está a la orden del día, pueden hacerte mucho daño, tanto positiva como negativamente, y esto es algo que me gusta destacar cuando intento educar a nuestros chavales en el uso de las nuevas tecnologías. Si te vienes muy arriba cuando recibes muchos “likes”, si le das mucha importancia cuando las redes sociales te están encumbrando, a la primera crítica que venga también le darás importancia. Así que hay que tener mucho cuidado, tanto si es positiva la opinión, como si es negativa, cuando se está hablando de esa virtualización. Segunda cosa que no depende de ti, dice Epicteto: los afectos de los demás. Es decir, no puedes empeñarse en que te quieran, ni en que gustes a todo el mundo. Así que intenta buscar una identidad, pero no intentes que los demás tengan unas emociones hacia ti que tú consideras oportunas o no. Y la tercera cosa, que creo que también es fundamental, que una persona tiene que tener en cuenta que no depende de ella, son los logros de los demás. Es decir hacia donde los demás vayan y lo que consigan no depende de ti, así que no dejes que te afecte. Y si, además, son amigos, alégrate por ellos, pero no te obsesiones con igualar los logros de los demás, sino ponte una meta en torno a ti y no en torno al otro. Entonces, desde esa perspectiva, yo creo que la filosofía cuando te vas, la parte pragmática, cuando te vas a las enseñanzas del día a día, puede ser un elemento maravilloso para el pensamiento crítico. Y en esta línea de ejemplos de pensamiento crítico, hay uno muy interesante, que en el siglo XXI creo que debería de ser casi obligatorio en las escuelas de periodismo, pero también a nivel educativo, en secundaria, y tiene mucho que ver con cómo la posverdad está introduciéndose en nuestro mundo de una manera tan sutil, que al final se ha convertido en una verdad muy potente, que está movilizando incluso gobiernos.

      Y es que el pensamiento crítico tendría que funcionar a la hora de entender los titulares de prensa que se suelen dar, o los titulares de las noticias que en algunas ocasiones impactan esa parte emocional. Y es que el vuelco hacia el lado emocional que está surgiendo en los medios de comunicación es tan potente que está anulándose la capacidad primaria de razonamiento que deberíamos tener nosotros. De modo que, si yo consigo un titular sensacionalista, yo sé que voy a acudir directamente a tu emoción, o bien de felicidad o bien de indignación y ya he conseguido anular tu parte racional. ¿Por qué? Porque he ido directamente a la emoción. Esto ya lo sabían los romanos, cuando en el año 80 el emperador Tito inaugura el Coliseo, lo hace porque, en primer lugar, consigue acabar la obra. Pero lo hace porque en el 79 había estallado el Vesubio y se había llevado por delante Pompeya y Herculano y, en el 80, un incendio asola un tercio de Roma. Y, encima, una plaga, creemos que era la peste, se carga la otra parte. 
       
      Entonces, Tito ve que su reinado estaba a punto de claudicar y decide inaugurar el Coliseo. Acelera la finalización del mismo y lo inaugura, y da cien días, con sus mañanas y tardes, de espectáculos gratuitos para todo el pueblo de Roma. Durante las mañanas había juegos y, por las tardes, los enemigos de Roma eran sacrificados en la arena. Y todos los días en los sótanos del coliseo se hacían mil hogazas de pan y se repartían en los descansos a todo el público. De manera que el público romano asistía al Coliseo y conseguía ver espectáculos de una manera maravillosa y, encima, comía pan. A partir de ahí, cuando terminaron los espectáculos, el reinado de Tito permaneció sin ningún problema, porque sabía que se había ganado al público a base de dos cosas muy sencillas, que son pan y circo.

      En el siglo XXI el pensamiento crítico tiene que estar teledirigido para darnos cuenta de que, si no utilizamos esa capacidad de análisis de la realidad, al final se impone el circo y estás constantemente en una dinámica de entretenimiento que hace que no estés atento a lo que realmente hay de fondo. De ahí mi insistencia en que intentemos educar a la gente desde una perspectiva con un foco de apertura ancha. Dejemos de mirar el ombligo, intentemos ver el contexto al completo de la noticia, porque si olvidamos el contexto, al final, cuando descontextualizas, estás olvidando la verdad y la realidad.

      Leticia Martínez. Y todo esto es importante que sea desde chiquititos, que se cultive desde pequeños. ¿Cómo se puede cultivar este pensamiento desde pequeños? Porque te he escuchado también decir que lo importante es pensar adecuadamente, o sea, tanto el pensamiento crítico como pensar adecuadamente, y todo esto desde pequeños. ¿Por qué? Cuéntanos.

      José Carlos Ruiz. Yo apuesto por el pensamiento crítico como una inversión de futuro y, de hecho, nos ha llevado mucho tiempo en las escuelas poder implementarlo con resultados. No hace mucho te comentaba, hemos necesitado cuatro meses para ver el inicio del pensamiento crítico y ocho meses para ver que empiezan a darse cuenta de esa realidad. Yo creo que es plantar un árbol, ¿cuál es el problema de plantar un árbol? El problema es múltiple: desde la perspectiva económica es más caro, tienes que comprar un árbol, luego tienes que cavar, incluso al principio puede que tengas que poner una guía para que no se ladee el tronco, dependiendo de si hay aire o no hay aire. Y, los primeros años, la inversión del árbol no la disfrutas. El árbol va creciendo y tarda mucho. Pero, ah, ¿y cuando el árbol enraíza? Cuando enraíza ya no tienes que regarlo, ya va a buscar sus nutrientes por sí solo. Y cuando crece, no solamente no tienes que ocuparte de él, sino que puedes disfrutar de que él te dé cobijo. Te puedes acercar al árbol, puedes estar debajo, te va a dar sombra. Es decir, es un proceso que va germinando poco a poco, que lleva tiempo, pero que le cuesta mucho trabajo desmoronarse. 
       
      Pues esta metáfora me sirve para explicar un poco, todo aquel que quiera invertir en trabajar el pensamiento crítico, que sepa que es a largo plazo, pero que es cierto que cuando enraíza y el tronco es grande, esa persona… tiene que venir una hecatombe muy grande para que se venga abajo. Tiene mucho que ver con intentar mantener lo que traemos de origen todos cuando somos muy pequeñitos, que es lo que yo he denominado el “protopensamiento”. No es tanto cuando son muy pequeñitos, todavía el pensamiento no está desarrollado, pero sí hay un protopensamiento que es fundamental. Ese protopensamiento se compone de tres elementos.

       El primero es el asombro, el segundo es la curiosidad y el tercero, el cuestionamiento. Si trabajamos estos elementos con ellos en casa, en el aula y después lo vamos continuando a lo largo de la etapa educativa, es muy probable que la gente que está habituada a tener una percepción asombrosa de la realidad consiga cuestionarse las cosas en un nivel superior. Es verdad que se habla mucho del asombro, y ha habido muchos autores y autoras que han trabajado el tema del asombro, pero a mí me interesa el asombro filosófico. El asombro es el inicio de la filosofía en Grecia, y tiene mucho que ver con darse cuenta de que detrás de la realidad hay algo. No se trata de un asombro en el sentido de la fascinación, no se trata de que te sorprenda algo, eclosione y después desaparezca, no. El pensamiento implica que el asombro esté dentro de la realidad cotidiana del niño, dentro de la decepción, todo el mundo se asombra. Es decir, cuando te viene algo innovador, lo primero es el asombro. Pero generalmente se queda ahí, se difumina y desaparece. 
       
      Entonces, el interés que tenemos en filosofía es que la actitud filosófica en torno a la realidad, que tiene que ver con el asombro, y que ya defiende Aristóteles y Platón, sea una actitud que sea el inicio del conocimiento y del pensamiento. El inicio, es decir, el primer punto, por eso yo lo llamo protopensamiento. De manera que, si lo hacemos bien, nuestros hijos en casa tendrían que empezar a asombrarse por cosas tan simples como: ¿por qué cuando muevo el grifo del agua hacia un lado sale caliente y si lo muevo hacia el otro sale frío?, dentro de la cotidianidad, ¿cómo funciona este tipo de mecanismo?. O ¿por qué cuando voy por la mañana con el coche, el girasol mira un sitio y cuando venimos por la tarde está mirando hacia otro? Son ejemplos muy tontos, pero es para que te das cuenta de que el asombro tiene que entrenarse dentro de lo cotidiano, porque si entrenamos dentro de lo cotidiano el asombro, va a llegar la fase de la curiosidad.

      Y esa curiosidad tiene mucho que ver con salirte del estereotipo marcado de lo que ellos consumen a diario, de lo que ellos están acostumbrados a ver. Es decir, yo quiero saber por qué y ese por qué me va a generar una pregunta, un cuestionamiento y ese cuestionamiento va a ser también la base para luchar después contra, por ejemplo, la posverdad, porque vas a tener esa necesidad de entender cómo funciona esa realidad. Cuando esto lo aplicas en el día a día, entiendes que los chiquitos que empiezan a funcionar con ese cuestionamiento empiezan a tener más curiosidad por casi todo. Y esa curiosidad está desapareciendo, tristemente. No sé si te ha pasado a ti, pero a mí me ha pasado con mis hijos incluso, que cuando les das, no sé, la carta de Reyes Magos y van a pedir cosas, generalmente piden lo que han visto en la publicidad o en sus catálogos, lo más normal del mundo. Y cuando le llega el regalo hacen exactamente lo mismo que han visto en la publicidad que se hacía. Y cuando termina aquello, dejan de jugar con eso, ya se aburren. Porque claro, ya si es un barco pirata y han visto que hacía cuatro o cinco cosas, que tenía una trampilla y que el muñeco saltaba, una vez que repiten eso, si no han trabajado esa parte de curiosidad, de creatividad, de imaginación y de cuestionamiento, siempre van a ver un barco pirata. Pero yo recuerdo que durante mucho tiempo eso me frustraba, yo decía: “Bueno, ¿por qué mis hijos, con los regalos que reciben de Reyes, les duran muy poco y al final desaparecen?”. Entonces, yo recuerdo que hablé con mi pareja y dijimos: “Esto no puede ser”.

      José Carlos Ruiz. Le dimos la vuelta e hicimos algo en torno al pensamiento crítico, que me interesaba mucho, y era: “Bueno, vamos a hacer una cosa. Antes de abrir el catálogo, quiero que penséis cuáles son los juegos que más habéis jugado en los últimos cuatro meses. Y ahora, una vez que habéis identificado aquello que os gusta, porque le habéis dedicado mucho tiempo, vuestro modelo de juego, una vez que ya conocéis cuál es vuestro modelo de juego, abrimos el catálogo por esa sección y dentro de esa sección vais a elegir algún regalo para los Reyes Magos. Y luego, del resto, pues elegís uno, por probar, por aquello de experimentar”. Cambió mucho la cosa. Cambió la cosa, porque los juegos que ya elegían, habiendo ellos hecho un análisis sobre su modelo de juego, eran mucho más interesantes para ellos que los otros. Entonces, continuaron con el juego, cuando llegaban los Reyes Magos, continuaron con el juego mucho más. Pues esta toma de decisiones en torno a que ellos se analicen con pequeños detalles de la cotidianidad en su día a día, facilita mucho que ellos, al final, vayan conociéndose bien, sus gustos y también qué es lo que les motiva, qué es lo que no les gusta, lo que tienen claro… Esto, la selección de amistades, en fin, son pequeños detalles que van configurando esa protomente que al final termina en el cuestionamiento.

      Leticia Martínez. Y todo esto que me cuentas, al final, yo sí que observo que los niños vienen, de serie, como bien has dicho, con ese asombro y esas ganas, pero muchas veces vamos tan deprisa, tan deprisa, tan deprisa, que no se le presta atención. No es que a ellos no les nazca, sino que a ellos les nace el coger una cosa del suelo, mirarla, pero rápidamente tenemos prisa por llegar a algún sitio, te cojo de la mano y vámonos, vámonos, vámonos, vámonos y no da tiempo, o sea, yo veo también que vivimos en una sociedad de bombardeo.

      José Carlos Ruiz. Eso nos pasa a los adultos, es decir, cuando tú no has fijado el valor por ti previo, es decir, cuando no tienes claro lo que quieres en ese momento, como hoy en día la oferta es tan amplia, al final te ahogas un poco a la hora de tomar decisiones que son realmente intrascendentes para ti, es decir, no tienen mucho sentido, y cuando son chiquititos lo pasan peor todavía. Pero sí es verdad que el tema de la atención y, yo lo llamo “turbotemporalidad”, la velocidad a la que todo va, también es fundamental. Si queremos que nuestros hijos desarrollen de manera autónoma el pensamiento crítico, es necesario también que le prestemos atención. Hay una frase de Javier Gomá, un filósofo español, con la que comienza algunas de sus conferencias, que me parece excepcional, cuando dice: “Muchas gracias por prestarme vuestra atención”. Es un préstamo, Javier Gomá lo ve como un préstamo, que me parece muy acertado, porque tú me estás prestando ahora, en esta conversación, el elemento más importante que tienes a la hora de aprender, que es tu atención. Pero no me la está regalando, me la estás prestando. ¿Eso qué significa? Que yo tengo que tener en cuenta que me estás dando un utensilio fundamental de tu vida para que yo lo utilice de tal manera que, cuando te la devuelva, tu atención vaya enriquecida. Si no, enriquezca tu atención, cuando te la devuelva es muy probable que la próxima vez me la prestas, pero en menor cantidad, y que llegue un momento en que no me la prestes, es decir, que me ignores, que es lo que pasa al final con los críos. Es decir, los críos demandan tu atención, lo menos que podemos hacer como padres, como educadores o como madres es dedicarles la atención que nos prestan y devolvérsela enriquecida, o bien con un cuestionamiento, o bien con una duda, o bien con una reflexión.

      Es decir, que ellos sientan que la atención que te han prestado a ti les merece la pena, porque cuando se la devuelves lleva un enriquecimiento. Para eso tendremos que ser conscientes de la importancia que tiene la atención en el proceso de aprendizaje y a la hora de analizar el pensamiento crítico. Esta es una deuda pendiente que tenemos en cualquier proceso educativo: darnos cuenta de que alguien te está prestando, tu hijo, tu alumno, tu pareja, tu amigo, te está prestando un elemento fundamental y que tú no lo estás usando bien, y que cuando se lo devuelves se la está devolviendo empobrecida, con lo que realmente cuando se la vayas exigiendo te la irá prestando cada vez peor. Ese es un elemento fundamental que está afectado por la velocidad a la que todo va. Realmente, si analizas esa velocidad y las consecuencias que trae, generalmente ninguna es buena, ninguna.

      Leticia Martínez. José Carlos, cambiando de tema, hay algo que me llamó muchísimo la atención y es que uno de tus libros la dedicas a los cómics, a los superhéroes. ¿Qué podemos aprender de todo eso?

      José Carlos Ruiz. Bueno, sí, el tema de los superhéroes lo hice porque a mis hijos les encantaba y además estaban las películas de moda, y me parecía que era un instrumento muy interesante para que, a partir de la ficción, se pudieran extraer conclusiones válidas para el proceso de aprendizaje contemporáneo, sobre todo a edades muy tempranas, que luego también se pueden aplicar a gente adulta. Pero me resultó muy interesante investigar cada uno de los personajes principales de ficción, e intentar averiguar por qué son superhéroes y qué es lo que los convierte en superhéroes y sacar la parte más humana de ellos. Superman, que es un superhéroe superpoderoso, con todos los poderes del mundo habidos y por haber tiene, sin embargo, características que lo humanizan muchísimo y que lo convierten en alguien casi entrañable de cara al lector de cómics. Y es que es una persona humilde. Pudiendo destrozar el mundo a su voluntad, recibe una educación por parte de sus padres adoptivos, donde el foco de atención lo ponen siempre en el otro. Es decir, Superman, desde que es joven, en la granja en la que se cría, está educado para atender siempre la sociabilidad del resto de personas e intentar mejorar aquellas cosas que, entre comillas, pudieran desequilibrar el funcionamiento del mundo. Así es que entrega una gran parte de su vida y de su poder a intentar ayudar a los dos de una manera completamente altruista, es decir, ayuda a sus padres, a los dos, pero también ayuda a la sociedad. Y, de hecho, uno de los comics iniciales donde él se desvela como Superman y los padres incluso se enfadan un poco, es porque ve que un autobús de estudiantes va a accidentarse y él sabe que puede salvarlo. Lo salva y, en ese momento, se descubre quién es, se descubre que es un superhéroe superpoderoso.

      Entonces, ya, los padres saben que va a cambiar su vida, pero él dice que no podía evitarlo, que con este poder que tiene tenía que ayudar a salvarlos. El tema de los superhéroes, además, también me interesaba de cara a enfocarlo a las madres y a los padres contemporáneos, que muchas veces nos obsesionamos con presentarnos ante nuestros hijos o ante nuestros alumnos, muchos profesores también y maestras están en este nivel, de presentarnos como superhéroes. Es decir, sabemos todo, somos todopoderosos y hacemos todo lo posible para que nuestros hijos sean felices. Y olvidamos una parte muy importante de los superhéroes, y es que tienen debilidades. Todo superhéroe tiene una debilidad muy importante que lo puede destrozar. Sin embargo, nosotros no somos capaces de mostrarles a nuestros alumnos, o a nuestros hijos, esas debilidades y deberíamos de hacerlo de manera natural. Es decir, nuestros hijos tendrían que saber que somos relativamente débiles en algunas cuestiones, incluso a veces sería bueno que nos ayudasen a superar esas debilidades, implicarlos en la realidad de lo que somos. 
       
      De manera que cuando analicé casi todos los superhéroes contemporáneos más famosos encontré cosas increíbles. Y te cuento, por ejemplo, el caso de Spider-Man, que lo usaba mucho yo para hablar de la curiosidad con mis hijos, y también lo utilizo en clase. Spider-Man es un adolescente de los que hoy en día llamamos friki, al que le gusta las ciencias, que sufre un poco de “bullying” en el instituto, pero que tiene una curiosidad tan grande por las ciencias que le va a ayudar a descubrir algo que lo va a convertir en el elemento más importante de su superpoder. Cuando le pica la araña y recibe los superpoderes arácnidos, él se fabrica la tela de araña, es decir, el instrumento con el que poder ir de un edificio hacia otro. No es un superpoder que se le confiera, sino que debido a su curiosidad constante en torno a la ciencia y el descubrimiento, pasa días y días y días investigando cómo fabricar una tela y lanzarla a ir de un edificio a otro.

      Es decir, que el mal se lucha con la verdad, y la verdad va por delante. Y la segunda manera con la que Wonder Woman consigue destruir al enemigo era por medio del diálogo. Era una oradora maravillosa, manejaba doce idiomas y, además, era embajadora de la paz durante un período, siendo ella una guerrera. Pero ella confiaba en el ser humano. Tenía una característica en torno a la bondad del ser humano superior y pensaba que al enemigo se le podía convencer y cambiar por medio del diálogo, siempre que se les mostrase la verdad, las personas podían tener una segunda oportunidad. Entonces, Wonder Woman humaniza mucho la figura del malvado, porque cree que se puede cambiar el malvado a través de la utilización de la verdad y del diálogo, que son valores esenciales en el mundo del superhéroe y que pueden ser fácilmente aplicables en el siglo XXI. 
       
      De manera que, cuando uno lee un cómic o ve una película, si va utilizándolo en clave de análisis crítico, puede extraer de ellos un montón de conclusiones maravillosas de cara a entender el mundo de un modo distinto, aprovecharlo. Y el último de los superhéroes que creo que utilicé fue Batman. Y Batman lo utilicé porque es humano, no tiene ningún superpoder natural. Es alguien que se expone al peligro de manera constante. Batman es valiente. Elige el símbolo del murciélago porque desde pequeñito se había caído a un pozo con murciélagos y le había cogido pánico, y cuando va cogiendo conciencia del miedo que le tenía, quiere enfrentarse al miedo. Entonces, la capacidad de enfrentarse a nuestros miedos es algo que tendríamos que aprender a manejar, en vez de huir de ellos por medio de, por ejemplo, el entretenimiento. Es un valor muy importante. Y luego, también, el valor, por ejemplo, de la cooperación. Batman va adoptando a lo largo de los cómics a distintos ayudantes, Robin, que los va cogiendo, como niños huérfanos a los que ayuda a poner en situación y a ser útiles con él.Entonces, la cooperación como un valor en el que un superhéroe no actúa solo, sino que además necesita de otros para trabajar y conseguir sus objetivos, me parecía también muy interesante a la hora de dar lecciones de este tipo.

       A fin de cuentas, cuando tú coges todos los análisis de todos los superhéroes y ves que hay un fondo filosófico en ellos, encuentras esos pequeños detalles que se pueden utilizar en el día a día. Y, quizá, el que engloba de una manera más interesante a todos ellos es el concepto de la bondad del género humano. A pesar de que siempre se lucha contra el villano, la gran mayoría de las ocasiones la sociedad está envuelta de gente maravillosa, gente que ayuda, gente que quiere hacer el bien, gente que pone en riesgo su vida, superhéroes que ponen en riesgo su vida por los demás. Y es cambiar un poco el mensaje que se le está dando muchas veces a la sociedad de que somos una sociedad negativa, una sociedad desconfiada, una sociedad ególatra constantemente. Yo tengo una teoría con respecto a eso, muy sencilla de entender, y es que, mientras los telediarios y los periódicos abran con noticias negativas, es que el mundo va bien. Y es que el mundo va bien, porque lo noticiable es la excepción. Y mientras lo negativo sigue siendo portada, significa que nos llama la atención lo negativo. Eso es que la gran mayoría de las cosas son buenas. Y desde esa perspectiva, intento entender el mundo y dárselo a entender tanto a mis hijos como a las personas con las que trabajo.
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  • La hipercomunicación actual sólo establece contactos pero destruye relaciones

    Cómo decir tanto en tan pocas palabras, y de una relevancia que aterra, como hace el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en esta entrevista para la revista Psychologies.com

    Que la hipercomunicación actual, aunque elimine la distancia, solo es capaz de establecer contactos pero no hace más que destruir relaciones. Si la proximidad de esta hipercomunicación está ligada etimológicamente a la distancia, por definición, a su vez, destruye la cercanía y con eso las definiciones de la amistad y el amor tal y como las entendíamos hasta ahora.

    Y hay más, mucho más.

    Esa hipercomunicación, hace que el narcisismo actual, a diferencia de otros momentos históricos, se caracterice por el carácter efímero del mismo. Nada dura, por lo tanto el narcisismo "pierde las certezas que otras formas de expresión estables permitía identificarse", conduciéndonos al vacío y a la angustia
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    • Mi forma de verlo:
      Cómo decir tanto en tan pocas palabras, y de una relevancia que aterra, como hace el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en esta entrevista para la revista Psychologies.com

      Que la hipercomunicación actual, aunque elimine la distancia, solo es capaz de establecer contactos pero no hace más que destruir relaciones. Si la proximidad de esta hipercomunicación está ligada etimológicamente a la distancia, por definición, a su vez, destruye la cercanía y con eso las definiciones de la amistad y el amor tal y como las entendíamos hasta ahora.

      Y hay más, mucho más.

      Esa hipercomunicación, hace que el narcisismo actual, a diferencia de otros momentos históricos, se caracterice por el carácter efímero del mismo. Nada dura, por lo tanto el narcisismo "pierde las certezas que otras formas de expresión estables permitía identificarse", conduciéndole al vacío y a la angustia existencial.

      Y va a más. Afirma que el sujeto neoliberal no es capaz de "tener relaciones con otros que serían inútiles". Hoy más que nunca y por primera vez, todos competimos con todos los demás y es competencia absoluta no es compatible con la solidaridad y el espíritu de comunidad.

      "Ninguna profesión es inmune hoy. Nadie se siente seguro en este sistema puramente competitivo. Muchos padecen ansiedades difusas: miedo a no estar a la altura, a fracasar, a abandonar. Nada es sólido, nada es duradero. Vivimos en una sociedad de miedo. Surge así una nostalgia por el vínculo obligatorio que utilizan tanto el fundamentalismo islámico como el extremismo de derecha. "

      Pero no nos deja así, que no cunda el pánico. También nos arropa y nos señala como podríamos escapar a ese bucle sin fin. 
       
      ¿Cómo? Deberán de leer la entrevista entera para saberlo.
    • Recopilación:
      Entrevistador: El "otro", dices, desaparece. ¿Cuáles son las causas de esta desaparición?
       
      Byung-Chul Han: El otro es algo que duele; sin embargo, hoy evitamos cualquier forma de lesión. No queremos arriesgar nada. Espolvoreamos energías libidinosas a medida que diversificamos nuestras inversiones, para evitar una pérdida total.
       
      También nos comunicamos mucho. ¿No es esto una prueba de que las relaciones están más vivas que nunca?
       
      B.-CH: La hipercomunicación actual solo establece contactos pero destruye relaciones. Elimina la distancia, pero al mismo tiempo destruye la cercanía y la amistad. En un poema de amor, Paul Celan escribe: “Estás tan cerca como si ya no estuvieras aquí. »La proximidad está ligada a la distancia. Si el alejamiento se destruye por la ausencia de distancia, la cercanía e incluso el amor se destruyen.
       
      En tus obras acusas de narcisismo. Pero no es una invención de nuestro tiempo ni de nuevas tecnologías. ¿Cuál crees que es la especificidad del narcisismo contemporáneo?
       
      B.-CH: El narcisismo actual se basa en el vacío. El ego se ha empobrecido mucho en formas de expresión estables con las que podría identificarse y que le darían una identidad firme. Hoy nada dura, nada persiste. Este carácter efímero actúa sobre él, lo desestabiliza, lo hace perder las certezas. Es precisamente esta incertidumbre, este miedo por uno mismo lo que conduce al funcionamiento “vacío” del ego. En reacción, el individuo intenta en vano que ocurra. Esta es, por ejemplo, la manía por las selfies. En realidad, estos no se generan por vanidad o enamoramiento, sino que ilustran con precisión este vacío interior. En lugar de un ego narcisista estable, se trata de un "narcisismo negativo".
       
      Internet y las nuevas tecnologías también permiten la creación de comunidades de intercambio y el desarrollo de redes de ayuda mutua ...
       
      B.-CH: En todas partes, la gente habla de compartir y de comunidad . Se supone que la economía de "compartir" reemplaza a la economía de propiedad. Un centro de carpooling digital como WunderCar en Alemania, que nos convierte a cada uno de nosotros en taxistas, también está promocionando la idea de “comunidad”. Pero nos equivocamos al creer que la economía colaborativa, como afirma Jeremy Rifkin en su libro The New Society of Zero Marginal Cost(Los Vínculos que Liberan), es un paso hacia el fin del capitalismo, hacia una sociedad global, donde lo colectivo tendría más importancia que la propiedad. Es lo contrario: la economía colaborativa conduce en última instancia a la comercialización total de la vida. Airbnb, por ejemplo, una plataforma comunitaria que convierte cualquier hogar en un hotel, llega incluso a proporcionar un marco económico para la hostelería. En una sociedad basada en la evaluación mutua, todo se comercializa, incluida la amabilidad. Nos volvemos amables para tener mejores apreciaciones. Incluso en el corazón de la economía colaborativa reina la dura lógica del capitalismo. En este hermoso compartir, paradójicamente, nadie se deshace voluntariamente de nada.
       
      Los recientes movimientos de concentración, provocados entre otras cosas por los atentados en Francia, ¿no son una prueba de que en la menor oportunidad estamos dispuestos a encontrarnos de nuevo y que la solidaridad persiste?
       
      B.-CH:No veo ninguna señal de verdadera solidaridad aquí. El sujeto neoliberal no es capaz de tener relaciones con otros que serían inútiles. Porque es su propio emprendedor: optimiza y opera él mismo de forma voluntaria. La autoexplotación es más eficaz que la explotación por parte de un tercero: produce mejores frutos porque va de la mano del sentimiento de libertad. El sistema neoliberal sigue destruyendo la solidaridad. En el pasado, las empresas competían entre sí. Dentro de la organización, en cambio, la solidaridad era posible. Hoy en día, todos compiten con todos los demás, incluso "en" el negocio. Esta competencia absoluta ciertamente aumenta la productividad, pero destruye la solidaridad y el espíritu de comunidad.
       
      ¿Cómo escapar de este oscuro futuro?
       
      B.-CH: El neoliberalismo conduce a un vacío y angustia existencial. Y siempre destruye más seguridad, más y más enlaces. Ninguna profesión es inmune hoy. Nadie se siente seguro en este sistema puramente competitivo. Muchos padecen ansiedades difusas: miedo a no estar a la altura, a fracasar, a abandonar. Nada es sólido, nada es duradero. Vivimos en una sociedad de miedo. Surge así una nostalgia por el vínculo obligatorio que utilizan tanto el fundamentalismo islámico como el extremismo de derecha. En una entrevista, Michel Houellebecq dice que varias muertes a su alrededor en poco tiempo lo impulsaron a escribir su novela. Sumisión.. Su ateísmo no pudo digerir la muerte de su amado perro ni la de sus padres. La pérdida fue, para él, casi insoportable. El protagonista de su novela, François, impulsado por un nostálgico deseo de vínculos, de obligación, también se lanza en busca de sentido. El título original de la novela no iba a ser Sumisión , sino Conversión.. En el proyecto inicial, el narrador se convirtió al catolicismo. En la versión final, se aleja del Occidente decadente y exhausto y se convierte en musulmán. Lo que necesitamos hoy es otro tipo de vida capaz de crear obligación y vínculo, sin que esto se traduzca en violencia y exclusión. Una especie de vida en la que se le dará espacio a la espiritualidad más allá del esoterismo, visto como una forma de terapia que solo repara los daños causados ​​por el sistema. Un tipo de vida en la que un verdadero don, un verdadero espíritu de compartir será posible más allá de compartir .
       
       
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  • La mentira necesaria

    La mentira tiene una función evolutiva, está ahí dónde hay vida, "hasta las flores mienten". Lo que pasa es que los humanos, gracias al desarrollo del pensamiento simbólico, que nos permite imaginar algo que no existe en la realidad, hemos aprendido a mentir más y mejor.

    Básicamente para sobrevivir. Pero no solo sobrevivir del riesgo del otro, sino de nosotros mismos: Las metáforas, los símbolos, las conjeturas y las mentiras, nos permiten sobrellevar la incertidumbre, porque necesitamos aferrarnos a la mentira de que la vida tiene algún sentido.

    Hasta la idea de nuestra propia identidad es ficticia, un autoengaño necesario: "mentimos y nos mienten porque queremos que nos quieran y nos reconozcan".

    La construcción de nuestro personaje, que va alterando su propia memoria añadiendo lo que queremos pensar de nosotros mismos, es una manera de darle lógica a lo que nos sucede y quienes somos. Pero ojo, es una arma de doble filo, ya que acabamos siendo lo que nos contamos de nosotros mismos, aunque sea mentira.

    Pero todos estamos rodeados de pequeñas mentiras, y las necesitamos, "el consuelo es que no todas las mentiras son

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    • Mi forma de verlo:

      La mentira tiene una función evolutiva, está ahí dónde hay vida, "hasta las flores mienten". Lo que pasa es que los humanos, gracias al desarrollo del pensamiento simbólico, que nos permite imaginar algo que no existe en la realidad, hemos aprendido a mentir más y mejor.

      Básicamente para sobrevivir. Pero no solo sobrevivir del riesgo del otro, sino de nosotros mismos: Las metáforas, los símbolos, las conjeturas y las mentiras, nos permiten sobrellevar la incertidumbre, porque necesitamos aferrarnos a la mentira de que la vida tiene algún sentido.

      Hasta la idea de nuestra propia identidad es ficticia, un autoengaño necesario: "mentimos y nos mienten porque queremos que nos quieran y nos reconozcan".

      La construcción de nuestro personaje, que va alterando su propia memoria añadiendo lo que queremos pensar de nosotros mismos, es una manera de darle lógica a lo que nos sucede y quienes somos. Pero ojo, es una arma de doble filo, ya que acabamos siendo lo que nos contamos de nosotros mismos, aunque sea mentira.

      Pero todos estamos rodeados de pequeñas mentiras, y las necesitamos, "el consuelo es que no todas las mentiras son malas. Hay mentiras que nos hacen mejores".

      ¿Cuáles? Sigan leyendo la entrevista a Juan Jacinto Muñoz Rengel, filósofo, escritor y director de la Escuela de Imaginadores, que acaba de publicar Una historia de la mentira.

    • Recopilación:
      Juan Jacinto Muñoz Rengel, filósofo, escritor y director de la Escuela de Imaginadores.
       
      Tengo 46 años. Nací en Málaga y vivo en Madrid. Casado. Tengo una hija. Soy doctor en Filosofía. Fundé y dirijo la escuela de escritura Imaginadores. Pertenezco a una izquierda idealista y decepcionada. Estamos incapacitados para saber lo que hay más allá de nuestra percepción, así que soy agnóstico

       

      El simulacro de la realidad

      Arrancó su carrera literaria con una novela: El gran imaginador . Veinticuatro años después vuelve sobre el tema con un ensayo, Una historia de la mentira (Alianza). Nos explica que la mentira es celular, está en todas partes donde hay vida. Mucho antes de que los humanos nos desarrolláramos , la naturaleza ya se servía del engaño para sus planes. “Somos seres ficcionales, seres metafóricos, y todo intento de conocernos a nosotros mismos o de comprender el mundo que hemos construido debe comenzar por este punto. Y, acaso, lo único que podemos hacer en adelante sea poner un poco de orden entre nuestras ficciones”. Y para que no nos asustemos nos cuenta una mentira: “Quizá, una vez trascendida la ilusión de la identidad, lo único que importe sean las ideas que dejamos”.

       

      Cuál es la verdad de la mentira?

      Todas las mentiras contienen un poquito de verdad, es una cuestión de grado. En realidad, con nuestras mentiras intentamos acercarnos a la verdad.

      Suena contradictorio.

      El concepto de verdad que nos han infundido es erróneo. La verdad es algo inalcanzable. Nos movemos con conjeturas e hipótesis.

      Una hipótesis no es una mentira.

      Desde el momento en que apareció el pensamiento simbólico, desde que los humanos fuimos capaces de imaginar algo que no está en la realidad, creamos ese abanico de metáforas, símbolos, conjeturas y mentiras.

      Pero los animales y los vegetales también engañan.

      Mienten hasta las flores. Las plantas tienen sistemas de engaño muy sofisticados, y los animales mienten mediante el camuflaje, se hacen los muertos, se hinchan para impresionar al otro...

      Incluso los microbios nos engañan.

      La mentira está ahí donde hay vida, lo único que ocurre es que nosotros los humanos hemos aprendido a mentir más y mejor.

      ¿Mentimos para sobrevivir?

      Sí, la mentira es un rasgo evolutivo que nos ha permitido vencer al león. Y gracias a la mentira podemos ser seres sociales.

      ¿Mi propia historia es una ficción?

      La idea de identidad es ficticia; esa manera de darle lógica a lo que nos sucede, esos recuerdos que a menudo no son ni nuestros pero que hemos hecho nuestros...

      ...Eso que nos contó nuestra madre que hacíamos de niños.

      Sí, y que creemos recordar. A esa memoria alterada añadimos lo que queremos pensar de nosotros mismos. El mecanismo de autoengaño está muy presente en la elaboración de la identidad. Todos nos creemos mejores de lo que somos.

      Nos construimos un personaje.

      Un personaje mucho más volátil e inestable de lo que pensamos. Hay que estar al tanto, porque esas mentiras que nos contamos construyen nuestro día a día y acaban conformándonos.

      ¿Cómo evitarlo?

      Pensando. Si hay algo que defina nuestro tiempo es que pensamos muy poco. Tenemos más información que nunca y por tanto más mentiras que nunca. La gente lee en diagonal, busca ­titulares porque está más interesada en opinar que en formarse.

      Los sofistas ya enseñaban a mentir.

      En la polis griega se dieron cuenta de que la retórica era más importante que la verdad y crearon escuelas para enseñar a mentir que con los años se han perfeccionado. Hace 30 años nos extrañábamos de que los políticos tuvieran un departamento de marketing que les dijera cómo hablar, cómo moverse y qué decir.

      A mí todavía me chirría.

      Es que no deja de ser curioso que uno de los mayores instrumentos de nuestros representantes políticos sea la mentira.

      Decía Hitler que las grandes masas sucumben más fácilmente a una gran mentira que a una pequeña.

      En periodos difíciles la masa prefiere una bonita y gran mentira que enfrentarse a la verdad. Pero todos estamos rodeados de pequeñas mentiras, y las necesitamos, mentimos y nos mienten porque queremos que nos quieran y nos reconozcan.

      Quizá la única verdad es la incertidumbre.

      Creemos que este mundo es seguro y que la ciencia lo sustenta. Hay que acostumbrarse a la incertidumbre y no demandar certezas que son un imposible.

      La posverdad ¿es la gran mentira posmoderna?

      No hay nada que haga distinta la mentira de hoy de la de hace siglos. Antes de la invención de la imprenta ya había campañas internacionales de difamación e invención de noticias. Ahora se han multiplicado debido a los medios digitales.

      Si todo es mentira, ¿qué nos queda?

      El consuelo de que no todas las mentiras son malas. Hay mentiras que nos hacen mejores. Una buena novela es una mentira alimenticia.

      Todo sale de la realidad.

      Pero con el filtro de la subjetividad. El amor es otra gran mentira, la naturaleza nos ha manipulado genéticamente para que nos reproduzcamos y cuidemos de nuestras crías mientras están indefensas. Durante cuatro o cinco años no vemos los defectos del otro, es un engaño.

      Una ilusión.

      Nos queda mucha labor por delante de clasificación y ordenación de esta maraña de mentiras que cada vez tejemos a mayor velocidad.

      Entonces, cuando llega la muerte, ¿le acompaña el desengaño existencial?

      Cuando te desenamoras te preguntas qué hacía yo con esa persona. De la misma manera, cuando afrontas la muerte con cierta consciencia te das cuenta de que todo lo que has vivido ha sido un teatro. Nos aferramos a la mentira de que ­esto tiene algún sentido.

      La mentira es muy desestabilizadora.

      Porque no hemos tomado conciencia de cómo funcionan las cosas. Somos equilibristas, debemos reconocer que estamos en la cuerda floja.

      ¿La peor mentira que nos contamos?

      Cualquiera que produzca un daño en ti mismo o en otros.

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  • Si los hechos no nos hacen cambiar de opinión, ¿qué la cambia?

    El cerebro humano necesita confirmar lo que entiende como realidad, y por ello tendemos a infravalorar las pruebas que contradicen nuestras creencias o a sobrevalorar aquellas que las confirman. Nuestro cerebro, no puede sostener la incongruencia, así que hará todo lo posible para justificarse.

    El problema radica cuando identificamos nuestras creencias con nuestra identidad. Si es así, cambiar de opinión significa cambiar algo de nuestra identidad, cosa que no podemos asumir. Ozan Varol lo explica maravillosamente, aquí un esbozo de su artículo.

    • Mi forma de verlo:

      El cerebro humano necesita confirmar lo que entiende como realidad, y por ello tendemos a infravalorar las pruebas que contradicen nuestras creencias o a sobrevalorar aquellas que las confirman. Nuestro cerebro, no puede sostener la incongruencia, así que hará todo lo posible para justificarse.

      El problema radica cuando identificamos nuestras creencias con nuestra identidad. Si es así, cambiar de opinión significa cambiar algo de nuestra identidad, cosa que no podemos asumir. Ozan Varol lo explica maravillosamente, aquí un esbozo de su artículo.

    • Recopilación:

      Como resultado de la inclinación del ser humano a la confirmación, tendemos a infravalorar las pruebas que contradicen nuestras creencias o a sobrevalorar las que las confirman. Descartamos las verdades incómodas y los argumentos esgrimidos por la otra parte. Como resultado, nuestras opiniones se van asentando y cada vez nos resulta más difícil alterar los patrones mentales establecidos.

      La clave consiste en engañar a la mente dándole una excusa. Convéncete (a ti o a un amigo) de que tu decisión o creencia previa era la correcta porque se basaba en la información que tenías, pero ahora que los hechos subyacentes han cambiado, también debería hacerlo la mente.

      No somos nuestras creencias, y ahí reside precisamente el problema. Cuando nuestras creencias se confunden con nuestra identidad, cambiar de opinión significa cambiar de identidad. Y eso no es fácil.

      Los seres humanos funcionamos a frecuencias distintas. Cuando alguien no está de acuerdo conmigo, no es porque el otro esté equivocado y yo tenga razón, sino porque él cree en algo en lo que yo no creo.

      Hay que salir de la “cámara de ecos”: tenemos que creer profundamente en nuestras ideas, pero también tenemos que estar dispuestos a cambiar de opinión cuando los hechos se presentan de manera distinta.

      Al fin y al cabo, hace falta valentía y determinación para ver la verdad y no lo que nos conviene, pero vale la pena hacer el esfuerzo.

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  • Somos la historia que nos contamos

    Confieso que no he leído el libro "Todo Cuenta", pero que ya tengo ganas de hincarle el diente solo de recorrer esta entrevista a Diana Orero. Para ella, como para Elie Wiesel, las personas se convierten en los relatos que escuchan y en los relatos que cuentan.

    Quizás, entonces, la máxima libertad reside en elegir qué pensar, qué recordar, y qué elegimos narrarnos. Aparentemente todos tenemos ese poder, pero se nos olvida utilizarlo.

    "La única diferencia entre la esperanza y el

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    • Mi forma de verlo:

      Confieso que no he leído el libro "Todo Cuenta", pero que ya tengo ganas de hincarle el diente solo de recorrer esta entrevista a Diana Orero. Para ella, como para Elie Wiesel, las personas se convierten en los relatos que escuchan y en los relatos que cuentan.

      Quizás, entonces, la máxima libertad reside en elegir qué pensar, qué recordar, y qué elegimos narrarnos. Aparentemente todos tenemos ese poder, pero se nos olvida utilizarlo.

      "La única diferencia entre la esperanza y el miedo es la historia que te cuentas de lo que crees que va a pasar"

      Las historias que nos contamos, sobre el mundo, el otro, sobre nosotros, no cambian la realidad, pero sí la percepción de la realidad, y "al cambiar la percepción cambiamos nosotros, y al cambiar nosotros, de alguna manera, cambia la realidad."

      Yo ya me he pedido el libro, mientras tanto, disfrutad de la entrevista.

    • Recopilación:

      La magia de las palabras

      Es especialista en comunicación y pensamiento creativo y, haciendo gala de ello, prefiere definirse como una domadora de palabras. Su empresa se llama Stellium. Dice que no hay palabras inocentes y que no deberíamos ser inocentes al escogerlas. “Puedes acariciar a la gente con palabras”, decía Scott Fitzgerald, y también dañarla. Ha escrito un libro precioso sobre el poder de las historias, Todo cuenta (Letrame). Como Elie Wiesel, está convencida de que las personas se convierten en los relatos que escuchan y en los relatos que cuentan; y que las palabras crean realidad, por eso su ilusión es compilar un nuevo vocabulario para una nueva realidad. Además de palabras colecciona “prefieros”, que cuelga en la red: “Y ahora la gente se ha sumado. Son preciosos”.

       .....

      Yo tengo enchufe en el cielo.

      ¿Y eso?

      Cuando mi madre murió yo tenía 14 años y estaba leyendo Paula, de Isabel Allende, la novela en la que narra la muerte de su hija. “Mi hija se está convirtiendo en ángel” escribe. Hay un antes y un después en mi vida tras leer esa frase.

      ¿Esa frase la consoló?

      Sí, elegí pensar que todo el mundo tenía a su madre en casa y que yo la tenía en todas partes. Basé mi autoconfianza en la esperanza en vez de en la realidad, pero funcionó en la realidad.

      Colecciona usted palabras.

      Me encantan. Mis amigos cada vez que descubren una palabra curiosa me la cuentan para que la incluya en mi repertorio. Las que más me gustan son las estrellas polares, las que dan dirección. Me encanta la palabra todavía .

      Cuénteme.

      En un periodo oscuro, mi amiga Carmen fue a una revisión ginecológica. El médico le pre­guntó qué había estudiado. Ella le dijo que no había acabado la carrera. “Todavía”, contestó él. Le preguntó en qué trabajaba, “No tengo tra­bajo”... y él volvió a repetir: “Todavía”. Fi­nalmente le preguntó si tenía pareja, y una vez más ella le dijo que no, y él repitió: “Todavía”.

      Le curó el alma.

      Todavía se convirtió en su palabra talismán. Hay una escuela en Chicago que también es consciente del poder de esta palabra y en lugar de suspender a los alumnos los califican con un “todavía no”. Es bonito y esperanzador, e incluso mágico, pensar que si algo no ha acabado bien, es que no ha acabado todavía.

      Somos las historias que nos contamos.

      No es lo mismo contar una historia desde la herida que desde la cicatriz, dice Catherine Burns, experta en storytelling . El 90% de la gente cuando le preguntas cuál es su problema te habla de otra persona.

      Interesante observación.

      Las historias dan o quitan poder, y si yo estoy hablando de otra persona le estoy dando a ella el poder y restándomelo a mí.

      Bien visto.

      A Steve Jobs sus padres no le dijeron “te adoptamos” sino “te elegimos”. La única diferencia entre la esperanza y el miedo es la historia que te cuentas de lo que crees que va a pasar. Si te lo cuentas desde la curiosidad no vas con miedo. Eso es el tono: como en una melodía, marca el ritmo de un estado de ánimo.

      A veces las cosas no salen bien.

      Woody Allen dice que la única diferencia entre una comedia y un drama está en dónde pones el punto final. Leí una historia preciosa sobre un viejito desconsolado porque había enviudado.

      ...

      Su interlocutor le preguntó cómo se sentiría su mujer si él hubiera muerto antes. “Tiene razón –dijo el viejito secándose las lágrimas–, me alegro de que ella haya muerto antes”.

      Todos deberíamos volver por la noche a casa con una historia bajo el brazo.

      Hay tres grandes tipos de historias. Las que nos contamos sobre el mundo, las que nos contamos sobre los demás y las que nos contamos sobre nosotros mismos.

      Esas últimas son las que nos construyen.

      No cambian la realidad, pero sí la percepción de la realidad, y al cambiar la percepción cambiamos nosotros, y al cambiar nosotros, de alguna manera, cambia la realidad.

      Nos han criado con historias.

      Cierto: “Si pasas por debajo de una escalera tendrás siete años de mala suerte” es mucho más poderoso que “si pasas por debajo de una escalera puedes hacerte daño”. Nos mueven las historias, no nos mueven las ideas. Pero no somos conscientes de la historia que nos contamos.

      Hay que evitar insultarse a uno mismo.

      Mejor “soy una persona dispersa” que “soy un desastre”, tenemos ese poder pero no lo utilizamos. Una vez conté eso de que mi madre estaba en todas partes a un grupo de ingenieros durante un curso. “Eso es mentira”, dijeron.

      Qué duros.

      “¿Habéis visto porno?, ¿os habéis excitado?”, les pregunté... Sí, contestaron. “Pues es mentira”. Una película de terror es mentira, pero nos da miedo porque le damos credibilidad. Las historias son conjuros que hechizan.

      Siempre estamos a tiempo de mejorar nuestra propia historia.

      Todo el mundo tiene derecho a tener una infancia feliz aunque sea a posteriori, en lugar de contarte que tu padre era un cabrón, cuéntate que tu padre hizo lo que pudo. Puedes cambiar el significado que le das a lo que te pasó. El lamento no alimenta.

      No es muy nutritivo y espanta.

      Nos quejamos de lo que no queremos en lugar de pedir lo que queremos. Si los sentimientos estuvieran hechos de palabras, creo que la tristeza estaría llena de peros y la felicidad de y ... Porque no es lo mismo decir “estoy superenamorado pero vive a 300 km” a “estoy superenamorado y vive a 300 km”.

      Es mejor ponérnoslo fácil.

      Creo que el mejor regalo que podemos hacernos y hacer a los demás es la confianza. Cuando nos preocupamos por alguien a quién queremos, ese alguien lo nota, y lo que transmitimos no es amor sino desconfianza que para el otro se traduce en inseguridad.

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