• Identidad narrativa: qué contamos de nosotros construye quiénes somos.

    No importa quién seas ni lo que te ocurra: al final, somos el relato que nos contamos sobre nosotros mismos y sobre aquello que nos pasa. Ese relato constante, esa interpretación que vamos tejiendo (a veces sin darnos cuenta), es lo que Dan McAdams bautizó como identidad narrativa. Clasificamos la realidad según cómo la sentimos —esperanzadora, amenazante, o neutra—, pero la interpretamos según nos la contamos. La clave está en el lenguaje que elegimos para hilar nuestra historia, porque en ese discurso se juega mucho más de lo que creemos.

    Nuestra identidad narrativa se puebla de personajes

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    • Mi forma de verlo:

      No importa quién seas ni lo que te ocurra: al final, somos el relato que nos contamos sobre nosotros mismos y sobre aquello que nos pasa. Ese relato constante, esa interpretación que vamos tejiendo (a veces sin darnos cuenta), es lo que Dan McAdams bautizó como identidad narrativa. Clasificamos la realidad según cómo la sentimos —esperanzadora, amenazante, o neutra—, pero la interpretamos según nos la contamos. La clave está en el lenguaje que elegimos para hilar nuestra historia, porque en ese discurso se juega mucho más de lo que creemos.

      Nuestra identidad narrativa se puebla de personajes —algunos amables, otros no tanto—, de logros y heridas, de aciertos y pendientes. Como señala McAdams, todos tomamos pequeñas “decisiones narrativas”: subrayando ciertos fragmentos y dejando otros en la penumbra, elegimos las escenas y experiencias que más sentido dan a nuestra propia trama vital. Esa versión que relatamos no solo nos ayuda a entendernos, también es nuestra carta de presentación para el mundo.
“Tendemos a creer hechos que halagan la historia heroica que al cerebro le gusta contar sobre nosotros y nuestras tribus, en lugar de la verdad. También nos hace irracionales cuando juzgamos a otras personas. Nos resulta más fácil ver héroes y villanos que aceptar una realidad más difusa y humana”.

      Y es que no podemos soportar tanta realidad. Nuestro cerebro, en su sed de sentido, acude a historias como refugio ante el caos. La falta de coherencia y el absurdo no son compatibles con nuestra trama causalista, por eso creamos relatos: son el andamiaje mental que usamos para sostener el mundo y encontrar orientación. Como recuerda Will Storr en su ensayo La ciencia de contar historias y subraya Lisa Cron, esa narrativa subjetiva funciona como nuestro GPS: guía las decisiones y filtra el significado de lo que vivimos. Una vez que una idea se instala, pasa a ser parte de nuestro relato interno, coloreando todo lo que interpretamos sobre nuestra experiencia.

      Pero el cuento que nos contamos no está grabado a fuego. Nuestra narrativa puede flexibilizarse, reescribirse y ayudarnos a reconciliarnos con el pasado y a mirarnos desde otro ángulo, más constructivo y compasivo. En terapia, los profesionales escuchan historias marcadas por el dolor o la culpa, y ayudan a ensanchar el guion, a descubrir nuevas formas de entendernos. La terapia narrativa, de White y Epston, propone justo eso: aflojar historias rígidas para descubrir nuevas formas de contarnos la vida, fortalecer la identidad y acercarnos a la paz.


      No olvides que, tarde o temprano, todos somos el villano en la historia de alguien.

       

    • Recopilación:

      La forma de narrar la historia de nuestra vida puede ayudar a sanar viejas heridas, reconciliarnos y comprendernos mejor. El lenguaje tiene la clave.

      “Soy una carga para la gente que me rodea”. “Nunca se me han dado bien las relaciones”. “No he tenido suerte con los trabajos”. Las historias que el ser humano se cuenta acerca de quién es y lo que le pasa a lo largo de la vida construyen su identidad narrativa. Se trata de un concepto acuñado por el psicólogo de la Universidad de Northwestern Dan McAdams. La realidad se interpreta como amenazante, esperanzadora o neutral según se sienta (identidad experiencial), pero también según se cuente (identidad narrativa). Este proceso se hace a través del lenguaje. Los relatos también están influidos por factores culturales y sociales.

      En sus investigaciones, McAdams pedía a los sujetos que reflexionasen sobre el tema básico de su historia vital, sus creencias y valores. Descubrió que, a pesar de haber vivido acontecimientos parecidos, había personas que contaban historias redentoras mientras que otras contaban historias de contaminación. Los relatos en modo superación ayudaban a sentir un mayor control y progreso en la vida que las narraciones contadas en modo negativo. Los efectos de cómo contarse la historia, por tanto, habrían impulsado o inhibido las conductas encaminadas a la realización de los deseos. Además, este autor encontró que la tendencia a contarse lo sucedido en un sentido más optimista o pesimista influía en las posibilidades de mantener esa narrativa en el futuro.

      Cada identidad narrativa contiene personajes más o menos amables, problemas superados o deudas pendientes. Como dice McAdams, las personas hacen sus “elecciones narrativas” acentuando ciertos elementos de su historia y obviando otros. Normalmente, se eligen acontecimientos o experiencias que den más sentido a la trama. Esta identidad narrativa ayuda a que las personas se comprendan a sí mismas y a que los demás les entiendan mejor, porque es su carta de presentación. “Sabemos quiénes somos cuando somos capaces de construir el relato que reúna los principales acontecimientos en un orden”, sostenía el pensador francés Paul Ricoeur (1913-2005). Además, esta identidad no es algo fijo. Es móvil y dinámica, ya que también se nutre de relatos temporales.

      En el contexto de la relación terapéutica, los profesionales de la salud mental acceden a las experiencias de los pacientes a partir de los relatos que comparten en la consulta. Este diálogo se produce en unas condiciones de seguridad donde el paciente se siente libre para hablar. La llamada terapia narrativa, creada en las décadas de 1970 y 1980 por los trabajadores sociales Michael White y David Epson, pretende encontrar maneras de flexibilizar las historias saturadas de contaminación para darles un nuevo significado. Esto se consigue haciendo preguntas que incorporen experiencias ausentes en el relato, logros escondidos o momentos en los que el problema no haya tenido una influencia tan fuerte. Este ejercicio de mirar hacia atrás para reconstruir la historia nunca es neutral porque provoca emociones. La memoria no es un simple almacén de datos. La terapia implica dedicar tiempo a observar las heridas, las ofensas, los daños ocasionados o sufridos validando las emociones asociadas. Pero también implica recordar lo que se hizo bien, apreciar el tesón, la dedicación o el esfuerzo, incluso cuando el resultado no haya sido el esperado.

      Así, se reescriben las historias de una manera más constructiva. El relato se enriquece con nuevas ideas y reflexiones mientras se va puliendo esa parte de la biografía. Este relato de los hechos más útil proporciona una identidad diferente. La nueva narrativa fortalece la autoestima. Puede servir de inicio para la reconciliación con uno mismo. Y también a tomar distancia respecto al pasado. Cuando uno se cuenta la vida de otra manera, se entiende mejor.

      Cualquier proceso en psicoterapia tiene un punto de creatividad similar a lo que sucede en el género de la novela autobiográfica. Hay evidencias de que la visión de los autores sobre los protagonistas se va alterando conforme avanza el relato. En su libro Ruta de escape, el abogado y escritor Philippe Sands trata de cambiar, a veces con más éxito y otras con menos, la impresión del hijo de un jerarca nazi al ir descubriendo nuevas fuentes. Es decir, para modificar la narrativa sobre acontecimientos de la historia personal o ajena hay que investigar sobre uno mismo y sobre el otro.

      Una manera de practicar la terapia narrativa de manera autodidacta puede ser conocer el diálogo interno: dedicar atención al contenido y al tipo de pensamientos que se tienen. Se trataría de analizar si es un diálogo destructivo o constructivo, intranquilo o sereno. Una vez detectado, se puede cambiar la manera que se tiene de hablarse a uno mismo incorporando palabras más afectuosas y amables.

      La identidad narrativa aparece, por tanto, cuando uno es narrador y protagonista de su historia. Ser autor de la vida depende de muchas circunstancias ajenas, pero siempre quedará bajo control de uno la forma de contarse lo que sucede. Hay narraciones que pueden sanar heridas, reconciliarnos y comprendernos.

    • Source:
  • Cada cual tiene que tener la valentía de hacer lo que pueda con lo que le ha tocado.

    No os voy a negar que, desde mi completo desconocimiento, trabajar en La Contra de la Vanguardia junto a Víctor Amela, Ima Sanchís y Lluís Amiguet, se me antoja como uno de los escenarios laborales más atractivos que me puedo imaginar. 

    Pero, en este caso, yo a la entrevista a Roberto Canessa la hubiera titulado de otro modo, disculpen el atrevimiento. 

    Sin desvirtuar la "gratitud" (que está muy bien y es imprescindible para una vida digna de ser vivida), pero “cada cual tiene que tener la valentía de hacer lo que pueda con lo que le ha tocado” me parece una frase sublime, digna de recordar y a la que acudir, de tanto en tanto.

    Esta vez no hay resumen, aquí toda la entrevista publicada, ya que no hay nada que se diga que se pueda desechar o condensar mejor.

    Y si mi elección no te seduce,

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    • Mi forma de verlo:

      No os voy a negar que, desde mi completo desconocimiento, trabajar en La Contra de la Vanguardia junto a Víctor Amela, Ima Sanchís y Lluís Amiguet, se me antoja como uno de los escenarios laborales más atractivos que me puedo imaginar. 

      Pero, en este caso, yo a la entrevista a Roberto Canessa la hubiera titulado de otro modo, disculpen el atrevimiento. 

      Sin desvirtuar la "gratitud" (que está muy bien y es imprescindible para una vida digna de ser vivida), pero “cada cual tiene que tener la valentía de hacer lo que pueda con lo que le ha tocado” me parece una frase sublime, digna de recordar y a la que acudir, de tanto en tanto.

      Esta vez no hay resumen, aquí toda la entrevista publicada, ya que no hay nada que se diga que se pueda desechar o condensar mejor.

      Y si mi elección no te seduce, quédate con esta: “¿Qué nos falta? Que no se te tenga que caer el avión para darte cuenta de todo lo que tienes”.

    • Recopilación:

      Roberto Canessa, cardiólogo pediátrico, superviviente del accidente aéreo de los Andes.

      ¿No se ha cansado de lo que sucedió hace 45 años?

      Sí, es como Sinatra cantando New York, New York, pero lo que le explico a la gente del aprendizaje de aquel accidente aéreo de los Andes (1972) les hace bien.

      ¿Y a usted?

      Al primer mohín me digo: “Acuérdate de aquellos dos meses sobreviviendo sin ropa ni comida a 30º bajo cero, ¿no aprendiste nada?...”.

      ¿Lo que ocurrió en los Andes ha sido el hecho más relevante de su vida?

      No, lo han sido mis hijos y el camino recorrido en el que he aprendido que la injusticia y la maldad existen y que la virtud es escasa.

      Es usted realista.

      También sé que no hay que cansarse de ser bueno y que vale la pena esforzarse. La vida es un intercambio: los demás nos influyen e influimos en los demás. Seamos generosos.

      ¿Qué ha sido lo más difícil?

      La búsqueda de la felicidad, aprender cómo vivir y sentirme bien.

      ¿Y?

      La felicidad está en los ojos de los demás, en hacer felices a otros. Has de ser el protagonista y no el espectador de lo que te acontece.

      ¿Se acuerda a menudo del accidente?

      Los demás me lo recuerdan, pero no me canso de aquel personaje de 19 años que corría, al que no le dolían la espalda ni los pies, ni tenía barriga, ni dinero..., era un salvaje.

      ¿Se reconoce en él?

      Tenemos el mismo corazón. Yo estudiaba Medicina y pude ser útil en aquel fuselaje destrozado que nos mantenía con vida. La existencia la constituyen las decisiones que uno toma, y yo decidí intentar sobrevivir en grupo.

      Las cosas no son tan sencillas.

      Sí lo son, pero nos complicamos inútilmente, no aceptamos que la vida es incertidumbre. Me dedico a diagnosticar cardiopatías congénitas en niños, y mi ambición es que consigan sobrevivir y que su calidad de vida sea igual a la de mis nietos, es mi compromiso con la vida. Yo los visualizo corriendo felices detrás de una pelota.

      ¿Eso hace?

      Creo que tiene un gran poder espiritual. Pensemos en lo bueno, porque lo malo vendrá solo.

      Me sorprendió que se montara tal escándalo porque comieran carne de los muertos para sobrevivir.

      Yo creo que hay dos historias, la que vivimos nosotros, en la que lo más terrible fue el alud, y la que vive la gente, que cree que lo más ­terrible fue comernos a los muertos.

      ¿Lo han hablado entre ustedes?

      Muchísimo y hemos bromeado, ¡si alguien nos hubiera oído!... Lo hemos procesado hasta el infinito. Yo hice promesas en la montaña.

      ¿Qué promesas?

      Ser agradecido, y cosas muy cotidianas como ser puntual, considerar que el tiempo de los demás es igual al mío. Se trata de respeto.

      Aspiró a ser presidente de Uruguay.

      A mi alrededor todos se quejaban de los políticos y decidí montar un partido y exponerme.

      ¿Decepcionado de la política?

      Decepcionado de mi ignorancia, de no haber sido capaz de leer la realidad. Hay mucho acomodo, intereses económicos y códigos en la política. Y una relación perversa entre el votante y el votado: mucha queja y poco compromiso.

      ¿Sus hijos han cargado con su historia?

      ¿Es verdad que tu papá se comió a sus amigos?, les preguntan, y ellos les explican con paciencia. Trato de que la historia no les invada, pero también les pregunto si hubieran preferido ser huérfanos. Cada cual tiene que tener la valentía de hacer lo que pueda con lo que le ha tocado.

      Es una historia difícil de superar.

      Una vez le preguntaron a mi hijo Hilario: “¿Estás orgulloso de tu padre por lo de los Andes?”. “Yo entonces no lo conocía –contestó–. Lo admiro porque trata de que no nos falte de nada”. No se trata de lo que dices, sino de lo que haces.

      ¿Qué nos falta?

      Que no se te tenga que caer el avión para darte cuenta de todo lo que tienes. Date cuenta de que recibes mucho más de lo que necesitas y que haces menos de lo que puedes. Nuestra deuda con la vida es una: la gratitud.

      ¿Falta amor?

      Sí, el amor nunca alcanza. A mí me impresionan los actos de generosidad, la bondad, y también lo contrario: gente que es muy poquita cosa y se creen enormes e imprescindibles.

      En Harvard le llaman “doctor sabio”.

      Me gusta la lucha –que siempre es contra uno mismo–, mirarme en el espejo y decir: “Gracias a Dios ahí está el mismo estúpido de siempre”. No dejo de repetirme: “No te dejes engañar por la historia de fuera. Mira tu próximo paciente, hay uno que te está necesitando”.

      ¿Cuál es la moraleja de su propia historia?

      La vida es como aquella montaña: camina. Los héroes de los Andes es un mote de la sociedad civilizada, nosotros éramos los miserables de los Andes, esa es la realidad.

      ...

      Mi mujer me dijo un día: “Cada cual tiene su cordillera y la trepa como puede”. Llevamos 40 años juntos y cada semana estamos a punto de divorciarnos, pero seguimos caminando juntos, unidos, esa es la fortaleza de la relación.

      ¿Y por qué no se divorcia?

      Porque no vas a cambiar un coche usado por otro, con más o menos kilómetros, pero que no los ha recorrido contigo. Hay que dar la batalla en las cosas importantes.

      Luchar por la vida

      Conocemos la historia: en 1972 el avión en el que viajaba el equipo de rugby uruguayo con amigos y familiares se estrelló en los Andes. Viajaban 45 personas y tras dos meses viviendo a 30º bajo cero, sin ropa, sin comida... sobrevivieron 16, en parte gracias a la fuerza de Parrado y Canessa, que salieron en busca de ayuda atravesando la cordillera de los Andes. Hasta Disney hizo una película: “Si hubieran explicado lo que vivimos realmente, la gente se habría ido del cine”, dice Canessa, que ha presentado Tenía que sobrevivir (Alrevés), escrito con Pablo Vierci, donde hace un paralelismo entre sus experiencias y esas pequeñas vidas por las que lucha a diario como cardiólogo pediátrico. Dio una conferencia en CosmoCaixa.

    • Source:
  • Eres lo que crees

    Las creencias son nuestras certezas necesarias, sin ellas, nos sentiríamos desvalidos ante un mundo, en principio, incomprensible y sin sentido. Son nuestra constelación de la realidad y conforman la base de nuestra identidad.

    Para poder comprender el mundo -o al menos asignarle un sentido imprescindible (sin él no podríamos navegarlo)- interpretamos nuestras experiencias, generalizando, sesgando, eliminando y distorsionando la realidad a nuestro favor para poder atribuirle un significado. Son parte de un proceso adaptativo inevitable, por eso son dicotómicas, agrupan las experiencias en positivas y negativas, para calcular riesgos y predecir resultados derivados de nuestras decisiones.

    Es nuestro orden necesario para ordenar el ininteligible mundo. Y si lo crees, es: "Algunas personas pueden sufrir ataques de asma ante flores de plástico, si creen que son verdaderas".

    Pero hay que tener en cuenta que dirigimos nuestra energía dónde dirigimos nuestra atención. Solo somos capaces de ver lo que queremos ver, y solo registramos lo que las confirma eliminando, o menospreciando lo que no.

    El problema deriva en que mientras

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    • Mi forma de verlo:

      Las creencias son nuestras certezas necesarias, sin ellas, nos sentiríamos desvalidos ante un mundo, en principio, incomprensible y sin sentido. Son nuestra constelación de la realidad y conforman la base de nuestra identidad.

      Para poder comprender el mundo -o al menos asignarle un sentido imprescindible (sin él no podríamos navegarlo)- interpretamos nuestras experiencias, generalizando, sesgando, eliminando y distorsionando la realidad a nuestro favor para poder atribuirle un significado. Son parte de un proceso adaptativo inevitable, por eso son dicotómicas, agrupan las experiencias en positivas y negativas, para calcular riesgos y predecir resultados derivados de nuestras decisiones.

      Es nuestro orden necesario para ordenar el ininteligible mundo. Y si lo crees, es: "Algunas personas pueden sufrir ataques de asma ante flores de plástico, si creen que son verdaderas".

      Pero hay que tener en cuenta que dirigimos nuestra energía dónde dirigimos nuestra atención. Solo somos capaces de ver lo que queremos ver, y solo registramos lo que las confirma eliminando, o menospreciando lo que no.

      El problema deriva en que mientras estamos entretenidos confirmando nuestras creencias perdemos la posibilidad de verificar que la realidad puede comportarse de un modo alternativo.

      Nuestras creencias son los principios por los que nos guiamos, sean ciertos o no. Igual habría que parar a preguntarse su valía...

      Te lo explica de lujo Bernardo Ortín en este artículo: "El impacto Subjetivo de las Creencias".

    • Recopilación:

      Las convicciones pueden ser mayores enemigos de la verdad que la propia mentira

      (Nietszche)

      Historia del telescopio

      Galileo había oído hablar de la invención del telescopio en los Países Bajos y construyó uno más perfeccionado. Una de las primeras cosas que hizo con él fue mirar a la luna. Ahora bien, en su tiempo, y de acuerdo con el conocimiento establecido, la luna, al igual que los otros cuerpos celestes, tenía que ser perfecta. Se pensaba que era perfectamente redonda y llana. Cuando Galileo la observó a través de su telescopio se dio cuenta de que esa concepción era incorrecta ya que, aparentemente, existían montañas en ella. Algunas zonas de la superficie lunar no se veían tan diferentes de las que uno podría esperar encontrar en la tierra si se la mirase desde la misma distancia a través de un telescopio. Pero decir esto era una herejía. Los cielos no podían parecerse a la tierra. Galileo persistía en afirmarlo, y escribió un corto informe sobre sus observaciones, que fue alabado por unos, y atacado por otros. Cuando invitó a algunos de los que lo atacaban a que mirasen la luna a través de su telescopio, ellos declinaron su ofrecimiento. La mera observación, realizada por los seres humanos con sus imperfectos sentidos, no podía, obviamente, servir para refutar la aceptada y autorizada enseñanza existente entonces sobre la luna que era lógica y consistente en relación con el principal cuerpo de doctrina entonces dominante —la enseñanza según la cual la tierra y todo el mundo sublunar eran imperfectos, mientras que la luna, el sol y las estrellas, seres cercanos al cielo, eran perfectos—.

      Existían entonces una diferencia que no debe ser olvidada: el conocimiento revelado y el conocimiento deductivo o axiomático no estaban abiertos a la comprobación empírica.

      (Norbert Elías [1]).

      Para poder comprender la realidad, las personas realizamos dos transformaciones de lo que percibimos del mundo. La primera es sensorial y la segunda de tipo lingüístico. Con distintas generalizaciones, eliminaciones y distorsiones de la realidad atribuimos significados a nuestro pensamiento y generamos nuestra constelación de creencias, criterios y valores.

      No hay que prejuzgar a los hombres por sus opiniones, sino por lo que estas opiniones hacen de ellos.

      (Regla de oro de Linchtenberg[2]).

      Estudios epidemiológicos recientes han demostrado que lo que las personas opinan de su propia salud tiene relación con su salud real. En estas investigaciones se solicitó a los sujetos, en similares condiciones físicas, que calificaran su salud de excelente, buena, regular y mala. Esto constituyó un magnífico factor para predecir el tiempo que vivirían. Quienes creían tener mala salud mostraron tres veces mayor propensión a morir en los siete años siguientes.

      En otro orden de cosas, los estudios psicológicos realizados en empresas con el objetivo de seleccionar personal con una característica determinada, como identificar profesionales «creativos», dan como resultado que los profesionales más creativos suelen ser los que creen de sí mismos que lo son.

      En el campo de la enseñanza, muy a menudo los alumnos reflejan un rendimiento académico influido por lo que el profesor cree que estos son capaces de hacer.

      Investigaciones de la salud en el campo de la psiconeuroinmunología atribuyen al factor inespecífico de curación, conocido como efecto placebo, hasta un 40 % del éxito en los tratamientos. La relación entre las creencias del paciente y la efectividad de su sistema inmunitario es ya indudable para la comunidad científica.

      Es incuestionable la importancia de las creencias sobre la comunicación y la percepción que tenemos de la realidad. Desde una perspectiva práctica hay que recordar que dirigimos nuestra energía hacia donde dirigimos nuestra atención. Algunas técnicas diagnósticas de salud o desórdenes psíquicos tienen relación con lo que estamos diciendo: contrastan las afirmaciones que hace el paciente con la fuerza muscular mayor o menor que manifiesta mientras piensa en sus creencias. También existen técnicas de adivinación del pensamiento basadas en este principio: el cuerpo humano se orienta muscularmente hacia el objeto de la sala en el que está pensando, lo cual facilita la tarea del «adivinador del pensamiento» si tiene buenas dotes de observación.

      La dificultad estriba en el hecho de que mientras confirmamos nuestras creencias perdemos la posibilidad de verificar que la realidad puede comportarse de un modo alternativo en algunos casos concretos. Dicho de otro modo: tomemos el caso de un caballo que ha sido tratado con reflejo condicionado. Le han enseñado a levantar la pezuña del suelo, poniéndole bajo ella una plancha metálica que le da pequeñas descargas eléctricas cada vez que se enciende una bombilla roja que él ve. Con el tiempo, el caballo levanta la pezuña solo con ver la luz roja. Y lo más importante es que cada vez que retira la pata de la plancha metálica pierde la oportunidad de verificar si en esta ocasión concreta había descarga eléctrica. Este es el mecanismo básico de construcción de creencias.

      Las creencias responden al patrón de «todo o nada» y se rigen por el mecanismo de profecía autocumplida: anotamos lo que las confirma y eliminamos o distorsionamos las experiencias que no las confirma. Algunas personas pueden sufrir ataques de asma ante flores de plástico, si creen que son verdaderas. Las creencias tienen reacciones bioquímicas en nuestro organismo.

      El caldo de cultivo del proceso es la confirmación de un criterio y la coherencia con él. Si tenemos un fuerte impulsor psíquico que nos ordena «sé fiel a ti mismo» podemos sufrir problemas más o menos serios de adaptación y flexibilidad ante el mundo. Hostilidad, depresión y frustración surgen de nuestras propias creencias acerca de nosotros mismos y acerca de la realidad circundante.

      Las creencias son los principios por los que nos guiamos, sean ciertos o no. Son los criterios por los que actuamos y no los que declaramos creer necesariamente. Se manifiestan en los hechos, no en las palabras. De hecho, no suelen deducirse de un marco lógico, sino que, más bien verifican con la experiencia aquello que previamente andaban buscando.

      Una creencia es una formulación lingüística acerca de la experiencia. Las creencias surgen como generalizaciones sobre causas, significados y límites y pueden estar relacionadas con escenarios o contextos en los que se desenvuelve nuestra vida, comportamientos, capacidades personales e incluso con nuestra propia identidad.

      Las personas experimentamos cosas en la vida y después generalizamos la experiencia hasta convertirla en un criterio más o menos general.

      Las creencias básicas son los conceptos esenciales a los que nos atenemos y conforman la base de nuestra identidad. Son parte de un proceso adaptativo inevitable. Definen los sentimientos que cada uno tiene sobre sí mismo y sobre el mundo con el que se relaciona y actúan como elementos referenciales de nuestro comportamiento y nuestro pensamiento.

      Las creencias funcionan como un enmarcado del pensamiento y del comportamiento. Por ejemplo, las personas votan a sus candidatos políticos no tanto en función de sus intereses, sino en función de la coincidencia que este tenga con su propio encuadre de la vida. Esto es, con la coincidencia que tenga el candidato con el sistema de creencias del elector[3].

      Por ejemplo, un hombre casado durante muchos años me contó que fue interpelado por su esposa. Le pide que colabore más en las tareas domésticas. Ella misma comprende que se ha puesto muy exigente de modo repentino, pero confiesa haber callado demasiado tiempo y no puede más. En realidad, el hombre no acaba de aceptar lo que ella le dice y sin embargo, cree que ella ya no le ama y prefiere decirle lo de la casa para no afrontar la verdad.

      Otra persona me dijo que algunas temporadas que ha dejado de fumar cree que vale menos, que se convierte en alguien menos interesante para agradar a los demás.

      Las creencias suelen ser de naturaleza dicotómica: agrupan las experiencias en positivas y negativas. Funcionan como criterio de comparación entre nuevas y viejas experiencias. Sirven para calcular riesgos y predecir resultados derivados de nuestras decisiones. De este modo las creencias se convierten en limitantes y potenciadoras.

      Si juzgamos buena una cosa es porque la deseamos.

      (Spinoza. Sobre el deseo)

      Tipos y clases de creencias

      Estos son mis principios
      y si no le gustan tengo otros

      (Groucho Marx)

      Las creencias limitantes más comunes y limitantes en materia de salud suelen responder a los siguientes ámbitos:

      1. Creencia de que el objetivo deseado es inalcanzable, independientemente de las propias capacidades. Consecuencia: desesperanza.
      2. Creencia de que el objetivo es posible pero no se tienen las capacidades necesarias para alcanzarlo. Consecuencia: indefensión, inacción.
      3. Creencia de que no merecemos alcanzar el objetivo a raíz de algo que hicimos o dejamos de hacer. Consecuencia: culpa, apatía.

      Los tipos de creencias más comunes son:

      Sobre causas: si creemos que algo es la causa de algo, nuestro comportamiento se orientará a que ese algo acontezca. «Tengo mal genio porque mi padre también lo tiene». Sin embargo, hay que recordar que en muchas ocasiones el origen de algo no es la causa de que se produzca.

      Sobre significados: ¿qué significa la enfermedad? ¿Quién la padece la merece? «Mi modo de sufrir significa que soy débil».

      Sobre la identidad: estas creencias incluyen causas, significados y límites. Son las creencias más determinantes y difíciles de cambiar. «Soy insensible a los demás», «soy inútil», «soy torpe», «en realidad no merezco otra cosa»…

      Le apetece el campo hasta a quien no le gusta

      (Fernando Pessoa[4])

      La historia de los mineros

      Hay una historia que dicen es verídica. Aparentemente sucedió en algún lugar de África. Seis mineros trabajaban en un túnel muy profundo extrayendo minerales desde las entrañas de la tierra. De repente un derrumbe los dejo aislados del exterior sellando la salida del túnel. En silencio cada uno miró a los demás. De un vistazo calcularon su situación. Con su experiencia, se dieron cuenta rápidamente de que el problema sería el oxígeno. Si hacían todo bien les quedaban unas tres horas de aire, cuando mucho tres horas y media. Mucha gente de afuera sabría que ellos estaban allí atrapados, pero un derrumbe como este significaría horadar otra vez la mina para llegar a buscarlos. ¿Podrían hacerlo antes de que se terminara el aire? Los expertos mineros decidieron que debían ahorrar todo el oxigeno que pudieran. Acordaron hacer el menor desgaste físico posible, apagaron las lámparas que llevaban y se tendieron todos en el piso.  Enmudecidos por la situación e inmóviles en la oscuridad era difícil calcular el paso del tiempo. Incidentalmente solo uno de ellos tenia reloj. Hacia él iban todas las preguntas: ¿cuánto tiempo pasó? ¿Cuánto falta? ¿Y ahora? El tiempo se estiraba, cada par de minutos parecía una hora y la desesperación ante cada respuesta agravaba aún más la tensión.

      El jefe de los mineros se dio cuenta de que si seguían así la ansiedad los haría respirar mas rápidamente y esto los podía matar. Así que ordenó al que  tenia el reloj que solamente él controlara el paso del tiempo. Nadie haría más preguntas, él avisaría a todos cada media hora. Cumpliendo la orden, el del reloj controlaba su maquina. Y cuando la primera  media hora paso. Él dijo: «ha pasado media hora».

      Hubo un murmullo entre ellos y una angustia que se sentía en el aire.  El hombre del reloj se dio cuenta de que a medida que pasaba el tiempo, iba a ser cada vez más terrible comunicarles que el minuto final se acercaba. Sin consultar a nadie decidió que ellos no merecían morirse sufriendo. Así que la próxima vez que le informo la media hora, habían pasado en realidad cuarenta y cinco minutos.

      No había manera de notar la diferencia, así que nadie siquiera desconfió. Apoyado en el éxito del engaño la tercera información la dio casi una hora después. Dijo «pasó otra media hora». Y los cinco creyeron que habían pasado encerrados, en total, una hora y media y todos pensaron en cuán largo se les hacía el tiempo. Así siguió el del reloj, a cada hora completa les informaba que había pasado media hora.  La cuadrilla apuraba la tarea de rescate, sabían en que cámara estaban atrapados, y que sería difícil poder llegar antes de cuatro horas.  Llegaron a las cuatro horas y media. Lo más probable era encontrar a los seis mineros muertos. Encontraron vivos a cinco de ellos. Solamente uno había muerto de asfixia… el que tenía el reloj.

       

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  • La imparcialidad Homérica. Hacia una realidad compartida.

    La imparcialidad homérica, ese término que Hannah Arendt rescata de las lecturas modernas de Homero, es la capacidad de narrar un conflicto mostrando la grandeza y la humanidad de todos los bandos implicados —ganadores y perdedores—, sin ocultar los hechos ni renunciar a un juicio propio.

    Este concepto me atrapó al leer este artículo porque me hizo cuestionar: ¿y si el problema no está, sólo, en lo que pasa ahí fuera, sino en cómo lo miramos y desde dónde juzgamos? En una época donde todos opinamos sobre todo y las redes sociales amplifican cada juicio instantáneo, hemos perdido algo esencial: ser capaces de ver la realidad como es. Nos

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    • Mi forma de verlo:

      La imparcialidad homérica, ese término que Hannah Arendt rescata de las lecturas modernas de Homero, es la capacidad de narrar un conflicto mostrando la grandeza y la humanidad de todos los bandos implicados —ganadores y perdedores—, sin ocultar los hechos ni renunciar a un juicio propio.

      Este concepto me atrapó al leer este artículo porque me hizo cuestionar: ¿y si el problema no está, sólo, en lo que pasa ahí fuera, sino en cómo lo miramos y desde dónde juzgamos? En una época donde todos opinamos sobre todo y las redes sociales amplifican cada juicio instantáneo, hemos perdido algo esencial: ser capaces de ver la realidad como es. Nos creemos críticos, pero muchas veces solo buscamos argumentos que nos den la razón.

      Arendt lo encuentra en la Ilíada, donde Homero no toma partido por los griegos vencedores: canta con igual épica las glorias de Héctor y los troyanos caídos que las de Aquiles y los suyos, con "ojos iguales" para amigos y enemigos. De esa decisión poética —que sienta las bases de la historiografía misma— extrae un antídoto potente para hoy: no una neutralidad insulsa, sino un juicio que parte de los hechos y se expande sin perder pie.

      La belleza terrible de la imparcialidad homérica es que exige que miremos al mundo como realmente es, no como quisiéramos que fuera.

      No se trata de ponerte neutro, buenista o tibio, sino de asumir algo realmente exigente: ver la grandeza y la miseria de “los otros” y también de “los nuestros”, con los que nos identificamos y a los que solemos perdonar casi todo. Y hacerlo sin maquillar los hechos para que encajen en el relato que más nos tranquiliza.

      Practicar esto en tu propia vida implicaría preguntarte: ¿qué pasaría si dieras voz también a la parte que pierdes, a la que sale mal parada en tu relato, al “bando” que sueles culpar o silenciar? ¿Qué cambiaría si, en lugar de preguntarte “quién tiene razón”, empezaras por “qué está pasando de verdad aquí” y, desde ahí, te atrevieras a juzgar aunque el resultado no te resulte cómodo?

      Al final, es una propuesta absolutamente radical: dejar de usar tu juicio como arma para confirmar lo que ya pensabas, y convertirlo en un espacio donde quepan varias miradas sin perder el suelo bajo los pies.

      Cuando todos defendemos "nuestra verdad" como un territorio sagrado, esto se convierte en rebeldía íntima: elegir ver el mundo —y tu vida— tal como es, no solo como te conviene que sea. Crear un spacio público donde muchos puntos de vista puedan encontrarse sin perder de vista lo que realmente ocurrió. 

    • Recopilación:

      El 4 de diciembre de 1975, Hannah Arendt moría en su apartamento de Nueva York cuando un infarto fulminante la sorprendió en mitad de una conversación con amigos. Al día siguiente encontraron en su máquina de escribir una hoja a medio comenzar con una sola palabra escrita: “Judging”. Juzgar. Aquella palabra solitaria quedó como un testamento involuntario, como si Arendt hubiera querido decirnos, en el último momento, que de todas las facultades humanas que había explorado a lo largo de su vida intelectual —la acción, la libertad, el pensamiento, la natalidad— había una que merecía ser rescatada con urgencia para nuestro tiempo: la capacidad de juzgar.

      Cincuenta años tras su muerte, ese pensamiento inconcluso resuena con inquietante actualidad. Vivimos una época donde todos opinamos sobre todo y las redes sociales amplifican cada juicio instantáneo, cada veredicto emocional. Y sin embargo, hemos perdido algo esencial: la capacidad de discernir entre lo verdadero y lo falso, de orientarnos en un mundo que se desmorona bajo nuestros pies. El folio inconcluso de Arendt no era solo el borrador de un capítulo filosófico, sino una pregunta lanzada desde el futuro: ¿qué ocurre cuando una sociedad pierde la facultad de juzgar políticamente?

      El burócrata en la jaula de cristal

      Para entender por qué Arendt se obsesionó con el juicio hasta convertirlo en el tema de sus últimos años, hay que volver a Jerusalén. Es abril de 1961 y Arendt viaja como corresponsal de la revista The New Yorker a cubrir el juicio contra Adolf Eichmann, el nazi responsable de la logística del Holocausto. Esperaba encontrar un monstruo, la encarnación del mal radical, alguien cuya maldad pudiera explicar lo inexplicable. Lo que vio la dejó perpleja de una manera que ninguna teoría filosófica podía resolver.

      Dentro de la jaula de cristal construida para protegerlo en el tribunal, Eichmann no parecía un demonio. Era un hombre gris, mediocre, que hablaba en clichés burocráticos y repetía frases hechas. “Simplemente cumplía órdenes”, decía una y otra vez. No mostraba sadismo ni odio visceral, más bien daba la impresión de alguien profundamente irreflexivo, incapaz de ponerse en el lugar de otros o imaginar el sufrimiento que había administrado con eficiencia germánica. Arendt lo describiría como alguien de una “manifiesta superficialidad”, y de esa experiencia desconcertante nacería uno de los conceptos más potentes y controvertidos del pensamiento político contemporáneo: la banalidad del mal. Arendt no estaba diciendo que el Holocausto fuera banal, sino algo mucho más inquietante: que el mal extremo puede surgir, no de la maldad consciente o la perversión deliberada, sino de la simple ausencia de pensamiento. Eichmann era peligroso precisamente porque había dejado de pensar, apagando ese diálogo interior que nos hace preguntarnos: ¿qué estoy haciendo? ¿Puedo vivir conmigo mismo después de esto?

      La pregunta que la persiguió durante años fue radical: si amigos y colegas para quienes “la moralidad iba de suyo” adoptaron sin escrúpulos un código de conducta criminal durante el nazismo, ¿qué fundamento tenía realmente la moralidad? Los grandes paradigmas éticos —el deber kantiano, los fines aristotélicos, el utilitarismo— no impidieron que una sociedad altamente civilizada se coordinara casi automáticamente en la barbarie. ¿Qué queda, entonces, cuando todas las normas colapsan? La respuesta fue tan sencilla como exigente: nuestra capacidad de juzgar por nosotros mismos, sin pasamanos a los que aferrarnos, la misma facultad que Eichmann había abandonado reemplazando el pensamiento por la obediencia, por el cumplimiento mecánico de reglas. No había decisión en él, no había conciencia, no había juicio. Solo repetición y sumisión. Y eso —descubrió Arendt con horror— es más peligroso que cualquier forma de maldad deliberada. Porque mientras el mal radical es excepcional, la banalidad del mal puede extenderse como una epidemia. Todos podemos caer en ella, sólo hace falta dejar de pensar.

      El coraje de la imparcialidad

      Su retrato de Eichmann cayó como una bomba, especialmente entre la comunidad judía, pero algo desató una polémica mayor: sus observaciones sobre el papel de los Consejos Judíos, los Judenräte. Arendt, con una mirada analítica que muchos interpretaron como cruel, denunció que habían facilitado la logística del genocidio, elaborando, entre otras cosas, listas de deportados a los campos de concentración. Fue acusada de falta de empatía, insensibilidad y de traicionar a su propio pueblo, pero lo que sus críticos no quisieron entender es que Arendt practicaba algo que ella misma había teorizado: la imparcialidad homérica. Aquí reside toda su belleza, y su exigencia.

      En la Ilíada, Homero canta tanto a Héctor como a Aquiles, no guarda silencio sobre el hombre vencido. Aunque los dioses decidieran de antemano la victoria griega, el poema “no convierte a Aquiles en más grande que Héctor ni la causa de los griegos en más legítima que la defensa de Troya”, escribe Arendt. Héctor y Aquiles son igualmente memorables y humanos, igualmente dignos de ser recordados. Esa es la imparcialidad homérica: la capacidad de ver la grandeza en ambos lados de un conflicto sin perder el juicio sobre lo que ocurrió. Arendt entendió que era lo único que podía hacer reversible el olvido y la aniquilación. Cuando un pueblo pierde su libertad como Estado, nos dijo, pierde su realidad política, incluso si consigue sobrevivir físicamente. Pero Homero logra que ni la derrota ni la victoria borren la grandeza de los personajes y sus hazañas. Lo destruido —una ciudad, un héroe, una civilización— puede permanecer en la memoria colectiva gracias al relato. La aniquilación total solo ocurre cuando algo o alguien es olvidado por completo.

      Por eso, en Jerusalén, Arendt no quiso obviar las verdades incómodas y miró la realidad tal como se presentaba, incluso siendo dolorosa, incluso cuando contradecía narrativas autorreconfortantes. Es la belleza terrible de la imparcialidad homérica: exige que miremos al mundo como realmente es, no como quisiéramos que fuera, que honremos a Héctor aún sabiendo que caerá, que reconozcamos las decisiones de los Judenräte sin olvidar sus consecuencias. Y hoy, esa lección resuena con urgencia, pues nos enfrentamos al mismo dilema, pero a una escala que Arendt apenas pudo intuir. ¿Qué ocurre cuando la posibilidad misma de ejercer esa imparcialidad, de ver el mundo desde múltiples perspectivas sin perder el juicio, desaparece? ¿Cuando ya no hay un mundo común que mirar, sino sólo burbujas informativas, realidades paralelas, verdades tribales?

      Elon Musk: cuando el juicio político se vuelve imposible

      La palabra que Arendt tecleó en su máquina de escribir señala hacia nuestra crisis contemporánea. Lo que vivimos no es solo la proliferación de mentiras, sino algo más profundo: la destrucción sistemática de las condiciones que hacen posible el juicio político. Y Elon Musk encarna esta destrucción con claridad brutal. No es solo un mentiroso más, sino alguien que ha trascendido completamente la necesidad de operar en un mundo común. Puede, sencillamente, imponer su perspectiva algorítmicamente en X, amplificar su voz y la de quienes piensan como él mientras silencia o invisibiliza a quienes disienten.

      El 20 de enero de 2025, tras la investidura de Trump, Musk hizo un gesto que muchos interpretamos como un saludo nazi. Él lo negó, pero lo relevante no es si lo fue o no. Lo señaló la escritora Samantha Rose Hill: “El objetivo es debilitar tu capacidad para distinguir los hechos de la ficción, para que cuestiones si confías o no en tu propio juicio sobre lo que viste”. Es exactamente lo opuesto al juicio arendtiano, pues para Arendt la realidad no es algo que percibimos de forma aislada. Necesitamos que otros la validen y reconozcan. Cuando varios percibimos el mismo objeto o fenómeno, aunque desde diferentes perspectivas, se genera una confianza en esa realidad compartida. Eso es el sentido común: no una facultad individual, sino la capacidad de orientarnos juntos en el mundo.

      Musk busca destruir eso. Cuando, en su investidura, Trump mencionó “la revolución del sentido común”, sabía bien lo que hacía. Los autócratas entienden que el sentido común es el puente que conecta nuestra percepción individual con la de los demás y nos permite construir una realidad compartida. Sin él, las experiencias quedan encerradas en nuestra subjetividad y es imposible alcanzar acuerdo alguno sobre lo que es o no real. Pero Musk no es una anomalía: es el actor político ideal en la era de la posverdad, alguien que quiere romper el mundo común porque no lo necesita. Tiene el dinero para comprar la infraestructura comunicativa, el alcance para fabricar su propia realidad y seguidores dispuestos a creer que lo suyo es “sentido común”, aunque contradiga lo que ven con sus propios ojos.

      Mientras la imparcialidad homérica requiere imaginar cómo vería el mundo alguien distinto a nosotros y ejercer ese “pensamiento ampliado” que nos permite juzgar políticamente, la perspectiva meramente privada de Musk —sus intuiciones, prejuicios e intereses económicos— se eleva a verdad universal sin mediación del debate público ni verificación factual. Es una suerte de solipsismo masivo: una mirada radicalmente privada amplificada hasta parecer común. Sin hechos compartidos, cuando cada tribu habita su propia realidad, el poderoso puede simplemente fabricar su verdad. No necesita imparcialidad, pues no necesita convencer a nadie fuera de su burbuja. Basta con que sus seguidores repitan sus palabras, que el algoritmo amplifique su mensaje y que la confusión reine.

      La BBC: cuando la imparcialidad se vuelve parálisis

      Si Musk encarna la destrucción del mundo compartido, la reciente crisis de la BBC muestra algo igualmente preocupante: la parálisis institucional de quienes ya no saben cómo preservarlo. En octubre de 2024, la BBC emitió un documental sobre Trump en el que editores juntaron fragmentos separados de su discurso del 6 de enero de 2021. ¿Fue un error técnico o sesgo editorial? La pregunta es una trampa: lo significativo es que la BBC no supo cómo responder. La verdad factual es que Trump fue central en el asalto al Capitolio. Atrapada entre acusaciones contradictorias —muy progresista para unos, normalizadora del autoritarismo para otros—, la BBC quedó paralizada. Varios cargos dimitieron. La institución que durante décadas fue el referente del periodismo riguroso ya no sabe cómo juzgar porque ha olvidado que la imparcialidad no es sinónimo de neutralidad mecánica. Como señala Mary Beard, la imparcialidad como regla mecánica produce absurdos: hace solo unos años, la BBC invitaba regularmente a negacionistas del cambio climático para dar “balance” a las noticias sobre el clima. Lo que la BBC ha olvidado es que la imparcialidad exige juicio, no neutralidad.

      Porque la imparcialidad no consiste en dar el mismo tiempo de palabra a Aquiles y a Héctor y pesar sus argumentos en una burocrática balanza. Consiste en no perder el juicio sobre lo que ocurrió. Homero no dice “los griegos tenían razón”, ni tampoco pretende que la guerra no existiese o que los bandos fuesen intercambiables. El poema homérico juzga: muestra violencia, pérdida, sinsentido, gloria, tragedia. Y al hacerlo, preserva la memoria de lo que realmente sucedió.

      Pero la BBC se dedica a la equidistancia procedimental dando igual espacio a quien afirma hechos verificables y defiende la democracia y a quien difunde mentiras y amenaza con fusilamientos. Como si la imparcialidad consistiera en no juzgar nunca y mantenerse en un punto medio imaginario entre dos extremos. Eso no es imparcialidad sino abdicación del juicio, y Arendt fue muy clara al respecto: frente a la verdad factual, no hay lugar para la equidistancia. Que Trump diga que las elecciones fueron robada s no merece el mismo crédito que la evidencia de que no hubo fraude. Si Musk hace un saludo nazi, no puede pretender que quienes lo vimos estemos igual de equivocados que quienes lo niegan. La imparcialidad exige reconocer los hechos y juzgarlos desde múltiples perspectivas, no fingir que no han existido.

      El testamento de Arendt

      Siempre ha habido mentira en política, pero lo que define la era de la posverdad es otra cosa: el cinismo generalizado que destruye nuestra capacidad de orientarnos en el mundo. No se trata de que creamos las mentiras de Trump o Musk, sino de que dejemos de creer en la posibilidad misma de una verdad compartida y nos encerremos en nuestras burbujas, donde todo confirma lo que ya pensábamos. De que sustituyamos el juicio político —el ejercicio exigente de pensar desde múltiples perspectivas— por la repetición tribal de consignas.

      Cuando las mentiras se multiplican, el resultado no es creérnoslas, sino que perdemos la fe en la verdad y somos susceptibles de creer cualquier cosa. Cuando el cinismo reina sobre la verdad, las mentiras no reemplazan la realidad, les basta con hacerla tambalear. Y cuando ocurre, como escribió Arendt en Los orígenes del totalitarismo, dejamos de protestar cuando nos engañan y pasamos a admirar la “superior astucia táctica” del líder. ¿Cómo salvar esta trampa? Arendt diría que la solución pasa por recuperar nuestra capacidad ciudadana de juzgar y hacerlo como ella hizo en Jerusalén: con el coraje de registrar nuestra propia experiencia del mundo y decir lo que vemos aunque contradiga las narrativas consoladoras, reconociendo la complejidad sin renunciar al juicio. Juzgar sin pasamanos, sin a prioris que nos digan mecánicamente qué pensar, sin disolvernos en la masa, la inercia o la obediencia sin rostro.

      Necesitamos reconstruir un mundo donde los hechos importen, donde el sentido común nos permita orientarnos juntos y podamos discrepar sobre el significado de lo que vemos, pero hayamos acordado que vimos lo mismo. Necesitamos escuchar a Héctor y a Aquiles sin perder nuestro propio juicio sobre lo que está bien o mal. Por eso la última hoja de Arendt es un testamento político para nuestro tiempo. Cincuenta años tras su muerte, nos sigue diciendo que la democracia necesita ciudadanos que se atrevan a juzgar. Ese es su legado. Su exigencia. Y también su último regalo: la certeza de que, si queremos, aún podemos recuperar algo que nunca debimos perder.

      Máriam Martínez-Bascuñán, profesora de Teoría Política de la Universidad Autónoma de Madrid. Autora del libro 'Género, emancipación y diferencias' (Plaza & Valdés, 2012) y coautora de 'Populismos' (Alianza Editorial, 2017). Entre junio de 2018 y 2020 fue directora de Opinión de EL PAÍS. Ahora es columnista y colaboradora de ese diario y pertenece a su comité editorial.

       
    • Source:
  • La realidad es una construcción.

    A estas alturas del partido, siento ser la portadora de tal noticia, pero ya iba siendo hora de poner las cartas sobre la mesa: La realidad no existe.
    Lo que tú consideras realidad, es tu realidad, y solo tuya. Lo que viene tratando de explicarnos el constructivismo radical (Paul Watzlawick, La realidad inventada, 1981). 

    Aunque ya lo decía Kant: "La realidad no se encuentra fuera de quien la observa, sino que en cierto modo es construida por su aparato cognitivo".

    Vemos lo que queremos ver, o lo que podemos. Nuestra percepción es selectiva y por tanto nuestra realidad también lo es. Vemos a partir de quiénes somos, de nuestro contexto y del cúmulo de experiencias que

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    • Mi forma de verlo:

      A estas alturas del partido, siento ser la portadora de tal noticia, pero ya iba siendo hora de poner las cartas sobre la mesa: La realidad no existe.
      Lo que tú consideras realidad, es tu realidad, y solo tuya. Lo que viene tratando de explicarnos el constructivismo radical (Paul Watzlawick, La realidad inventada, 1981). 

      Aunque ya lo decía Kant: "La realidad no se encuentra fuera de quien la observa, sino que en cierto modo es construida por su aparato cognitivo".

      Vemos lo que queremos ver, o lo que podemos. Nuestra percepción es selectiva y por tanto nuestra realidad también lo es. Vemos a partir de quiénes somos, de nuestro contexto y del cúmulo de experiencias que nos han ido aconteciendo. No amigo, no habitamos el mismo universo mental, sino cada uno el suyo.

      Venimos al mundo sin manual de instrucciones, así que, que para habitarlo y navegarlo necesitamos construir modelos organizadores del pensamiento para poder interpretarlo, modelos que aportan sentido a nuestra (propia y particular) visión de la experiencia perceptiva, pero ni son certeros, ni son exactos ni son universales: "Elegimos solo unos datos de lo que percibimos, lo organizamos, extraemos conclusiones y lo llamamos realidad".

      Nuestra realidad, es una hipótesis, más o menos bien formulada. Es una construcción de cada uno.

      Si no te acaba de convencer, sigue leyendo la entrevista a Montserrat Moreno, doctora en Psicología, investigadora del desarrollo cognitivo y emocional, que acaba de publicar junto a Genoveva Sastre, Por qué vemos dinosaurios en las nubes, quizás te explique mejor que yo que las verdades absolutas no existen.
    • Recopilación:

      Universos mentales

      Montserrat Moreno y Genoveva Sastre llevan 40 años investigando sobre cómo pensamos y exponen sus conclusiones en un ensayo divulgativo, Por qué vemos dinosaurios en las nubes (Gedisa). “Es importantísimo entender que lo que llamamos realidad no está fuera sino dentro de nuestro pensamiento, del de cada uno de nosotros, y que proyectamos esos pensamientos sobre aquello que vemos creando así nuestra realidad. No todas las personas vemos lo mismo ante los mismos hechos, no todos habitamos el mismo universo mental”. Y uno de los aspectos importantes de sus trabajos de investigación es que demuestran cómo se puede cambiar la manera de pensar. Ambas fundaron en 1977 el Instituto Municipal de Investigación en Psicología Aplicada a la Educación.

      Mi socia, Genoveva Sastre, y yo, acabamos de publicar un estudio en el que llevábamos muchos años investigando.

      ¿De qué se trata?

      De por qué vemos dinosaurios en las nubes.

      Interesante.

      Nuestra teoría, apoyada por múltiples investigaciones, es que las personas construimos modelos organizadores del pensamiento para interpretar el mundo.

      ¿Qué es un modelo organizador?

      Cuando observamos algo, leemos un libro o vemos una película, sentimos y extraemos algunos elementos de lo que llamamos realidad, pero no todos. Estos elementos que seleccionamos los organizamos y le damos un significado.

      ¿Y cada humano tiene su modelo?

      Sí. Imaginemos un caso sencillo: una pareja que está discutiendo. Ante un mismo hecho cada uno ha cogido y organizado unos elementos y ha obviado otros. Cada uno dice: “Esto es así”.

      Pues así no hay quien se ponga de acuerdo.

      Es importante saberlo, porque tenemos la idea de que ante unos mismos hecho todo el mundo ve lo mismo, y no es verdad. No habitamos el mismo universo mental.

      Unos más que otros.

      Tampoco hay que ser ingenuo, tenemos motivos muy personales para elegir unos datos y no otros.

      Entonces, ¿nuestra realidad es una hipótesis?

      Sí, y además para cada cual solo es real aquello en lo que cree. Si tú tienes una convicción, para ti lo real es eso.

      Peligroso.

      Por eso podemos decir que la realidad es una construcción de cada uno. Elegimos solo unos datos de lo que percibimos, lo organizamos, extraemos conclusiones y lo llamamos realidad; y si otro escoge otros datos su realidad es distinta.

      Entendido.

      Es que es muy importante, porque puede dar lugar a peleas, discusiones y guerras. Hay que tener claro que las verdades absolutas no existen. El científico y cibernético Heinz von Foerster, un hombre inteligentísimo, decía que la verdad es la invención de un embustero.

      La realidad también debe ser una hipótesis colectiva.

      Claro, porque nosotros no inventamos el mundo, nos describen cómo es. Lo interesante es que, como hipótesis que es, podemos cambiar la realidad que no nos gusta.

      ¿Cómo hacemos mundo?

      Cada uno de nosotros habita un universo que es el de su representación mental. Si cambiamos nuestra manera de concebir el mundo, de pensar, cambiamos el mundo en el que habitamos. Le pondré un ejemplo sencillo.

      Adelante.

      Una persona con agorafobia vive en un mundo amenazador. Si se cura dejará de vivir en él.

      Por eso dice usted que unos vemos dinosaurios y otros conejos en las nubes.

      Sí. Nosotros proyectamos nuestro pensamiento sobre aquello que vemos, entonces una nube la podemos interpretar como un dinosaurio o como una cara.

      ¿El límite de nuestra realidad es el límite de nuestro pensamiento e imaginación?

      Para cada cual solo es real aquello en lo que cree y solo es posible aquello que es capaz de imaginar. Si no es capaz de imaginarlo no lo cree posible.

      Entonces, vemos lo que sabemos.

      Exactamente.

      Pero a veces no sabemos lo que vemos.

      Cuando vemos algo que no sabemos interpretar, o bien lo rechazamos o lo consideramos algo rarísimo e inexplicable.

      El pensamiento necesita imaginar nuevos paisajes.

      La creatividad no es sacar cosas de la nada sino relacionar modelos organizadores que están en diferentes campos del propio pensamiento.

      ...

      En ciencia pasa lo mismo, hay fenómenos que son muy diferentes y en el momento en que los relacionas surge una nueva idea, por eso es tan importante considerar que todo está relacionado con todo. El mundo es uno.

      ¿Cómo evolucionar en mi pensamiento?

      Cambiando los modelos organizadores, ya que son las estructuras que nos permiten incorporar el mundo exterior.

      ¿Y por dónde empiezo?

      Aprenda a seleccionar del mundo exterior aquellos elementos que son positivos. Una persona con miedo siempre verá lo terrorífico de cualquier situación. Mirarse las cosas con positividad no es negar lo negativo, es pensar que tú puedes hacer algo al respecto.

      ¿Su teoría le lleva a alguna conclusión?

      Que el ser humano es muy plástico, que la educación es fundamental y que no tenemos que aferrarnos a lo que nosotros creemos porque no siempre es lo mejor.

      Debemos estar abiertos.

      Sí, a otros pensamientos. Pese a los condicionantes, somos en gran parte responsables del mundo en el que vivimos. Hay una frase que me gusta mucho de uno de mis maestros, Jean Piaget, que dice que lo importante es lo que cada cual hace con lo que la sociedad y la biología quieren hacer de él.

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  • Reencuadrar la realidad.

    Ya hemos comentado en varias ocasiones, que la realidad en sí no existe.

    Nuestra percepción no es más que la aproximación a la realidad desde nuestro punto de vista singular, influido a su vez por nuestra experiencia, nuestras circunstancias y nuestras creencias.

    Todos poseemos nuestro particular mapa del mundo. Cada uno de nosotros tiene sus historias sobre cómo son las cosas y cómo se supone que deberían ser.

    Para justificar, y corroborar, nuestra sesgada mirada nuestro cerebro, de manera inconsciente, realiza maniobras como puede ser la generalización de experiencias elevándolas a la categoría de criterios, la omisión de datos o la distorsión de lo percibido para ratificar que nuestra subjetiva visión del mundo es funcional y lógica.

    ¿Entonces, qué implica reencuadrar la realidad?

    Reencuadrar implica
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    • Mi forma de verlo:
      Ya hemos comentado en varias ocasiones, que la realidad en sí no existe.

      Nuestra percepción no es más que la aproximación a la realidad desde nuestro punto de vista singular, influido a su vez por nuestra experiencia, nuestras circunstancias y nuestras creencias.

      Todos poseemos nuestro particular mapa del mundo. Cada uno de nosotros tiene sus historias sobre cómo son las cosas y cómo se supone que deberían ser.

      Para justificar, y corroborar, nuestra sesgada mirada nuestro cerebro, de manera inconsciente, realiza maniobras como puede ser la generalización de experiencias elevándolas a la categoría de criterios, la omisión de datos o la distorsión de lo percibido para ratificar que nuestra subjetiva visión del mundo es funcional y lógica.

      ¿Entonces, qué implica reencuadrar la realidad?

      Reencuadrar implica ampliar.

      Ampliar el foco de atención sobre el mundo. Hacer un zoom out de la situación en sí, para ver lo que no habíamos visto desde nuestra reducida óptica singular. En esa ampliación ganamos diversidad de sentido y nos posibilita restituir significados.

      Reencuadrar nos permite cambiar de enfoque, que no es más que cambiar la dirección de ese foco y, como consecuencia, las cosas que vemos. Nos permite cambiar de perspectiva para ver una situación desde diferentes puntos de vista, y poder así afrontar una situación evitando nuestro automatismo perceptivo.

      El reencuadre de la realidad más que dar con la solución, nos ayuda a ampliar el marco referencial. Si hacemos el esfuerzo de expandir nuestra parcial y fragmentaria percepción de lo que sucede tendremos más recursos para afrontar la situación de una manera más creativa, más útil, funcional y sobre todo distinta.

      Cuando David se enfrentó a Goliat, los israelitas pensaron: “es un gigante de tamaño colosal. No podremos vencerlo”. En cambio, David pensó: “es tan grande que no puedo fallar el piedrazo”.
       
      No te pierdas el artículo de Bernardo Ortín.
      No te pierdas el artículo de Bernardo Ortín.
    • Recopilación:
      Moe y yo jugamos a ver quién pega más flojo y siempre me deja ganar a mí.
      (Homer Simpson)

      El reencuadre de la realidad produce ganancia de sentido y restituye significados

      Reencuadrar tiene relación con relatar la dificultad desde la perspectiva de lo que nos aporta como aprendizaje. Más que dar con la solución, lo que buscamos es que la persona afronte los problemas con su lado más creativo e íntimo.

      En cualquier proceso de mejora de la salud, o del ámbito educativo, terapéutico o de investigación sociológica nos vemos envueltos en los efectos de una paradoja consistente en que debemos aceptar y cuestionar a la vez la información de nuestro interlocutor.

      Una entrevista es una invitación a la confidencia, de modo que el juicio de valor debe ser excluido de la mente del entrevistador. Por otro lado, no podemos aceptar la información textual que nos trae el entrevistado. De ser así podríamos caer seducidos ante su visión del mundo, justamente la versión problemática que le ha llevado al atolladero que le trae a la entrevista.

      El mensaje del entrevistado es una expresión del mapa que tiene del mundo. Mapa que realiza con distintas maniobras como la generalización de experiencias elevada a la categoría de criterios, omisión de datos y distorsión de lo percibido a modo de creación de metáforas que le expliquen el mundo de modo funcional.

      En ocasiones el entrevistador puede inquietarse dependiendo de la mayor o menor gravedad del problema de nuestro interlocutor y desde aquí se movilizan dos vías.

      La primera consiste en diagnosticar el problema. Aunque este camino tiene ventajas evidentes como conocer el adversario que tenemos para poder diseñar la estrategia de solución, tiene la flaqueza de situar la dificultad fuera del control de la persona. La solución está en el exterior, en manos del saber del especialista. Correspondería más con la vía aristotélica del conocimiento y ya hemos hablado en otras ocasiones de los riesgos del diagnóstico por la vía de la cosificación de la realidad[1].

      La segunda vía, tiene relación con reencuadrar la realidad. Tiene la ventaja de que ubica la dificultad bajo el control de la persona y en sus capacidades para resolverla. Es la vía platónica del conocimiento y en la que se centra este texto.

      Tal como yo lo veía mi situación constituía un problema. Ahora lo veo de una manera diferente y mi situación ya no es un problema.(Zeig y Gilligan, 1994.: 84)

      El primer efecto del reencuadre está relacionado con la ganancia de sentido. Como es el hecho de que hay síntomas que pueden mejorar cuando conocemos su sentido fisiológico.

      Las personas se quejan, a menudo, de que tuvieron miedo o ansiedad después de un episodio traumático o desagradable en su vida. Sin embargo, cuando tuvieron que responder ante el momento de crisis lo hicieron más eficientemente que lo que hubieran previsto de sí mismos.

      La cuestión que da nacimiento al problema es: debería haberme hundido cuando me ocurrió aquello. Sin embargo, reaccioné con eficiencia, fue un tiempo después cuando empezaron las crisis de desasosiego.

      Para entender esto hay que ampliar el marco referencial y así ganar perspectiva: los mecanismos naturales del organismo para afrontar el estrés se ponen en marcha cuando el mantenimiento de la vida lo exige. Las hormonas suprarrenales segregan cortisol y adrenalina entre otras sustancias necesarias para afrontar el peligro: se prepara la lucha, la huida o la congelación. En ese momento, raptan al neocórtex la facultad de racionalización, ya que es más lenta y puede poner en peligro la vida. Cuando esa tormenta bioquímica se serena y viene la calma es cuando la persona percibe el riesgo que ha corrido y las consecuencias del peligro que podía haber sufrido. Sobreviene entonces la tristeza, el miedo o el hundimiento, acompañados de las peores hipótesis de lo que podría haber ocurrido. Cosas que si se hubieran presentado antes hubieran bloqueado o mermado nuestra capacidad de defensa.

      Reencuadrar significa cambiar el marco o punto de vista interpretativo de la situación que nos preocupa aportando otro marco que permita mayor protagonismo de la persona en la implementación de recursos para solucionar la dificultad.

      El problema, tal y como lo plantea el cliente es una internalización de exigencias exteriores. Mensajes de diálogo interno que actúan como lo que son, vestigios del superyó.

      Se habla de un campesino que vivía en un pueblo de gente muy pobre, y considerado por los demás como muy rico porque poseía un caballo que lo ayudaba en el trabajo de arar la tierra y del transporte de las mercancías. Pero un día, el caballo se escapó, y todos los vecinos se acercaron al campesino para expresarle su pesar. Cada uno de ellos delante del desdichado aseguraba que la pérdida del caballo había sido una verdadera «desgracia». A estos el campesino respondía simplemente: «quizás es una desgracia».
      Algunos días después el caballo regresó en compañía de una yegua; todos los vecinos, entonces se alegraron con el campesino asegurando esta vez que el reencuentro había sido propio de una gran «suerte». Pero una vez más recibieron como respuesta: «quizá es una suerte».
      Después de cierto tiempo, el hijo del campesino intentó montar en la yegua, que lo hizo caer, produciéndole la rotura de una pierna. Todos los vecinos, como de costumbre, manifestaron su pesar por lo sucedido, y aun una vez más el campesino respondió: «quizás es una desgracia».
      Algunos días más tarde llegaron a casa del campesino funcionarios del gobierno en busca de hombres para enrolarlos en el ejército. Los hombres descartaron al chico porque tenía una pierna rota. Enésima escena de los vecinos que se congratularon con el campesino por el evento afortunado, y éste aun una vez más respondió: «quizás».
      (Historia China Taoísta)

      Viktor Frankl relata su vida en un campo de concentración[2] y atribuye la superación de esta horrible experiencia al hecho de que ocupó su mente pensando en las conferencias que pronunciaría al ser liberado. Mientras la mayoría de los que allí estaban recluidos junto a él perdieron toda esperanza.Frankl reencuadró así una situación potencialmente desesperada y mortal en una fuente de experiencias que más tarde ayudarían a otras personas[3].

      Las cosas que nos preocupan en la existencia, los comportamientos que deseamos evitar, los sentimientos que nos parecen exagerados o inadecuados en nosotros mismos suelen estar relacionados con una intención que en otro tiempo nos resultó beneficiosa.Un problema se consolida cuando analizamos ese comportamiento indeseable a la luz del actual marco de referencia de nuestra vida.

      El origen del mundo (Unidad y fragmentación de la realidad)
      Para los místicos judíos, el mundo comenzó con un acto de retraimiento. Dios hizo «tzimtzum», contrayendo el yo de Dios mismo para dejar espacio al mundo y que pudiera existir. Antes de eso, Dios estaba en todas partes, rellenando cada espacio, cada dimensión. Después de ese retraimiento, ese «tzimtzum», alguna energía divina se quedó y penetró en el mundo que surgía, pero esa luz divina, esa energía divina era fuerte, tanto o más potente que el mundo que intentaba contenerla. De modo que el universo explotó en una bang cósmico. Fragmentos de luz divina, de santidad, se esparcieron por todos los lugares del universo. Las centellas de santidad están en general, enterradas profundamente en la llama cósmica del universo, son difíciles de percibir, aunque están en todas partes, en todas las personas, en todas las situaciones. Son la vida y el sentido del universo.
      (Rabino Michael strassfeld[4])

      Vivimos en ese mundo de fragmentos. Sentimos en nuestros cuerpos y nuestras almas el despedazamiento del mundo. También sentimos a veces en nosotros mismos ese astillamiento cósmico inicial. Nuestros cuerpos llevan esa energía de aquel mundo primordial. Pero como en el origen del mundo, nuestros cuerpos son frágiles y se van haciendo más frágiles con el paso del tiempo. Así comenzamos a vaciar nuestra energía primigenia. Tal vez, entonces, la dolencia sea realmente el vaciamiento de nuestras almas. En este mundo de esperanzas y expectativas astilladas en el que procuramos la completitud.

      Moisés, despedazó las dos Tablas de la Ley de Dios, en la primera versión de los Diez Mandamientos. Entonces consiguió un segundo par, que ayudó a escribir. Cuando se construyó el arca para el santuario, los rabinos nos cuentan que cuando el segundo par de tablas fue colocado en el arca sagrada, también colocaron los pedazos del primero.La integridad no surge de ignorar los pedazos esparcidos, sino de la esperanza de colocarlos todos mágicamente de nuevo.

       

      Lo despedazado coexiste con lo entero, lo divino se encuentra entre las profundidades más oscuras.

      Todo momento tiene potencial para la redención y unidad. Nuestra fragmentación nos da esa visión para retomar las centellas divinas esparcidas por el mundo.

      El reencuadre implica ampliación y en ese sentido, lo primero es ampliar el foco de atención sobre el mundo. Bateson dijo que, así la persona se libera de la patología de operar a partir de una posición única.

      La violencia es la atención desgajada, el sufrimiento se asienta en la realidad fragmentada. Gandhi, poco antes de su asesinato, le dio a su nieto Arun un talismán en el que se asienta la explicación de la violencia:

      Riqueza sin trabajo
      Placer sin conciencia
      Conocimiento sin carácter
      Comercio sin moralidad
      Ciencia sin humanidad
      Adoración sin sacrificio
      Política sin principios
    • Source:
  • Sesgos cognitivos, nuestras certezas erróneas.

    "El cerebro humano es posiblemente la obra de ingeniería imperfecta más impresionante que exista". Y es que en su función primordial y fundamental, la supervivencia, es muy eficiente, impecable. Pero a pesar de su maravillosa eficacia para mantenernos vivos (o precisamente por ella) es altamente impreciso si lo medimos con la vara de la razón.

    Y es que no somos ni racionales ni analíticos por defecto, sino que nuestro cerebro juega a favor de la preconcepción de la realidad de cada uno, para justificar y ratificar, lo que de antemano creemos que es verdad. Todos nosotros procesamos la información de una manera diferente, distorsionada y parcial, justamente para favorecer nuestra coherencia interna. Aunque sea falsa, errónea o absurda, la damos como buena.

    Has oído hablar de ellos, seguro. Están en todas partes. Se llaman sesgos cognitivos, y caemos en ellos, o los practicamos de forma inconsciente a diario. Hay muchos errores de lectura, pero Miguel Jorge, nos describe los más

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    • Mi forma de verlo:

      "El cerebro humano es posiblemente la obra de ingeniería imperfecta más impresionante que exista". Y es que en su función primordial y fundamental, la supervivencia, es muy eficiente, impecable. Pero a pesar de su maravillosa eficacia para mantenernos vivos (o precisamente por ella) es altamente impreciso si lo medimos con la vara de la razón.

      Y es que no somos ni racionales ni analíticos por defecto, sino que nuestro cerebro juega a favor de la preconcepción de la realidad de cada uno, para justificar y ratificar, lo que de antemano creemos que es verdad. Todos nosotros procesamos la información de una manera diferente, distorsionada y parcial, justamente para favorecer nuestra coherencia interna. Aunque sea falsa, errónea o absurda, la damos como buena.

      Has oído hablar de ellos, seguro. Están en todas partes. Se llaman sesgos cognitivos, y caemos en ellos, o los practicamos de forma inconsciente a diario. Hay muchos errores de lectura, pero Miguel Jorge, nos describe los más comunes, y en sí, los más peligrosos. No te lo pierdas, aunque "creas" que no lo necesites.

    • Recopilación:

      El cerebro humano es posiblemente la obra de ingeniera imperfecta más impresionante que exista. Está tan bien construido, que es capaz de hacernos pensar a cada ser humano de una manera totalmente diferente, arbitraria, y en la mayoría de ocasiones, errónea, y que todos pensemos que tenemos razón.

      Y es que cuando se trata de entender la realidad, a veces la mente humana encuentra una serie de extraños (y erróneos) caminos. En lugar de ser un instrumento de la razón, el cerebro humano es ante todo una herramienta adaptada para la eficiencia y la supervivencia de cada uno.

      Esto a veces significa procesar la información de una manera racional un tanto fría, aunque a menudo significa distorsionar los hechos para preservar la marca particular de la realidad. Como resultado de ello, nuestras mentes están sujetas a una gran cantidad de “errores” a los que la psicología moderna se refiere como sesgos cognitivos. 

      Estos son los más comunes, aunque supongo que muchos no los tienen… porque tendrán unos mejores.

      Seguro que es así, porque casualmente es lo que creo

      O el denominado como sesgo de confirmación. Si hubiera una lista top de sesgos, este sería sin duda el primero de todos. El sesgo de confirmación es uno de los agujeros más grandes en nuestra ropa interior cognitiva. El pensamiento humano está fundamentalmente predispuesto a buscar pruebas que confirmen una creencia preexistente mientras se ignora la evidencia que la contradice.

      Es tan alucinante este sesgo, que aunque nueve de cada diez ejemplos puedan mostrar que el champú no causa la calvicie, con que una persona crea lo contrario esta tendrá la extraordinaria habilidad de acudir al décimo ejemplo como valor seguro y olvidarse del resto, o simplemente nunca se pondrá en una posición en la que podría encontrar ejemplos contradictorios.

      Por tanto, incluso una creencia a la que se llegó por razones triviales e ilógicas es extraordinariamente difícil de disipar. Y pasa cada día a todas horas.

      Cuando te das cuenta que los incompetentes se creen más especiales

      No falla, un clásico conocido como efecto Dunning-Kruger o “por encima de la media”. Este describe el fenómeno donde los individuos se califican a sí mismos como “por encima del promedio” en casi cualquier habilidad en la que tengan interés (y que normalmente no se ajusta a la realidad).

      Observando que parecía un poco descabellado que todo el mundo pudiera estar por encima de la media, los investigadores analizaron las razones y llegaron a una conclusión preocupante: cuanto más incompetente es una persona en una tarea, más hábil tiende a pensar que es.

      La razón para esto parece ser bastante simple. Alguien que es pésimo en una habilidad en particular no solo no tiene la capacidad de realizar esa habilidad, sino también la capacidad de evaluar con precisión el rendimiento de sí mismo o de cualquier otra persona. Sin una sólida retroalimentación externa, la mayoría de la gente supone que lo está haciendo bien.

      Quizás aún más angustioso que todo eso, los tipos que realmente son los mejores en una tarea tienden a subestimar su desempeño en comparación con los demás, asumiendo erróneamente que sus compañeros son mucho más hábiles de lo que realmente son.

      Juntos, estos dos efectos pueden hacer que la autoevaluación sea una métrica prácticamente inútil.

      Yo sé lo que piensas porque pienso que sé lo que piensas

      En este caso toca hablar del falso efecto de consenso, la tendencia de los individuos a suponer que los demás piensan y actúan de la misma manera que ellos. Se aplica a cosas tales como opiniones, patrones de pensamiento, actitudes y comportamientos.

      Esencialmente, el consenso falso es una expresión de la incapacidad completa de la persona promedio para comprender los procesos de pensamiento de otra persona. Para que nos hagamos una idea del poder tan absurdo de este efecto, es tan poderoso que los sujetos a los que se les pide que imaginen a alguien con una actitud u opinión diferente a menudo se imaginan a la otra persona como mentalmente deficiente o engañada.

      Este sesgo limita severamente la capacidad de los humanos para comprender o predecir el comportamiento de los demás.

      La culpa nunca es mía, es del resto

      No puede ser de otra forma, le toca el turno al sesgo egoísta, la tendencia de las personas a atribuir sus éxitos a sus propias habilidades y rasgos de personalidad, mientras que culpan a sus fallos de los factores externos.

      Mientras tanto, el error de atribución fundamental hace que las personas culpen a los errores de otros en las personalidades de esos individuos. Por tanto, cuando alguien llega tarde al trabajo, tiende a culpar al tráfico, a la alarma o al equinoccio de primavera.

      Por cierto, la situación se revierte repentinamente cuando es el compañero de trabajo el que llega tarde.

      A partir del próximo año empiezo el gimnasio

      El último de los sesgos trata algo que nos ocurre muy a menudo. Lo cierto es que durante mucho tiempo se ha observado que los humanos generalmente favorecemos las acciones a corto plazo sobre los beneficios a largo plazo. A medida que las cosas se vuelven más peligrosas cuanto más miramos hacia el futuro, nuestros cerebros reducen la importancia de ese futuro incierto en nuestra toma de decisiones.

      Este sesgo se llama descuento hiperbólico, y es la razón por la cual muchas personas asumen compromisos futuros lejanos que nunca aceptarían si requerían una acción inmediata. ¿Por qué los compradores se sacan préstamos imprudentes para hacer compras de forma inmediata en lugar de ahorrar su dinero? ¿O por qué un gran número de los pacientes de corazón ignoran los consejos de sus médicos para hacer cambios en el estilo de vida, incluso cuando sus vidas están en juego?

      Este exceso es muy sencillo de explicar cuando pensamos en aquellos excesos que realizamos, y que sabiendo que son malos para el organismo, nos ponemos una meta para dejarlo a largo plazo.

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  • Si los hechos no nos hacen cambiar de opinión, ¿qué la cambia?

    El cerebro humano necesita confirmar lo que entiende como realidad, y por ello tendemos a infravalorar las pruebas que contradicen nuestras creencias o a sobrevalorar aquellas que las confirman. Nuestro cerebro, no puede sostener la incongruencia, así que hará todo lo posible para justificarse.

    El problema radica cuando identificamos nuestras creencias con nuestra identidad. Si es así, cambiar de opinión significa cambiar algo de nuestra identidad, cosa que no podemos asumir. Ozan Varol lo explica maravillosamente, aquí un esbozo de su artículo.

    • Mi forma de verlo:

      El cerebro humano necesita confirmar lo que entiende como realidad, y por ello tendemos a infravalorar las pruebas que contradicen nuestras creencias o a sobrevalorar aquellas que las confirman. Nuestro cerebro, no puede sostener la incongruencia, así que hará todo lo posible para justificarse.

      El problema radica cuando identificamos nuestras creencias con nuestra identidad. Si es así, cambiar de opinión significa cambiar algo de nuestra identidad, cosa que no podemos asumir. Ozan Varol lo explica maravillosamente, aquí un esbozo de su artículo.

    • Recopilación:

      Como resultado de la inclinación del ser humano a la confirmación, tendemos a infravalorar las pruebas que contradicen nuestras creencias o a sobrevalorar las que las confirman. Descartamos las verdades incómodas y los argumentos esgrimidos por la otra parte. Como resultado, nuestras opiniones se van asentando y cada vez nos resulta más difícil alterar los patrones mentales establecidos.

      La clave consiste en engañar a la mente dándole una excusa. Convéncete (a ti o a un amigo) de que tu decisión o creencia previa era la correcta porque se basaba en la información que tenías, pero ahora que los hechos subyacentes han cambiado, también debería hacerlo la mente.

      No somos nuestras creencias, y ahí reside precisamente el problema. Cuando nuestras creencias se confunden con nuestra identidad, cambiar de opinión significa cambiar de identidad. Y eso no es fácil.

      Los seres humanos funcionamos a frecuencias distintas. Cuando alguien no está de acuerdo conmigo, no es porque el otro esté equivocado y yo tenga razón, sino porque él cree en algo en lo que yo no creo.

      Hay que salir de la “cámara de ecos”: tenemos que creer profundamente en nuestras ideas, pero también tenemos que estar dispuestos a cambiar de opinión cuando los hechos se presentan de manera distinta.

      Al fin y al cabo, hace falta valentía y determinación para ver la verdad y no lo que nos conviene, pero vale la pena hacer el esfuerzo.

    • Source:
  • Spoiler: Tu mapa no es el territorio

    "Yo soy yo y mi circunstancia (y si no la salvo a ella no me salvo yo)" es una de las frases más conocidas del gran ensayista y filósofo José Ortega y Gasset.

    Si partimos de esta premisa, deberíamos también aceptar que para cada ser humano la vida toma una forma concreta y determinada, que se construye así misma de acuerdo a diferentes circunstancias.

    Y si vamos un poquito más allá, entonces podríamos decir que la realidad (o la vida) como concepto en sí misma no existe; existe a partir de nuestra mirada subjetiva y circunstancial. No hay verdad única, hay tantas verdades como miradas (o formas de mirar).

    Hablando en plata: Tu mapa no es el territorio querid@, por mucho que te pese. Lo que tu asumes como "normal" o "lógico", no lo es para tu vecino. Y cuando antes entiendas esto, mejor te irá en la vida.

    Ortega y Gasset lo explica bellamente en El tema de nuestro

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    • Mi forma de verlo:

      "Yo soy yo y mi circunstancia (y si no la salvo a ella no me salvo yo)" es una de las frases más conocidas del gran ensayista y filósofo José Ortega y Gasset.

      Si partimos de esta premisa, deberíamos también aceptar que para cada ser humano la vida toma una forma concreta y determinada, que se construye así misma de acuerdo a diferentes circunstancias.

      Y si vamos un poquito más allá, entonces podríamos decir que la realidad (o la vida) como concepto en sí misma no existe; existe a partir de nuestra mirada subjetiva y circunstancial. No hay verdad única, hay tantas verdades como miradas (o formas de mirar).

      Hablando en plata: Tu mapa no es el territorio querid@, por mucho que te pese. Lo que tu asumes como "normal" o "lógico", no lo es para tu vecino. Y cuando antes entiendas esto, mejor te irá en la vida.

      Ortega y Gasset lo explica bellamente en El tema de nuestro tiempo, que aunque fue escrito en 1923, sigue siendo "el tema" y "nuestro tiempo".

      Abramos el paso al maestro, ahí va:

    • Recopilación:
      Cada vida es un punto de vista sobre el universo [...].
       
      El error inveterado consistía en suponer que la realidad tenía por sí misma, e independientemente del punto de vista que sobre ella se tomara, una fisonomía propia.Pensando así, claro está, toda visión de ella desde un punto determinado, no coincidiría con ese aspecto absoluto y, por tanto, sería falsa.
       
      Pero es el caso que la realidad, como un paisaje, tiene infinitas perspectivas, todas ellas igualmente verídicas y auténticas. La sola perspectiva falsa es la que pretende ser la única. Dicho de otra manera: lo falso es la utopía, la verdad no localizada, vista desde “lugar ninguno”.
       
      El utopista -y esto ha sido en esencia el racionalismo- es el que más yerra, porque es el hombre que no se conserva fiel a su punto de vista, que deserta de su puesto.
    • Source:
  • Todo en la existencia es relativo. ¿Afirmación probada o sabiduría popular?

    Cansados sobre el mal uso de la física cuántica por parte de sujetos sin formación en esta ciencia y la apropiación indebida de sus fundamentos básicos en manos de terapias alternativas, Sonia Fernández-Vidal y Francesc Miralles se embarcaron en la escritura de Desayuno con partículas, con la voluntad de esclarecer y  acercar al lector de a pie los entresijos de la misma.

    Aun después de más de un siglo de su desarrollo, la física cuántica, sigue resultando incomprensible para la inmensa mayoría de los mortales -e incluso para muchos científicos- ya que gran parte de sus principios y teorías desafían la lógica humana. Si no lo pillas, tranquilo, es normal.

    En este artículo, Francesc Miralles, se enfrasca en trasladar cuatro lecciones de la física cuántica que nos pueden pueden ser útiles para el maravilloso arte de vivir.

    Desde

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    • Mi forma de verlo:

      Cansados sobre el mal uso de la física cuántica por parte de sujetos sin formación en esta ciencia y la apropiación indebida de sus fundamentos básicos en manos de terapias alternativas, Sonia Fernández-Vidal y Francesc Miralles se embarcaron en la escritura de Desayuno con partículas, con la voluntad de esclarecer y  acercar al lector de a pie los entresijos de la misma.

      Aun después de más de un siglo de su desarrollo, la física cuántica, sigue resultando incomprensible para la inmensa mayoría de los mortales -e incluso para muchos científicos- ya que gran parte de sus principios y teorías desafían la lógica humana. Si no lo pillas, tranquilo, es normal.

      En este artículo, Francesc Miralles, se enfrasca en trasladar cuatro lecciones de la física cuántica que nos pueden pueden ser útiles para el maravilloso arte de vivir.

      Desde que no hay una sola verdad, sino tantas realidades como miradas, a la teoría de la relatividad aplicada a la psicología cotidiana.

      Es comprensible que no comprendas nada. Es contraintuitivo, ya te lo dije, pero sigue leyendo, y si te sabe a poco, híncale el diente al libro, te está esperando.

    • Recopilación:

      Todo en la existencia es relativo. ¿Afirmación probada o sabiduría popular? Los descubrimientos a menudo desconcertantes de la física también pueden inspirar nuestro día a día.

       

      A principios del siglo XX la ciencia empezó a desarrollar lo que se conocería como mecánica cuántica. Surgida casi al mismo tiempo que la relatividad de Einstein, se ocupaba de los extraños fenómenos —desde un punto de vista humano— que se producen en el mundo sub­atómico, donde las leyes de la física parecían ser otras que las que rigen el universo visible.

      Durante su desarrollo en el siglo pasado, la cuántica resultaba incomprensible para la inmensa mayoría de los mortales, e incluso para muchos científicos, ya que gran parte de sus principios y teorías desafían la lógica humana. En 2004, sin embargo, tres integrantes de la Escuela Ramtha de la Iluminación dirigieron el exitoso What The Bleep Do We Know!?, que en nuestro país se tradujo como ¿¡Y tú qué sabes!? Este documental combinaba entrevistas a varios científicos con animaciones para explicar algunas nociones de la física cuántica. La comunidad científica criticó duramente la película, a la que acusaba de ser pseudociencia, ya que malinterpretaba principios de la física para llevarlos al campo de la cultura new age, en lo que se ha llamado “misticismo cuántico”.

      A medida que va siendo asimilada por la sociedad, la ciencia y sus avances siempre acaban influyendo en todos los aspectos de nuestro día a día, incluyendo nuestra manera de ver la vida. Trasladando algunos conceptos a la psicología cotidiana, veamos cuatro lecciones de la física cuántica para el arte de vivir.

      1. No hay una sola verdad. Uno de los experimentos más célebres de la física cuántica es el de la doble rendija. En un laboratorio donde se emitía un haz de luz hacia una pantalla con dos rendijas se descubrió que cuando los físicos observaban una partícula, esta pasaba obedientemente por una de las dos rendijas; pero cuando no estaban observando, la partícula pasaba por ambas rendijas al mismo tiempo.

      ¿Cómo es posible que el observador defina la realidad? Sería complejo de explicar, pero hay que partir de que en el universo cuántico todas las posibilidades coexisten al mismo tiempo. No hay una sola verdad. Como en la película Rashōmon, de Akira Kurosawa, donde cuatro personas relatan la muerte de un mismo hombre de modo totalmente distinto, saber que hay tantas realidades como miradas nos libera de la necesidad estresante de tener razón.

      2. La verdad es siempre provisional. La ciencia avanza impulsada por la “prueba y error”, e incluso verdades que se han dado por infalibles durante siglos son desmontadas posteriormente por la ciencia, que aporta nuevas explicaciones. Aplicando esta cura de humildad, podemos asumir que lo que hasta hoy era válido para nuestra vida puede no serlo mañana. Y también sucede a la inversa. Como señalaba Steve Jobs en su célebre discurso de Stanford, muchas cosas que al vivirlas nos parecían erróneas o inservibles, al “unir los puntos” descubrimos que han sido vitales para nuestro futuro.

      3. Todo es relativo. Las dos teorías de la relatividad de Einstein, de 1905 y 1915, no están incorporadas en la formulación matemática de la mecánica cuántica, aunque son necesarias para entender lo que sucede dentro del átomo y en las partículas elementales. Consciente de lo difícil que resultaba la relatividad del tiempo para el público general, en una conferencia el físico lo explicó así: “Si uno se sienta sobre una placa caliente durante un segundo, parecerá una hora. Pero si una chica hermosa se sienta en tu regazo durante una hora, parecerá un segundo. ¡Eso es la relatividad!”. Con este ejemplo, Einstein estaba hablando de tiempo psicológico. Dependiendo de la actitud con la que hacemos algo, el tiempo vuela de forma fluida y agradable o nos quema lentamente.

      4. Es comprensible que no entiendas nada. Richard Feynman, premio Nobel de Física en 1965, era un científico extravagante que abría cajas fuertes y aseguraba inspirarse en los bares de top less, aunque participó en proyectos de gran calado.

      Es bien conocida su frase: “Si usted piensa que entiende la mecánica cuántica es que no la ha entendido en absoluto”. Esta misma idea puede aplicarse a nuestra capacidad para descifrar nuestra propia existencia. Tal vez nuestra misión como seres humanos no sea comprender la vida, sino simplemente vivirla.

       

      Nuestra Carl Sagan de la cuántica

      — Sonia Fernández-Vidal ha ejercido en la física cuántica el papel que Carl Sagan hizo para divulgar la astrofísica. Desde 2011 ha llevado la ciencia a todo el mundo, incluidos los niños, con novelas como La puerta de los tres cerrojos, traducida a 15 idiomas.

      — En Desayuno con partículas, Fernández-Vidal advierte sobre el mal uso de la física cuántica por parte de personas que no tienen formación en esta ciencia: "A veces se utiliza la etiqueta "cuántica" para terapias alternativas y técnicas energéticas que pueden o no funcionar —no entraremos a juzgarlo—, pero que son totalmente ajenas a lo que se estudia en una Facultad de Física".

    • Source:

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