Mi forma de verlo:

Lo que llamamos nuestra configuración por defecto, aquellas certezas sobre lo que creemos que somos y lo que creemos que es o debería ser, es finalmente una construcción, una historia que nos contamos. Una ilusión que vamos tejiendo, aunque sea de manera inconsciente, a partir de cómo etiquetamos lo que vivimos y experimentamos lo que nos sucede.

Nuestra historia no es una historia real, es subjetiva y está altamente distorsionada, pero es la nuestra, la de cada uno, la que conocemos y en la que nos reconocemos. 

Somos nuestra historia. La narrativa que nos contamos.

Pero a su vez, no lo somos, ya que si aceptamos que es una distorsión de la realidad, podemos entonces, afinarla, cambiarla, modificarla o cómo mínimo, cuestionarla.

La construimos de manera inconsciente, sí, filtrando burdamente los sucesos y las experiencias que nos atravesaron en el camino, pero podemos reconstruirla desde la consciencia, eligiendo cómo queremos pensarnos a partir de ahora, cómo queremos mirar el mundo ahora que sé que lo conformo yo. Que yo decido. Y no a partir de una narrativa que es difusa y poco fiable, sino a través de mis acciones, que sí son lo que podemos llamar lo más cercano a la verdad.

Geoffrey Molloy te lo explica mucho mejor que yo... sigue leyendo.

Recopilación:

En cierto modo, ambas afirmaciones son ciertas y en otro, no lo son.

Todo depende de tu perspectiva; si has alcanzado un estado que se aproxima a la “iluminación”, entonces te habrás liberado en gran medida del ego y, con él, de los conceptos erróneos y las ilusiones persistentes que forman parte inevitable de la experiencia de una conciencia que reside en el cuerpo, tu apego con cualquiera de tus historias será mucho más débil o incluso inexistente.

No pertenezco a la categoría de los “iluminados”, aunque probablemente, al igual que tú, he tenido momentos poderosos en los que el ego, junto con las distorsiones que crea, desaparecen; cuando la interconexión y el inter-ser dejan de ser conceptos interesantes o intrigantes y se convierten en poderosas experiencias directas llenas de maravilla, asombro y agradecimiento con un sentimiento de ser pequeño e inmenso al mismo tiempo. Un amigo mío cristiano llamó a esto una «experiencia religiosa». Sea cual sea la etiqueta que tu mente racional quiera poner a estas experiencias, tienen el poder de provocar cambios profundos e importantes en la persona que las experimenta.

Dejando a un lado estas verdades más profundas, volvamos a nuestra configuración por defecto, que es «mindless», es decir, perdidos en nuestros pensamientos: una fantasía egocéntrica, una historia que es poco más que un sueño; una distorsión de lo que es la realidad de qué o quiénes somos. Cada uno de nosotros tiene en su interior una historia sobre nosotros mismos; quiénes somos, qué nos ha pasado, qué valemos; es parte de nuestro ego. Estas historias pueden ser perjudiciales o pueden ser edificantes. Pueden impulsarnos a conseguir grandes logros o a padecer grandes sufrimientos.

La realidad es que somos nosotros mismos los que inventamos nuestras historias, aunque sea de forma inconsciente. Lo hemos hecho en respuesta a nuestras vidas, familias y educación.

El aspecto más sorprendente de todo esto es lo apegados que estamos a nuestras historias. Incluso cuando se nos indica que «esta historia te está perjudicando; puedes cambiarla», muchas personas seguirán aferrándose a sus historias porque, aunque no son felices, se sienten cómodas con su historia. Como es lo que conocen, saben qué hacer y cómo comportarse.

Cambiar tu historia es incómodo porque requiere que te responsabilices de tus sentimientos y acciones; de cómo respondes a los acontecimientos de tu vida. Esto contrasta fuertemente con la satisfacción fácil y superficial de culpar a los demás, de «tener razón».  Significa estar dispuestos a sentirnos incómodos y ver este malestar como parte de nuestro camino de crecimiento hacia la autorrealización.

Si adoptas una actitud consciente, desarrollas tu capacidad de aceptar simplemente lo que observas con ecuanimidad. El sentimiento incómodo se vuelve totalmente llevadero y aprendes. Cuando el deseo «¡sácame de aquí!» se aborda con una curiosidad abierta, un sentido de cariño hacia ti mismo y con sentido del humor, entonces la curiosidad prevalece sobre tu miedo, y el cariño hace que no seas tan duro contigo mismo. Los aspectos durante tanto tiempo inconscientes se vuelven conscientes. En este espacio podemos empezar a elegir entre ser el héroe o la víctima; entre el sufrimiento innecesario autoinfligido y el crecimiento personal; entre la acción y las excusas. Por muy incómodo que pueda parecer a veces, la recompensa es inmensa.

Todos tenemos un deseo de autorrealización. La capacidad de afrontar y aceptar el malestar es una parte vital de esto. Resistirse a ello sólo nos hace infelices. Acepta lo que te resulta incómodo; abraza tu vida.

Fuente:
 
 
 
 

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